Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

 NACIDOS PARA DISFRUTAR

Este tema me apasiona, es algo en lo que pongo mucha atención cada día, en disfrutar al máximo de todo lo que la vida me ofrece y en animar a otros a que disfruten, pues mucha gente vive una vida gris, sosa, incolora, atentos a hacer siempre lo que deben hacer, las obligaciones y se les escapan los pequeños detalles preciosos de la vida, como es el amanecer, que esta mañana, por cierto, estaba en rosa y gris y era una gozada desayunar viendo moverse las nubes en esos tonos pastel. Disfrutar del relax que produce el colchón, en el que se desparrama nuestro cuerpo y pierde todo el cansancio del día anterior, o el calor de las sábanas alrededor del cuerpo y la luz que entra a rayas, por la persiana, cuando amanece, y sentir el calorcito del agua de la ducha que limpia y refresca nuestro cuerpo al caer, y el agua fresca al levantarse, que desatranca tuberías y conductos de la respiración, y el placer del café mañanero, que calienta las entrañas y y parece que se le siente recorrer el cuerpo y refrescarnos… y así tantos y tantos detalles de la vida cotidiana, que son para disfrutar, que nos alegran la vida y que muchas veces pasan sin que apenas nos demos cuenta de ellos, sin que caigamos en la cuenta de su existencia.

Dice el Talmud (sabiduría rabínica de los tiempos de Jesús), que todos tendremos que rendir cuentas de los placeres legítimos que hayamos dejado de disfrutar. Y la realidad es que hemos nacido para disfrutar, y que gozar es más una actitud mental que un conjunto de circunstancias); el disfrute es, en realidad, más una elección que una casualidad. Todos sabemos que unas `personas gozan de la vida mucho más que otras. Y los que disfrutan de la vida más, no están necesariamente más dotados ni son más afortunados, sino que, sencillamente, algunos han preparado sus programas internos para gozar de la vida, mientras que otros parecen empeñados en la lucha perpetua por abrirse camino en ella. Nos despertamos cada mañana con esa programación mental: a gozar de la vida o a lucharla.Esta programación fue instalada en nosotros en los primeros años de nuestra vida: fue el resultado de las sugerencias de los de alrededor y de los comportamientos aprendidos.

Ilusion

Hemos nacido para ser felices, no para ser perfectos, ni eficaces, ni para responder a lo que los demás esperan de nosotros. Es necesario analizar las causas que nos impiden disfrutar. Cada cual debe explorar sus espacios internos y entrar en contacto con las razones que pueden disminuir nuestra capacidad de gozo. Para algunos puede tratarse de un mensaje directo de la infancia de que la vida no está hecha para disfrutarla. Los mensajes que recibimos durante nuestra infancia tienden a seguir sonando de por vida dentro de nosotros, a menos que los identifiquemos y los saquemos a la luz. “La vida es lucha. No se debe estar mano sobre mano. El mundo es cruel : ”Piensa mal y acertarás, Mira tu hermano qué bien lo hace…”

A veces nos autocastigamos recordando todos y cada uno de nuestros errores. Llevamos un meticuloso inventario de nuestros fallos y, aunque Dios nos los perdone, nosotros no podemos perdonarnos jamás. Es como si nos hubiéramos juzgado y hubiéramos grabado nuestros fracasos en cada músculo y célula de nuestro ser. El complejo de culpa es sin duda una de las causas que más nos impide disfrutar y contra el que tenemos que luchar la mayor parte de los seres humanos.

Las víctimas del perfeccionismo viven una “trayectoria suicida”, ya que les priva de la plenitud de la vida. Como no son perfectos, son un continuo fracaso. Y cuando el fracaso se convierte en el color de nuestros días y nuestras noches, se apoderan de nosotros el desánimo y la depresión.

Todos tenemos algún complejo de inferioridad. Todos tenemos áreas de inseguridad. La inferioridad es lo opuesto a la superioridad y al mismo tiempo siempre implica comparación. Nos confrontamos con otros y nos parecen más inteligentes, más guapos, más capaces o más virtuosos que nosotros. La comparación siempre es el comienzo de sentimientos de inferioridad. Y es casi imposible disfrutar de algo cuando no gozamos de nosotros mismos.

El planteamiento del “todo o nada” también puede minar el placer. Una parte de nosotros es buena y hermosa, pero hay otra parte que no se ha transformado. Una parte de nosotros es luminosa y otra es oscura; una parte crece y otra duda; una parte es amor y otra es egoísta. El planteamiento del “todo o nada” no conoce la palabra proceso. Todo tiene que ir completamente bien y en todo hay que sacar sobresaliente o, de lo contrario, todo se convierte en la noche oscura del alma.

