Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

Archivo para marzo, 2011

LA SOLIDARIDAD SE APRENDE EN CASA

LA SOLIDARIDAD SE APRENDE EN LA FAMILIA

Queridos hijos y nietos: Aprovecho que esta sección va de familia, para escribiros mi primera carta, que le pueda también servir a cualquier familia. Me gusta cuando veo que os implicáis en la vida de la gente. Me admiro ante vuestra casa abierta y acogedora. ¡Tengo tanto miedo a esta individualidad que nos uniformiza!, que hace que estemos informados de todo lo que ocurre en el mundo en el momento que sucede y, en cambio, sabemos poco de lo que le pasa al vecino de enfrente, o al vendedor que tratamos cada día. Es curioso que sabemos a la perfección la vida del doctor Vilches, los últimos detalles de los avances de la técnica en la producción de las sandías cuadradas, o el dineral que han pagado por un futbolista, pero no sabemos lo que sucede en el piso de arriba, a alguien con el que llevamos viviendo años y años, o todavía no hemos subido a saludar a los vecinos nuevos, que se trasladaron hace unos meses.

 Los seres humanos, que hemos nacido para la relación y para el encuentro, nos sentimos mal cuando vivimos tan aislados, cuando vamos tan a lo nuestro, cuando nuestras vidas no se interactúan. Nos estamos acostumbrando a pasar ante la gente sin mirarla, a recibir servicios sin agradecerlos y sin darnos cuenta de si nos ha atendido una persona o una máquina expendedora.

Todos necesitamos amor y relación, dar y recibir ternura, saber que soy importante para alguien y yo también soy significativo para esa persona. Por eso vuestros amigos están sintiendo que son importantes para vosotros y recibiendo vuestro amor. La segunda necesidad que tenemos todos es de seguridad, de confianza y apoyo, que la suele dar la familia y los amigos, que son de los que te fías y en los que te apoyas, alguien que te pueda acompañar o enseñar la luz cuando te sientes a oscuras. Y en tercer lugar, también necesitamos autonomía y libertad, es decir, que cada uno tiene que ser el autor de su propia vida, el que elige su forma de comportarse, el que decide al final cómo vivir, teniendo su propio espacio y tiempo. Esto es muy importante vivirlo, sentirlo y disfrutarlo, para alcanzar la felicidad y plenitud a la que estamos llamados.

Cuando este verano falleció la niña de cuatro años de vuestros compañeros, me emocionó vuestra respuesta, al acompañar el dolor de esta familia. La noticia nos hizo llorar a todos, pero me gustaba especialmente oír al nieto pequeño, entre lágrimas, contarnos las cosas que iba a hacer, al volver al colegio, para que a su amiguito le doliera poco la ausencia de su hermana Lucía. Os implicasteis en la situación y pusisteis patas arriba todo vuestro verano, pero creo que a la otra familia le hicisteis un gran favor, una compañía cercana y respetuosa, silenciosa y sin avasallar, empática y saludable. Todavía seguís inventándoos citas, cafés, recados o planes, que les distraigan un poco, o momentos de intimidad en los que puedan desahogarse, y eso es muy necesario. ¡Ah! Y me quito el sombrero porque hicisteis el esfuerzo de leer, en pareja, un libro sobre “La pérdida de un ser querido”, para aprender a acompañar ese dolor tan nuevo que os tocó vivir de cerca y que, seguro, os habrá hecho crecer a todos.

Ando yo preocupada por lo sola que se encuentra mucha gente. Me asusta lo juntos que vivimos y los pocos encuentros que potenciamos, sabiendo que ellos son el motivo de nuestra vida, lo mejor de la existencia. Cuando uno vive en relación, disfrutando de compartir la vida, de comunicarse a nivel profundo, siente una armonía interior especial, porque en el hondón del alma somos todos tan parecidos… y nos ayudamos a vivir cuando nos vamos contando las andanzas de unos y otros, los gozos y las sombras, las necesidades y las posibilidades.