Finalmente, deberíamos revisar nuestras premisas. Algunos hemos construido nuestras vidas sobre presupuestos irracionales. Por ejemplo, “no puedo disfrutar si estoy solo” (lo que le produce un miedo enorme a la soledad y está siempre  buscando a los otros). “Soy así y no puedo cambiar” (le inmoviliza y le estanca). “Tengo que hacer todo bien” (y no puede perdonarse nunca un error). “No se puede vivir sin salud” (huirá siempre de la enfermedad, o la negará, o se sentirá infeliz al menor dolor de cabeza propio o ajeno). “La felicidad ha de ser completa” (la más mínima cosa le estropeará su bienestar y lo contabilizará en negativo).”Tengo que agradar a todo el mundo” (en cuanto alguien les cuestiona algo, sufren por no gustar….)

selfie

Si estamos pasando un día agradable pero permitimos que un pequeño incidente lo eche todo a rodar, deberíamos preguntarnos por qué lo hicimos. Si hemos disfrutado de una gran película y regresamos a casa descontentos porque nos ha costado caro el aparcamiento, deberíamos hacernos una reflexión sobre lo que nos  impide disfrutar y nos hace poner los peros que nos disminuyen el gozo.

Si en un grupo caemos bien a todos los componentes menos a una persona, y nos sentimos mal por culpa de esa única persona, es necesario investigar y poner nombre a aquello que nos niega el placer. Todos sabemos que podríamos ser felices pero siempre hay un gran sí o un gran pero. Pues ya es hora de que eliminemos los peros de nuestra vida. Para ello sería conveniente analizar detenidamente los que ponemos de manera habitual, con el fin de poder ir disfrutando cada vez más del viaje de la vida.

Cuando la vida resulta difícil, podemos ser más felices y sentirnos mejor con nosotros mismos cuando asumimos la dificultad, porque LO IMPORTANTE NO ES LO QUE NOS OCURRE, SINO LO QUE PENSAMOS POR LO QUE ESTÁ SUCEDIENDO. La clave para superar una adversidad en la vida es la aceptación sabia y humilde del problema. Al principio lo niegas y parece que no lo vas a poder soportar, pero después lo reconocerás y podrás aceptarlo, si quieres ser honesto contigo mismo y con la vida. Para llegar a la aceptación es necesario dedicar tiempo a la reflexión, a escuchar la voz interior, a poner nombre a los problemas y así hacer brotar la fortaleza interior que todos poseemos. Hay que saber buscar el núcleo de nuestra insatisfacción, sin huir, sin lamentarse, pero reconociendo lo que necesitamos.

Hay que poner cuidado en no malgastar energía en el rencor o en comentarios negativos, quejas y autocompasiones. Mi vida me pertenece.

ES DIFICIL VIVIR SIN DINERO O SIN SALUD,

PERO ES MUCHO MÁS DIFÍCIL VIVIR SIN ILUSIÓN.

Conviene recordar que somos peregrinos en el viaje de la vida y lo importante es saber disfrutar del trayecto. Hay que tomar la decisión de vivir aquí y ahora, sin dejar que la memoria invada nuestro presente. Así evitaremos nostalgias y vivir más preocupados que ocupados. Es de sabios gozar de las pequeñas cosas como paseos, amaneceres y puestas de sol, partidas de cartas, álbumes de fotos o una comida rica. y saber vivir con humor para descubrir el arco iris y la amistad.

Todos tendremos sufrimientos, pero hay que intentar disfrutar lo más posible en el viaje de la vida.

VIVIR ES UN ARTE… Y TU OBRA DE ARTE, ES TU VIDA.

Y si, además, saber vivirla acompañado de Dios, todo será más fácil y más pleno, ya que El nos impulsa a la felicidad, a la armonía y a la plenitud.

y recordar que el disfrute es más una elección que una casualidad personal, que hemos venido a la vida para gozarla, para vivir en plenitud, para saborear cada instante y ser lo más felices posibles. Pues, ¡ála, vamos a disfrutar de este instante, de este día que no volverá a pasar nunca más!… Verás como cada día puede resultar apasionante.

Hasta la próxima revista Humanizar, Mari Patxi

La Sagrada Familia

hogarfnComo todos los años celebramos el día de la Sagrada Familia, que es la que nos cuentan formaron María, José y su hijo Jesús, hijo de Dios, a su vez. Hay muy poco escrito sobre ellos pero sabiendo cómo fue su vida en general y el mensaje que Jesús vino a traernos de cómo es nuestro Padre y cuantísimo nos quiere, es fácil imaginar cómo se viviría en aquella casa. Me la supongo alegre,  decorada, sencilla, con plantas, que María cuidaría con esmero, en la que se cocinaran guisos poco complicados, para tener más tiempo para atender a las personas. José trabajaría lo necesario para mantener a la familia, pero sin alargar excesivamente sus horarios para tener tiempo para ser un buen padre, amante y amigo. El niño sería como todos, rico al principio, travieso y juguetón, daría guerra, tendría catarros y rompería algún adorno con el balón. Les haría pasar a sus padres alguna mala noche, con las enfermedades propias de la infancia y muchos momentos preciosos, con el crecimiento y aprendizaje, conforme fuera haciéndose persona, como todos los hijos del mundo.

 Tendrían una casa abierta a los demás, con un plato preparado siempre, para el que llegara y compartirían sus cosas y todos sus bienes con vecinos y familiares. Cuidarían la ropa, para poder pasársela a otros, especialmente la de Jesús que, se le quedaría pequeña conforme creciera y, aunque la heredaría de otros niños mayores, después se la pasarían a otros niños, zurciéndola con esmero, para que pudiera reutilizarla mucha gente. Jesús imagino que sería un niño colaborador, de los que ayudan a llevar el cesto de la ropa, o el de las patatas, pondría la mesa, ayudaría a recoger y a “matrimoniar calcetines”, compartiendo las tareas, pero no demasiado porque en aquellos tiempos las cosas de la casa eran solo responsabilidad de las mujeres. Pero como Jesús venía a cambiar las cosas, para mejorar la relación entre mujeres y hombres, pues ya iría compartiendo tareas y comprendiendo muy bien los cansancios y el trabajo que lleva la casa.

 Seguramente sería un hogar en el que se reirían muchísimo, ya que el humor es una cualidad del amor y supongo que se amarían estupendamente. Se dirían las cosas con dulzura, se saludarían al levantarse con cariño, se servirían unos a otros, se adelantarían a recoger o a hacer cualquier cosilla pequeña, de las que forman la vida cotidiana. Imagino que Jesús aprendería de sus padres a ser cariñoso y a decir el amor, por eso luego supo ser tan buen amigo y comprender a toda persona que se encontraba.

 También serían una familia religiosa en la que comenzarían el día saludando a Dios Padre y luego bendecirían y agradecerían los alimentos, rogando por los que hubieran participado en su cultivo o elaboración. Quizás, también hablarían un poco con su Padre Dios, al acostarse,  dándole las gracias por los detalles y personas del día y por lo que leyeran en la Torá o en algún libro sagrado.

 La realidad es que la Sagrada Familia, sería una familia de lo más normal. No harían nada especial, que no fuera lo que sueña toda pareja y persigue toda familia, que es el ayudarse a ser en plenitud, el potenciarse, salir queridos de casa, acompañarse mutuamente en las dificultades, consolarse, divertirse, descansarse unos a otros y cubrir las necesidades básicas en el hogar, como todo ser humano pretende. Muchas veces las imágenes no les han  hecho un gran favor y nos han presentado una familia extraña, con posturas nada naturales, como si Jesús y sus padres estuvieran toda la vida posando, por si les hacía una foto cualquier paparazzi que pasara por su hogar, a la caza de la última foto privada de los famosos de Nazareth.

 Dios nos hizo un gran favor al hacerse hombre en Jesús para enseñarnos a vivir en una familia normal, especialmente pobre y sencilla, con el fin de demostrarnos que los preferidos de nuestro Padre son los más pobres. Pues que Dios bendiga nuestra familia actual y nos ayude a conseguir la gran familia humana, en la que todos nos tratemos como hermanos. 

Mari Patxi.

              

de Fano

¡¡Feliz Navidad!!

Sigamos la huella de Jesús:

navidad01

Viviendo

sencillamente,

para que otros puedan,

sencillamente vivir. 

 

Navidad 2012

 

 

 

 

 

 

Celebrad la vida

Celebrad la vida

Frenar, sostener o empujar

Anoche me sorprendió un señor de setenta y tantos años, de buena presencia y alto nivel profesional y académico, que ingresaba en un albergue para transeúntes, alabando las delicias de su reciente separación, pues aunque había perdido todo lo material había recuperado, al fin,  su libertad…!…¡

             Sin pararme a analizar el caso, recuerdo a varias compañeras mías que tras su viudedad han recuperado jovialidad, optimismo, apertura y compromiso… sin dejar de lado su nostalgia, su morriña y su soledad, pero me planteo yo ¿qué pasa con el matrimonio? Realmente es una relación que nos hace crecer o es una entrega que nos minimiza, que nos reduce el mundo y el horizonte, que nos quita las alas y nos produce un egoismo-generoso hacia los nuestros nada más y que nos aleja del mundo.

             Siento yo mucha lástima cuando tiene que “pedir permiso” a su pareja para alguna actividad o cuenta con temor al otro lo que en su ausencia vivía con entusiasmo… Si nos unimos a la otra persona para ayudarle a que se cumpla y para cumplirnos nosotros, para hacer cada uno realidad la historia personal, aquella que Dios tiene pensada para cada uno de nosotros, que es la plenitud, el ser cada uno el mejor yo posible y empujar al otro y a cada uno de los que viven con nosotros a que lo consiga… ¿Por qué ese temor a plantear los propios deseos y las propias necesidades? Luego habrá que pactar, llegar a acuerdos, equilibrar las necesidades personales a las necesidades comunes y esos tiras y aflojas que dan forma a la cotidianidad matrimonial.

             Jose Luis Martín Descalzo decía que hay tres tipos de pareja o de cónyuge. Uno el que frena, otro el que sostiene y  otro el que empuja. Cuando uno se casa con alguien que le frena, le empequeñéce, será alguien egoista, egocéntrico, partidario de la felicidad barata que acaba recortando los sueños más grandes de la  otra persona. Su vida se resignará a la mediocridad y no desarrollarán ni su faceta relacional, ni la espiritual, ni la de compromiso con el mundo.