Esta mañana he subido a pasar un rato con una anciana que vive sola, aunque acompañada por personas que le atienden en diferentes turnos y por su “medalla”, ese colgante por el que puede pedir auxilio en cualquier momento, y que le da sensación de seguridad e incluso de compañía, cuando de vez en cuando le llaman por su nombre y le preguntan cómo se encuentra. Todo está maravillosamente organizado en nuestra sociedad, pero aún lo podemos hacer mejor, derrochar amor para inventar con mucha misericordia nuevas formas de acompañamiento, de ir a leerle algún rato, de organizar un turno de visitas frecuentes, para que se sienta acompañada y querida, incluso de rezar junto a ella un ratillo, para sacarle de su pequeño mundo y universalizarle el corazón. Mientras lo escribo me doy cuenta que tengo que hacerlo, vaya, que me estoy comprometiendo a no dejarlo pasar, a ofrecerle algo de lo que acabo de escribir.

Creo yo que los cristianos deberíamos tener la vida más a disposición de los demás cada día, cayendo en la cuenta en los pequeños detalles,  inventando caminos que faciliten la vida a los otros, que aminoren la soledad, que dinamicen los recursos… Me estoy acordando de que a una de mis nietas le han pasado ropa y chismes de bebé un montón de gente, pero ahora les da apuro ofrecérsela a otra familia vecina inmigrante llena de niñas, por si no están acostumbrados o sienten que es hacerles de menos. Yo me imagino a Jesús viviendo en su escalera en relación con todos, dinamizando encuentros, pidiendo y ofreciendo, siendo osado en el detalle, en simpatía y en amor.

A vosotros, mis hijos, me gustaría deciros que no perdáis la oportunidad de compartir, de caer en la cuenta de vuestros privilegios, para hacerlos llegar a los demás. También en las necesidades, tened la sencillez de pedir, de llamar a otra puerta para solicitar algo y así les será más fácil a los demás pediros a vosotros. Haced que en vuestra escalera, en vuestro entorno, entre vuestros compañeros y amigos se compartan las cosas y también, en vez de acumular, dad salida a todo para que lo puedan utilizar otros, sin guardar “porsiacaso” que, en definitiva, no es otra cosa que pensar en mí y en los míos, en vez de en los demás.

Sin darme cuenta me he centrado en el compartir cosas, pero también es muy importante compartir el tiempo, sacar un espacio para los demás, para facilitar otras vidas, para atender, acompañar o ayudar a alguien. El vivir solo para mí y los míos raquitiza la vida, le vuelve a uno egótico familiar, egoísta en grupo. En cambio, el dejar algo de tu tiempo para un voluntariado te convierte el corazón en universal, te saca del jugar al yo-yo, de pensar solo en tus cosas y tu gente, para colaborar en la construcción de un mundo más humano, más justo y más solidario que, en definitiva, es el proyecto del reino, ese que nos enseñó Jesús y que sería la plenitud para todos. Os quiero…    Mari Patxi

REVISTA HUMANIZAR 108

 

FAMILIA ABIERTA, escuchando al mundo

FAMILIA ABIERTA, QUE ESCUCHA AL MUNDO

Querida familia: Ando dando vueltas y más vueltas a la cabeza. Mi cuerpo no anda bien, hay algunos problemas de trabajo en la familia, la enfermedad parece que nos visita y andamos un poco apretados económicamente. ¡Vaya, que tenemos coartada para no hacer otra cosa que preocuparnos sólo de nosotros!