             Si uno comparte su vida con alguien que le sostiene, se sentirá apoyado en los momentos malos, fortalecido en el dolor, acompañado durante toda su vida e invitado a la comodidad, a cuidarse los dos y cuidar la familia así, como está, de unida y de feliz. Pero esta persona será insuficiente como compañera para alguien que sueñe vivir en plenitud, para quien tenga el alma llena de esperanza.

             En cambio, la pareja ideal es aquella en la que los dos empujan, que junta a dos multiplicadores, que se hacen cómplices de la realización plena del otro y le empujan a ser más, a estirar su alma. Son parejas que están vivas, que viven sus gozos y sus sombras y de todos ellos saben sacar lo positivo. Son matrimonios con los que se está agusto, que le abren a uno el corazón hacia la humanidad, que empujan a los suyos a ser felices y a construir esta sociedad nueva donde todo ser humano pueda alcanzar su plenitud.

             No conozco ninguna pareja que lo haya conseguido del todo, pero sí conozco muchas que lo intentan. Que algunas veces se frenan un poco el uno al otro; que también tienen tentaciones de sostenerse, acomodarse, mediocrizarse, pero que dentro de ellos sienten el empuje y el entusiasmo de los hijos de Dios, que les dinamiza y les  vuelve más amantes, más padres, más ciudadanos del mundo y más relajados, abandonándose en sus brazos de Padre.

                                                                                   Mari Patxi Ayerra

Querida familia al completo: Con las cosas que nos están ocurriendo últimamente, he decidido que hoy voy a ser menos pudorosa y voy a contaros cómo la relación con Dios fortalece para vivir mejor la vida y poder con las dificultades que, por cierto, ahora las tenemos y de muchos modelos. Del mundo espiritual se habla muy poco y en algunas familias se vive en opuestos extremos religiosos, desde el más radical ateísmo, o alergia a todo lo que huela a Dios, de unos, hasta los que practican con gran fervor, unos ritos que tienen poco que  ver con la experiencia espiritual.

Y lo más curioso es que algunos cambian de situación, según les venga la vida. Cuando hay una muerte o una enfermedad, unos se enfadan con Dios, “que permite esas cosas”, como la tía Ángela, que pone boca abajo al cuadro religioso de su mesilla, y solo le nombran para reprocharle, o echarle la culpa de todo lo malo que ocurre en el mundo. No piensan que nos ha hecho libres y que depende de nosotros, de nuestras acciones, alimentación y forma de vida el que alguien enferme o se cumpla en él el proceso natural que va de nacer a morir.

El otro día Maite contaba lo bien que les había venido no casarse, para beneficiarse de las ayudas a las madres solteras y así, conseguir llevar a sus tres hijos a un colegio religioso, junto a su casa. Pero como sus hijos quieren hacer la primera comunión, como todos los niños de su clase, les han bautizado unos días antes y así han hecho dos fiestas familiares, una por el bautizo y otra por la Primera Comunión. El colegio les está dando una educación religiosa a sus hijos, que ellos ni complementan ni contradicen en nada…

Cuado falleció el padre de Pedro, dejaron muy claro que “pasaban de lo religioso”, para no hacer un funeral, pero pidieron que algún creyente dijéramos unas palabras durante la incineración y se ofrecieron a hacer ellos mismos alguna lecturas del evangelio, ya que sin ello resultaba muy frío el acto.

Mientras, las abuelas se juntan para ir a San Judas, a pedirle por todos los problemas de la familia; los viernes de principio de mes van al Cristo de Medinaceli, fielmente, con la misma misión y, además llenan su casa de lamparillas y estampas, que pretenden asegurar vuestros éxitos en exámenes y dificultades. ¡Ah! Y, a todos, os han regalado un San Pancracio, que preside sin pudor vuestros hogares, para que os vaya bien la economía.

El bueno de Carlos ha pedido a sus hijas que, cuando la abuela les acueste, que viene muchas noches, cuando a ellos se les complica el horario de trabajo, no le dejen rezarles y, si lo hace, que ellas le hagan burla, para que así “no les coma el coco”, con las cosas de Dios.

También me llama la atención la formalidad y fidelidad de toda la familia a todos los funerales y actos religiosos, mientras intercambiáis risitas maliciosas, tras los ritos. Me sorprende que la mayoría os casáis por la iglesia, porque luce mucho más el vestido y la ceremonia. Me disgusta que muchos niños vuestros puedan hacer la Primera y la última Comunión el mismo día. Me cuesta veros en las celebraciones religiosas, mascando chicle, en esa postura pasota de quien tiene que soportar un acto social absurdo y desconocido.

Pero lo que realmente me duele es que muchos de vosotros, la mayoría, no conozcáis a Dios y su propuesta de vida, ya que con El se vive la vida mejor y la llena de seguridad, entusiasmo, sentido y misión. Si tuviera más confianza, me gustaría tener una sentada íntima. sobre este tema, con cada uno de vosotros, pero como no la tengo, os escribo esta carta desde el fondo del alma. A ver si tengo la suerte de que me salga clara y concreta. Veréis, ser cristiano es tener la certeza de que Dios es tu Padre, que El es todo Amor y, por eso, solo amando podemos conocerle y disfrutarle y que en lo que se debería notar que somos sus seguidores, sería en que lo vivimos como El, a pleno pulmón, sin condiciones, sin freno y sin medida.