 Al caer en la cuenta de esta actitud familiar, de escucharnos sólo a nosotros mismos, compruebo que es algo socialmente “bendecido”, que se ve como lo más natural del mundo, e incluso que lo “antinatural” es vivir escuchando los gritos de la humanidad, los quejidos de los hermanos que sufren. La verdad es que no tienes más que echar una ojeada a la prensa o escuchar las noticias y, por muy insensible que sea uno, se da cuenta de la cantidad de dolor e injusticias que envuelven la vida de muchas personas. Lo malo es que, aunque uno quiera escuchar con el corazón y captar cómo viven los otros hermanos, se nos ha ido creando una especie de pátina en el oído, o en la mente, o no sé bien donde, que hace que inmediatamente de sentir compasión por alguien, pasemos a hablar de un anuncio de cualquier bobada, en la fracción de un segundo. ¡vaya, que nuestra solidaridad es instantánea, de urgencia, y que el efecto fraterno de removernos para actuar en favor de los otros, para apoyar su causa, o para trabajar en que las cosas cambien,  nos dura lo que tardamos en leer, escuchar o ver la noticia. Nada más despertársenos la misericordia, viene un anuncio que nos produce un deseo y la inmediatez de la solidaridad se nos queda dormida en un flash instantáneo.

 Hoy he recibido un montón de correos electrónicos y algunos de ellos me invitaban a donar zapatos para Africa, juguetes para niños necesitados, firmas para apoyar causas injustas, personas que necesitaban trabajo, gente que buscaba trabajadores y hasta una amiga me ha propuesto avalar la compra de una casa a una inmigrante. Estaba agitada por la tarea y mi solidaridad ha sido floja. He pasado los correos solidarios a un montón de familiares y amigos, que sé se van a comprometer a su vez, pero apenas he tenido tiempo de leer despacio las causas que necesitaban mi apoyo y me he escaqueado, como he podido, de avalar a mi amiga… Aparentemente he sido políticamente correcta, pero, realmente, me pregunto, ahora, al escribirlo, si he actuado con corazón, si de verdad he reflexionado un poco en todo lo que estaba haciendo y cómo actuaba desde mi tener de todo, desde mi vivir bien.

 Y lo más grave de todo esto es que me ha llegado una multa de tráfico que me ha encabritado muchísimo y, he pasado de todos los demás, para enfurecerme contra la autoridad que me pilla en la más mínima infracción y me roba lo que me pagan por escribir esta carta. Mientras se lo cuento, me lo digo a mí misma y me avergüenzo de ello. Creo que voy a intentar hacer una sentada familiar para cuestionarnos nuestra escucha al mundo y nuestra respuesta compasiva o escurridiza. Entre nosotros nos escuchamos, nos queremos, nos cuidamos y nos repartimos un cuarto de queso a cada uno, cuando a alguien se lo regalan, pero para mí eso no es solidaridad, eso es la forma normal de hacer circular el cariño y los bienes de una familia que es, la gente que se quiere. Pero yo creo que lo que se nos pide va más allá que este compartir roñosillo, casero, para mí y los míos…

Cuando a Jesús le dijeron que su familia andaba disgustada buscándole contestó: “¿Y, quienes son mi padre y mis hermanos?”… y ahí nos dio una de las lecciones más claras de universalidad amorosa, de vivir para los demás, de ser familia de todo el mundo. Y es que, el que es de Dios, se convierte en un ser para los demás, en un personaje público, accesible, atento a los otros, escuchador de todos los gritos, susurros y goces de la humanidad entera. Por eso es tan importante nuestra actitud de escucha, como personas, como familia, como grupos, como iglesia, como creyentes que, a fuerza de vivir en comunicación profunda con Dios, vamos teniendo el corazón más abierto a los otros, las entrañas más misericordiosas, los oídos casi del tamaño de Dumbo, para que no se nos escape nada y así, acompañar la vida de todos los seres humanos.

Ya que en la vida siempre estamos aprendiendo, no estaría de más que una asignatura a trabajarnos fuera la escucha y que vayamos adquiriendo habilidades, capacidades, exquisitez emocional y permeabilidad de esponja para acoger la realidad del otro de forma cóncava, en vez de vivir convexamente, alejando a los demás de lo nuestro.

 Me he metido en un tema importante y difícil, que se vive especialmente bien entre toda esta gente del Centro de Humanización de la salud y entre mis compañeros de esta revista, que tan amablemente ustedes leen. Porque ellos son especialistas en el escuchar, en el acompañar vidas, en el mediar en los conflictos, en el enseñar a decir hola y adiós a la vida, y en el ponerle a uno en contacto con lo mejor de sí mismo, en el dolor y la enfermedad.

Una, que es un poco “analfabeta emocional”, me pillo a mí misma con frecuencia, con los oídos taponados por mis ocupaciones urgentes y abandono lo importante, o caigo en la cuenta de que no he escuchado algo sagrado que alguien ha contado en un momento dado y a mí se me ha escapado, porque estaba agitada, ocupada, a la vez, en cualquier otra cosa doméstica o cotidiana. Y, al rato, al hacer moviola, o al echar un recillo por esa persona, me viene a la mente aquello que ha contado y no he percibido inmediatamente, o un dato cualquiera que, luego caigo en la cuenta, era importante para él y le llamo, con todo el cariño posible, para pedir disculpas, para hacerle hueco en mí, para que me lo cuente, o me de más detalles o, simplemente, para prestarle mi apoyo y amistad.

Dicen que tardamos tres años en aprender a hablar y el resto de la vida en conseguir escuchar. Y es en la vida familiar donde uno aprende la habilidad de la escucha, ya que uno vuelve cada día al hogar con la necesidad de ser escuchado y comprendido. Pues yo, que estoy en avanzado estado de vida, sesenteando a pleno pulmón, me comprometo hoy en esta carta a dejar más espacio al otro, a vaciarme más de mí, para tener hueco para que quepan los gozos y sombras, las ocupaciones y vivencias de los demás. Pido a Dios, ya puestos, que nos regale a todos un corazón como el suyo, amplio, acogedor, misericordioso, en el que quepa todo el mundo, del que broten detalles, caricias, calorcico familiar, de brasero, de mesa camilla, para que juntos vayamos construyendo la gran familia humana, esa que es en definitiva, el Reino de Dios, ese que El nos invita a crear.

Perdonen que haya hablado tanto, sin escucharles. Ya podía alguno de ustedes contestarme, sugerirme algún tema, comentarme algo de mi correspondencia o compartir lo que deseen…y así nos contagiaremos mutuamente el saber escuchar. Ahí va un abrazo Mari Patxi

                 REVISTA HUMANIZAR 108

FAMILIA Y CONTAGIO DE VALORES

VALORES QUE SE CONTAGIAN EN LA FAMILIA   

Queridos hijos y nueras: Os veo trabajándoos la difícil tarea de educar a vuestros hijos, mis nietos, y me doy cuenta de que hoy es todavía más complicada de lo que era en mis tiempos. Todo cambia constantemente, pero por otro lado, la mente de los más pequeños es como una hoja en blanco sobre la que estáis escribiendo su futuro. Decía un afamado psicólogo: “Dejadme un niño hasta que cumpla 7 años y os devolveré un hombre”, confirmando la gran importancia de los primeros años en la formación de la persona, pues es durante esta etapa cuando se estructuran las aptitudes físicas y se fundamenta su personalidad. 

Por eso quiero recordaros, con mucho cariño y respeto, que, aunque vuestro trabajo y realización personal y profesional sea una tarea importante y requiera de vosotros más tiempo del que deseáis, no perdáis de vista que los primeros años de vuestros hijos son decisivos para impulsar el desarrollo de su cerebro y encauzarlo hacia la optimización de sus inmensas capacidades. Estáis viviendo un tiempo sagrado en vuestro acompañar el hacerse personas de los niños, por eso el que lo viváis sosegados,  les habléis en positivo para potenciarles sus posibilidades, el ayudarles a encontrar sus valores y capacidades únicas y especiales y recordárselas con frecuencia, les impulsará a la plenitud y a cumplirse como esa gran persona que Dios ha soñado para cada uno.