Dios nos quiere y nos conoce a cada uno. Como decimos en un salmo, tiene cada uno de los pelos de nuestra cabeza contados, conoce cada célula y neurona de nuestro organismo, cada pensamiento y palabra aún antes de pensarla o decirla. El nos ha hecho únicos e irrepetibles y no hay dos personas iguales. Tiene para cada uno de nosotros un sueño de plenitud y felicidad y nos impulsa hacia ello. Y cuando oramos o celebramos juntos, nos vamos animando unos a otros a intentar esa vida abundante y esa felicidad completa. Dios se hizo hombre en Jesús para contarnos que El tiene una historia de Amor personal con cada uno de nosotros y cómo lo único que nos invita es a vivirlo, a querernos mucho a nosotros mismos y a los demás de la misma manera.

Dios nos da las pistas para vivir en el evangelio y en el fondo del corazón, porque somos personas habitadas. Dios está dentro de cada uno y, cuando se vive la vida en comunión con El, en diálogo constante, se siente la gran fuerza de su Espíritu que impulsa por los adentros, que invita a ser más osado y a amar más, que quita los miedos, susurrándote que no temas porque El estará contigo hasta el fin de los días. Dios potencia lo mejor de cada persona y llena la vida de sentido y de misión, proporcionando una alegría desbordante, una sensación plenificante y un dinamismo interior que le vuelve a uno cada día más grande, alegre, coherente feliz, sosegado y confiado, en la seguridad de su Amor y su presencia.

A este Dios que os cuento, muchas veces se le presenta de forma enfermiza, como un juez controlador e implacable, como un ente mercantil, al que le ofreces algo y te concede lo que le pides, o como un ser lejano todopoderoso que nos controla, castiga e infantiliza y nos premia o condena según nos comportemos. En cambio el Dios del que nos habla Jesús es un Padre/Madre que nos amó primero e incondicionalmente y que tiene para cada uno de nosotros un gran sueño de felicidad y plenitud. Yo creo que nos vendría bien desaprender lo religioso. para poder avanzar en lo verdaderamente espiritual, en experimentar a Dios en nuestra vida cotidiana.

Pero vivimos rodeados de tantos ruidos exteriores e interiores… Estamos dispersos con tantas cosas, con tanto exceso de información y de actividad, que no resulta fácil sumergirse en el silencio, que sabemos lleva al equilibrio, que ayuda a que todo en la vida se vaya encajando, que desnuda y vacía para poder después sentirse pleno y lleno. Por que, si haces silencio podrás encontrarte a ti mismo; si perseveras te liberarás de ti mismo, pero, si sigues es posible que halles el Amor, que es Dios. Cuando uno consigue hacer silencio se da cuenta de su propia prisión, de lo que le impide ser y dejar fluir el tanto amor que uno posee dentro, para experimentar el gozo completo.

Me gusta escribir todo esto porque me hace repensar mi cristianismo y revivir mi apuesta por el evangelio. A estas alturas de mi existencia he vivido tantas horas con El que siento que me da fortaleza interior para exprimir la vida, para comprometerme en el cambio del mundo, para disfrutar de los hermanos, para sorprenderme de las pequeñas cosas, para dar menos importancia al poder y al tener y para entender de qué va realmente  la vida. Dios nos invita a ser cada día más libres y con sentido crítico, serenos y fuertes, sencillos y austeros, sin estar jamás de vuelta de nada, atentos a las necesidades del otro, y sin quejarnos de ninguna tontería nuestra.

No me gusta mucho cómo os estoy contando estas cosas que son tan importantes para mí, quizás os resulte rollo o “marisabidilla”. Lo único que querría conseguir con mi carta es animaros a disfrutar de Dios que, como el sol, sale para todos, es gratuito y revitaliza. Y a regalárselo a los hijos, que es el mejor tesoro que les podéis dejar de herencia. Yo después de escribiros, doy gracias a Dios que me pone en comunicación con vosotros. Ahí va un abrazo Mari Patxi

Revista Humanizar.

Lo sencillo

Queridos todos: El tema de este mes me apasiona. Soy de las que apuesto por la calidad de vida y quiero huir de la mediocridad somnífera en la que se instala mucha gente, viviendo una existencia sosa, incolora e insípida, sesteando una forma de vivir rutinaria, con cada día igual al anterior, corriendo sin saber tras qué, sin entusiasmo, sin ilusión para poner color a la propia persona, a la vida, a la familia, al trabajo, al ocio, al hogar, a las relaciones, a la fe, al descanso…

 Creo que sestear la vida e ir por el mundo “tirando” en vez de recogiendo y aprovechando lo que cada día nos trae, es un pecado grave de omisión. Esta mañana me discutía una compañera que la vida es mucho más triste que alegre, dura que agradable, lucha que disfrute. Y yo le rebatía, convencida de que hemos nacido para ser felices y que tendremos que dar cuenta a Dios, al final de nuestra vida, de los placeres que no hemos disfrutado, de los buenos ratos que hemos roto, por dejadez o por falta de interés en ser felices o en contribuir a la felicidad de los de alrededor.