No sé por qué demonio, en la vida familiar se recuerdan mucho los defectos y errores, con el deseo positivo de corregirlos, pero la verdad es que, de tanto repetirlos, se quedan tatuados a fuego en el subconsciente del niño, y luego, de adulto, le frenarán para lanzarse a investigar la vida, a abrir nuevos caminos y a desarrollar lo que también tiene de positivo. Es curioso como el mensaje de los padres sobre uno mismo funciona a modo de “profecía autorrealizadora”, con la que uno anda por la vida, respondiendo a las expectativas de sus padres, siendo esa persona mediocre que le decían que era, o ese gran tipo, o ese genio creativo, o ese niño adorable, o ayudador, o puñetero… con el que a cada uno le catalogaban en el hogar o en el colegio.

Bueno, pues lo que quiero recordaros es que aún estáis a tiempo de grabar en vuestro hijos una gran fe en sí mismos, ya que están como el cemento fresco en el que quedan marcadas todas las huellas, o el barro blando que todavía es manejable y flexible y, cuando endurece, ya no hay forma de cambiarlo. Por eso es muy importante que crezcan rodeados de estímulos. Pero un peligro que existe es el no corregirles, para no frustrarles, el no ponerles límites, para no contaminar con normas el poco tiempo que pasáis juntos. No les pasa nada por que les digamos que no a algo, porque se tengan que aguantar un deseo, retrasar una comida, ordenar un cuarto o negarles un capricho. Que ahora estamos en un tiempo en el que hay una adoración social excesiva al niño y tenemos a los adultos sirviéndoles constantemente o haciendo, como peleles, todo lo que a los niños se les antoja.

Una cosa es tener un lenguaje positivo en el hogar, apoyarse en todos los logros y estimularse con frecuencia y otra es permitir todos los caprichos, enfados, mimos y pataletas. No, estáis acompañando el hacerse persona de vuestro hijo y tiene que aprender a llorar poco cuando se de un golpe, a evitar los melodramas, esos tipo jugador de futbol que cae cual enfermo terminar tras una patada, permaneciendo unos segundos medio muerto y que se levanta inmediatamente con cara de víctima, pero sigue jugando… Ojo, que son muy peligrosos los lloros y quejas excesivas. Hay familias en las que ven a un adulto que recibe mucha atención y cuidados por estar enfermo y los niños aprenden a utilizar la enfermedad como medio de obtención de atención y cuidados o para ser el centro de la familia. 

Los niños sirven para hacernos de espejo a los mayores de comportamientos erróneos que tenemos, así que es bueno que nos paremos a ver cómo piden atención, qué mecanismos utilizan cuando se caen, les duele algo, se frustran o se les contraría. Porque es en el hogar donde uno aprende a manejar el enfado, el dolor, la enfermedad, la contrariedad y el conflicto; y vosotros padres sois los maestros del vivir para esos niños crudos, a los que les falta la cocción de la vida y que vosotros aún podéis modelar y ayudar a ser personas sanas, libres y felices.

Y el tema de la resilencia, o capacidad de crecer con las dificultades, o de encontrar lo positivo que trae cada problema o situación aparentemente negativa, también se aprende en casa, según el lenguaje que se utilice. Cuando los padres viven en actitud de “ir tirando”, de “matar la semana”, de esperar a que los hijos crezcan para disfrutar de libertad, o a que se vayan del hogar, o a que termine el trabajo, para estar descansados… eso es no saber vivir, eso es perderse todo lo bueno que trae cada etapa y todo lo que cada momento tiene de esfuerzo y de disfrute, de reto y de alegría. La queja es una actitud socialmente aprobada y contagiosa, que nos llena de negatividad, que nos impide ver todo lo positivo que tiene cada momento, cada persona o cada situación. Solemos hablar mucho más de lo que nos falta por conseguir que de lo que ya tenemos. Es importante recordar que la felicidad no está en tener todo lo que quieras sino en saber ser feliz con lo que tienes. Y a nuestros hijos, al fin y al cabo, lo que queremos transmitirles es la sabiduría de ser felices y, de paso, o como consecuencia, hacer felices a los demás.