 La verdad es que vivir una vida plena, una existencia de calidad, no tiene nada que ver con el tener sino con el ser. Por más que nos venden, por todos los frentes, que son los objetos los que nos dan felicidad, o el ser el primero en tener lo último, o el redecorar la casa, o los kilómetros de aventura que recorremos, lo cierto es que una vida de calidad, de armonía interior y plenitud, es aquella en la que vives de acuerdo con tu proyecto personal, en la que guardas todos los días un rato para reflexionar cómo quieres vivir, cuando gastas tiempo en los demás, cuando trabajas aportando a la sociedad lo mejor tuyo, cuando practicas la justicia en pequeños detalles laborales, familiares, sociales, cuando compartes, parte de lo que tienes de más, con los que sabes que no tienen lo necesario, cuando amas gratuitamente, es decir, a fondo perdido, sin esperar que el otro te corresponda, sino aceptándole empáticamente, permitiéndole ser distinto a ti y expresar sus afectos, como puede y como sabe. Y por último, cuando vives la vida como una fiesta y se la haces festiva, agradable y divertida a los demás; si, además, todo esto lo vives acompañado con la presencia y fortaleza de Dios, que nos pone las pilas, nos impulsa la misericordia, la justicia, el sosiego y la ilusión y nos da pistas para vivir una existencia apasionante, entonces ya es el colmo de la felicidad y la plenitud.

 El otro día leía que en el mundo hay dos grandes potencias; una es EEUU y la otra soy yo, o eres tú, vaya, con tus capacidades personales y posibilidades, siempre que las pongas al servicio de lo mejor para ti y para los demás. Tenemos posibilidades autodestructivas y adormecedoras o potenciadoras y plenificantes. Pero cada uno elige las que quiere usar. Cuando todas van armónicamente dirigidas hacia la excelencia, expresión que tanto utiliza la otra gran potencia mundial, conseguiremos para nosotros y para los demás una vida de calidad, una historia interesante, una existencia fructífera.

 Bueno, no vayan a pensar que estoy hablando líricamente de la vida, como si estuviera en una nube y no recordara que estamos en plena crisis económica. No, es precisamente porque estamos viviendo un momento duro y difícil, porque hay que apretarse el cinturón, porque vamos a tener que bajar nuestro poder adquisitivo y renunciar a lujos que, a fuerza de tenerlos habitualmente los hemos convertido en necesidades y sin los que podremos vivir a nada que nos lo propongamos.

 La crisis puede ser una oportunidad de crecimiento, un momento para compartir más, para vivir atentos al que necesita lo que a nosotros nos sobra, para ser más austeros y vivir con menos, para comportarnos con los otros como si fueran nuestros hermanos, es decir, que nuestra familia no sea solo la que consta en el libro de familia, sino que abramos nuestro corazón y nuestra economía y posesiones a vecinos, a amigos, a organizaciones, al mundo en general. Ojala esta crisis nos haga cuestionar el sistema de vida, despertar y retornar de ese camino de ida, que llevábamos hacia el tener y volvamos al del ser, al del estar. Que recuperemos la comunicación, el compartir, el trabajar creando, el hacer familia, el tener ratos para la pareja, para los hijos, para la amistad, para el ocio casero y natural, sabiendo renunciar a cosas como el coche, las exquisiteces gastronómicas, o los mil archiperres que nos han encarecido la vida y llenado de esclavitudes.

 Hace falta cubrir las necesidades básicas propias y ajenas, pero cuidado con los deseos, que son imposibles de satisfacer, como pozos sin fondo, que tiran de nosotros para hacernos creer que necesitamos mucho más de lo que tenemos, para una vida digna y de calidad. Frenemos la prisa, el gasto loco, el despilfarro contagioso, el lujo que se nos ha colado en la vida cotidiana y amemos más, adivinemos lo que necesita el otro y compartamos, reciclemos, acojamos, pidamos y ofrezcamos. Invitemos en casa, ya que comer fuera es un lujo, juguemos una partida de cartas, montemos una tarde de cine doméstico (con palomitas mejor), inventemos un ocio en transporte público, recuperemos los paseos, la contemplación, las tertulias, el préstamo de libros, música o cine, las excursiones a la naturaleza, la visita a exposiciones, parques y zonas de nuestro entorno, que nos seguirán sorprendiendo. Y también dejemos ratos para no hacer nada, que es tan sano y relajante.

 Este es un momento sagrado e importante para conseguir una vida de calidad, unos encuentros profundos, unas redes sociales sólidas que nos ayuden a entusiasmarnos con esta nueva etapa de bajón económico y de subidón de lo principal, lo importante, lo bello, lo sosegado, lo sagrado y lo gratuito. Que Dios nos ayude a hacer la revolución del Amor, que es en definitiva lo que estoy escribiendo. Ahí va un abrazo.

Señor, tú sabes la cantidad de ideas que tenemos grabadas en la mente.

Muchas de ellas no nos hacen bien, sino que nos resecan el Amor.