 Vivimos en una sociedad en la que sólo es noticia lo negativo. “No news is good news” (“Si no hay noticias, son buenas noticias”) es la frase universal del mundo de la información, pero también en la vida cotidiana contamos solo lo malo que nos ha ocurrido y, a veces, incluso nos parece que es presunción hablar de las cosas bonitas que nos ocurren. Se cuenta cuando se está enfadado, enfermo o agobiado, pero no se informa de los momentos de felicidad, de ternura, de estar a gusto con los tuyos. Y los niños aprenden ese mismo tipo de información y también se instalan en la queja, en el aburrimiento o en los comentarios de las cosas que no van del todo bien.

Tenemos que fomentarnos unos a otros esa capacidad de descubrir el regalo que acompaña a cada problema de la vida o situación difícil. Esta mañana comentaba un amigo cómo les ha unido a la pareja y a toda la familia la enfermedad, lo profunda que ha sido este año su navidad, cómo se ha fortalecido su relación y han aumentado los gestos de ternura que antes evitaban por pudor y ahora, por temor a perder a la madre o al caer en la cuenta del cariño que se tienen, han dejado brotar con libertad y están todos viviendo una preciosa etapa afectuosa, cercana y tierna. Y este ha sido el regalo que les ha traído un problema, pero todos han sido sabios y han puesto en marcha sus recursos interiores y se cuidan, se quieren igual que antes, pero ahora se lo expresan y unos a otros se están ayudando a vivir mejor esta situación nueva y difícil que en otro momento o a otras personas les habría hundido en mutismo, depresión o enfurecimiento.

Es curioso cómo cuando uno está atento a la propia vida y a la de los otros, recibe constantes lecciones para vivir. Yo tengo la suerte de tener de compañero de clase a Joaquín, al que el puñetero parkinson, le está reduciendo las capacidades físicas, pero como él se trabaja mucho y lucha para no venirse abajo, está creciendo social, mental y espiritualmente tanto que es el mejor amigo, amante, padre y compañero de juergas y hasta de rezos. Yo me aprovecho de su insomnio para pedirle trabajillos informáticos, porque sé que el se organiza sus días y sus noches para disfrutar y ser válido lo más posible.

 Bueno, familia, como vivir es un arte y la obra de arte de cada uno es la propia vida, pues vamos a echarle salero e ilusión para disfrutar y regalar nuestra vida y así enseñar a los nuestros a que la gocen y la entreguen en la construcción de un mundo más cálido, más humano y más justo. Hasta la próxima, ahí va un abrazo             Mari Patxi                                   

REVISTA HUMANIZAR 109

MI CUMPLE… ¡Cuánto tiempo!

MI CUMPLE… ¡Cuánto tiempo!                                   

Querida familia: Aprovecho que el domingo celebramos mi cumpleaños, para hacer con vosotros una reflexión sobre la cantidad de tiempo que llevo vivido. Cuando pienso que ya hace 64 años que estoy en este mundo, me sorprendo. Tengo la sensación de haber comenzado la vida hace nada y ya estoy casi terminándola. Miro para atrás y me vienen recuerdos borrosos y sensaciones concretas, más dulces que amargas. Siempre he tenido la suerte de olvidar pronto lo negativo y recordar más lo positivo. Eso es un legado que me dejaron mis padres y que me ha ayudado mucho a disfrutar más el cada día, pues me queda la música interior agradable de la belleza, de las buenas gentes, de amores y amistades, de los gestos de ternura y armonía vividos el tiempo anterior.