Ayúdanos a desaprender todo aquello que nos aleja de ti y de los hermanos

y refuerza en nosotros la capacidad de renovarnos, de comenzar de nuevo,

De resucitar a tu novedad, a la fuerza de tu mensaje,

al espíritu apasionante de las bienaventuranzas.

No permitas, Señor, que nos quedemos anclados en el dolor,

en la queja, en el lamento ni en los miedos de nuestras cruces.

Resucita en nosotros la fraternidad del Jueves Santo

y despiértanos a la amistad, a la alegría inmensa de saberte en nuestro corazón.

Tú vienes a resucitar en cada uno todo aquello que tenemos grandioso,

olvidas las pequeñas miserias, remordimientos y culpas,

impulsando en el corazón de cada uno la pasión plenificante de VIVIR,

viendo en cada persona un hermano, que nos necesita y queremos,

y poniendo en marcha todas nuestras fortalezas para construir tu Reino.

El mundo está necesitado de gente que viva en la esperanza,

que abandone el lamento, el desencanto, el recuento negativo

y se instale en el gran sueño que tienes tú, Señor, para toda la humanidad,

sumando las potencialidades de cada uno, para que, complementándonos

hagamos que todo ser humano viva bien y que la sociedad sea una gran familia.

Resucita en nosotros la pasión de la novedad de tu impulso,

para que este año, sea la auténtica y última semana santa que nos lleva a la Vida,

que nos saca de la mediocridad somnífera, de los ritos que nos suben el ánimo,

pero que luego nos llevan a la rutina de perder tu pasión y tu dinamismo.

No permitas que seamos tibios, no nos dejes vivir sin disfrutarte,

sin sentir la fraternidad que nos inunda, sin gozar de la tarea que nos ofreces…

T

Tú eres nuestro gran tesoro, Señor,

tú despiertas en nosotros lo mejor de cada uno,

tú manejas nuestras fragilidades y, con todas ellas,

nos haces bienaventurados, felices, plenos, apasionadamente tuyos

y resucitadores de cada pequeña muerte o adormecimiento que haya alrededor…

Hoy, resucitados, Señor, cómplices de tu Reino,

sentimos que el corazón se nos llena de risas y la boca de canciones.

¡Vamos juntos a contarlo y contagiarlo!

CRISTO HA RESUCITADO y nosotros con El.

Mari Patxi

Resucitó

APRENDER A ENVEJECER

Querido familión: Caigo en la cuenta del gran abanico de edades que existe en nuestra familia, desde  cuatro meses hasta 70 años, y me llama la atención cómo los cuerpos marcan el paso del tiempo. Hace nada que nació el último personajillo del clan, lleno de posibilidades y todos comentamos admirados la rapidez de su crecimiento, evolución, socialización y espabile. Todo esto que sucede tan deprisa en la vida del bebé, ocurre igual de rápido en mi envejecimiento. Y eso que llevo años preparándome para su llegada, recordando que envejecer es obligatorio, pero crecer es opcional, y pretendo seguir creciendo como persona, casi a la misma velocidad que mi cuerpo se inflama, devalúa y envejece. Lo que no es nada fácil, ya que vivimos en una era en la que se valora en exceso la juventud y la moda te invita a disimular los años que cumples y a ocultar las deficiencias, para no bajar tu cotización en bolsa.

La sociedad gasta infinitas energías en investigar la crema, potingue, o secreto del antienvejecimiento, creo que el último ha sido el “ácido jasmónico”. La cirugía rejuvenece por partes a todo el que se deja, de forma que soy de la generación que vamos a despedirnos de la vida muy tarde, pero con unos cadáveres preciosos. Mientras que a las niñas se les mete prisa por parecer adultas y se les viste de mayores, a los maduros nos vende la moda el vestirnos como niños, de forma que te puedes encontrar a cualquier abuela con el mismo modelo que su nieta y a cualquier crío vestido de negro, color que impone la moda este año. Hasta una marca de ropa ha diseñado bikinis “con relleno”, para niñas de siete años. Menos mal que alguien ha tenido la sensatez de descatalogarlos.

Hay gente que vive en una sorprendente atemporalidad. Son personas, algunas de ellas famosas, por las que no pasan los años. Los vemos en los medios de comunicación o en nuestro entorno y nos contagian ese deseo de parecer eternamente jóvenes. Así tenemos a cantidad de gente de mi edad, 65 años, vividos y exprimidos con pasión, que no puede reconocer la edad que tiene y que vive como fracaso el deterioro lógico de los años y las carencias normales de todo cuerpo que ha vivido su proceso de nacer, crecer, florecer, reproducirse, madurar y envejecer, para luego morir, que es el destino de todos, a ese espacio donde se nos examinará del amor, y nunca de la talla, del peso o de la belleza exterior.

Se me olvidaba contaros que hay una franja de edad, de los 60 a los 75 años, que ahora le llaman la sexalescencia, en la que estamos gente que hemos vivido una vida plena  y hemos llegado a la ancianidad, con capacidad adquisitiva, que tenemos unas ansias locas de vivir, de gozar, de aprender, de crear, de hacer algo por los demás y no nos sentimos todavía ancianos como para pasarnos la vida pasivamente, enfermos y dependientes, esperando el final.

Todos los seres humanos nacemos sin terminar de ser y nos vamos haciendo conforme transcurre la vida. Todo este tiempo lo pasamos buscando la felicidad existencial. Unos creen encontrarla imitando a los que se dicen felices, o siguiendo los caminos y ofertas de la sociedad de consumo, que les invita a tener y les convence de que en la vida lo importante es el prestigio, el poder y las cosas.
Otros, en cambio, descubren que la felicidad tiene que ver con el ser y con su manera de pensar y estar en el mundo. Para estos últimos, la solidaridad es el gran regalo que les hace la vida, cuando tienen tiempo y posibilidades para entregarse, cuidar a otros o mejorar el mundo. Hay muchos mayores comprometidos en grandes proyectos, que hacen de su “sexalescencia” el tiempo sagrado en el que su vida es para los demás y eso les llena de sentido y de misión, que es lo que suele hacer la propuesta de Jesús, para todos los que le siguen, aunque existe otro montón de motivaciones, tan válidas y profundas como la fe.

Con los años uno puede ir aprendiendo a comunicarse mejor, aumentando sus “palabras miel”, siendo afectivo, divertido, entretenido y sabiendo expresar el amor, o puede utilizar cada vez más “palabras hiel”, volviéndose más cascarrabias, agresivo y cortante. Todos conocemos mayores insoportables y también ancianos que da gusto estar con ellos y son un regalo para los suyos y los de alrededor. Cada uno elegimos cómo queremos ser… y cuando no elegimos, nos dejamos llevar por la corriente de queja, negatividad y resentimiento que nos rodea.

Dicen que ser persona adulta consiste en asumir el pasado, sumergirse en el presente y preparar el futuro. La forma más sana de vivir es saboreando el presente, entrando del todo y saliendo del todo de cada situación. En cambio, quien vive en la memoria, recordando el ayer,  o preocupado por el futuro, se impide a sí mismo disfrutar, vivir una vida plena y además, estas personas, con su autocompasión, se convierten en pequeños ladrones de la felicidad de los de alrededor.

Todos vamos envejeciendo, porque ser mayor es una consecuencia de la vida biológica. Pero lo que sí podemos elegir es cómo envejecer, cómo vivir, llenando los años de vida, en vez de la vida de años.  Porque ser mayor no es volver a la infancia ni a la juventud, sino asumir la propia vida con sus deterioros, conocimientos, capacidades, aprendizajes y expectativas de futuro. No tenemos que llenar un tiempo muerto sino continuar construyendo el propio proyecto de vida.

Aunque nuestra sociedad sólo valora lo joven, al mayor le aporta diversión y bienestar pero sin respetar su autonomía. Le tutelan y dirigen sin contar con su parecer y sin comprenderle del todo. Un indicador de que una sociedad es sensible a los mayores es la comprensión que tiene hacia ellos. A los 65 años, aún queda mucha vida por delante y no hay que apartar a estas personas de la vida y dejarlas aparcadas como inservibles, sino ayudarles a conseguir un envejecimiento activo, potenciándole que mantenga su independencia, participación social y bienestar emocional y espiritual, con el fin de tener cubiertas sus necesidades básicas.

La persona mayor vive dentro de sí misma una contradicción entre lo que desea y la realidad que le acompaña. Le cuesta no alcanzar objetivos que en su día fueron fáciles para él, siente el deseo de presumir de joven y de mostrar sus habilidades, pero ha de adaptarse a lo que es lo propio del mayor, que es vivir un tiempo libre de prisas, con serenidad de espíritu, con tiempo para la reflexión, lejos de impulsos juveniles, e irá alcanzando cada vez mayor sabiduría y paz interior, como premio a abandonar prisas y rivalidades.

Seguir creciendo integralmente, atentos a los demás, es lo que nos mantiene vivos y nos hace levantarnos con ilusión cada mañana, para así llegar al final de los días sin amarguras, resentimientos ni depresiones, sino con paz, serenidad y armonía. En resumen, hay que vivir la vida con un claro proyecto personal, eso facilitará la vivencia de todas las etapas de la vida, especialmente la final.

La vejez no se improvisa, se va preparando poco a poco, con una dosis de aceptación, de humor, de flexibilidad interior y de ilusión para seguir descubriendo cosas, personas y situaciones nuevas, para encontrar el sentido a cada nuevo día y un motivo por el que vivir. Es tiempo de sensibilidad, de saborear la buena música, la naturaleza, los amigos, el amor, los niños y las pequeñas cosas que la vida nos ofrece, si sabemos encontrar la belleza que encierran.

Y hay que saber vivir en comunicación con uno mismo, para autoconocerse y reflexionar lo que vamos viviendo en relación con los demás, aprovechando este tiempo para decir el cariño, para potenciar a la gente, para transmitir valores, para entusiasmar con la vida, y también es necesario compartir la experiencia de Dios, cuidando la parcela trascendente, para prepararse para terminar la vida vivo, es decir, con serenidad y dejando a los demás bien queridos, sosegados y reconciliados. Hace falta mucha sabiduría para llevar todo esto a cabo. Muchos lo han conseguido. Hagamos nosotros lo imposible.   Mari Patxi

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