 Es curioso cómo las sensaciones y los sentimientos son atemporales. Cuando las recuerdas, las vuelves a sentir, a resentir. Por eso debe ser tan bueno eso de saber cerrar las puertas bien, perdonar lo doloroso y limpiarse de rencores, para que no vuelva la música triste a inundar el presente. Dicen que las personas somos presente y memoria y que las hay que eligen vivir en la memoria, recordando siempre el ayer, “nostalgeando” con lo pasado o programando el futuro. En cambio, otras eligen vivir en el presente y se sumergen del todo en cada momento, sin dejar que su mente se les escape en nostalgias y preocupaciones. Y saber “entrar del todo y salir del todo” en la vida es una forma de añadir intensidad vital a cada situación, de vivir unificados, integrados y completos en todo momento.

 Esto del manejo del tiempo es algo que se aprende en la vida familiar. Hay hogares donde siempre están fantaseando en lo que llegará, con añoranza, o recordando, con morriña, tiempos anteriores, o planeando acciones futuras y en ello ponen todas sus energías. En otras familias se concentran en cada acción, actividad o vivencia y la disfrutan con pasión, intentando sacarle a cada momento todo su encanto y su jugo y con cada persona vivir un encuentro. Hay familias que cuidan mucho sólo los momentos solemnes especiales y luego, en el día a día, viven una rutina fría, en la que no hay apenas detalles afectivos, ni cuidados de los unos hacia los otros, ni ternura, ni pequeños  gestos que hacen la vida más agradable.

 La realidad es que el tiempo, la vida, está formada por la suma de segundos, minutos, horas, días, meses y años y hay que ver lo largo que se hace el tiempo cuando estás con alguien que no te agrada, o con quien mantienes una relación superficial o lejana, y lo corto que se hace cuando estás con alguien con quien conectas en el fondo del alma, con quien compartes tu música interior, tus sueños, tus alegrías y tus adentros. Yo he vivido muchos encuentros, muchos momentos de amistad, confidencia, risas y lágrimas, consuelo y apoyo y todo ese tiempo vivido en relación es el tesoro que amontono en mi corazón, por el que doy gracias a Dios cada cumpleaños. Podría hacer una lista de las personas a las que podría estar agradecida cada año, por lo que me han ayudado a ser, a vivir, a disfrutar, a llorar, a querer, a acompañar, a acariciar, a crear, a crecer y a llenar mi vida de sentido, de misión y, sobre todo de agradecimiento.

 Porque el paso del tiempo, de mi tiempo, este tan largo como intenso, difícil y bonito, pachucho y divertido, está entretejido siempre con personas que la vida me ha ido poniendo al lado, cercanos y lejanos, familia y desconocidos, compañeros de camino y de cruces, receptores de mi trabajo y servidores del suyo… y me habría gustado ser para cada uno una caricia, una sonrisa, una mano tendida, un favor recibido, una discípula, una maestra, una comida rica, un café calentico, un abrazo apretado, una confidencia, una carcajada, una oración, un amor apasionado, una escucha atenta…

 Me gusta mirar a la vida de frente, para no gastarla en vano. Y ya, puesta a soñar, veo cuántisimas cosas me gustaría haber hecho con estos 64 años que celebro el domingo. Pero como el contador sigue en marcha, voy a dejar de escribir, para que no me pille la vida teorizando, y ahora mismo me voy a poner a hacer esa llamada pendiente, esa carta prometida, esa fiesta que voy a montar, esa compañía a un enfermo, o esa partida de cartas por jugar. Voy a manifestar el cariño a los míos como si fuera el último día que les viera, voy a saborear el café calentico de media tarde, la puesta de sol y el paseo con mi marido, como si no se volviera a repetir, voy a mirar a los ojos a la gente, acariciándoles con mi mirada, voy a hacer del día de hoy un día de fiesta, aunque aún no sea mi cumple, pero voy a vestir mi corazón de capacidad de sorpresa y escucha atenta y voy a pasear contemplando mi entorno como el pintor que busca el rincón más bello para plasmarlo en su lienzo.

 Y como el único tiempo que me pertenece es este, y es con esta ilusión vital con la que me siento invitada por Dios a estar en el mundo, celebro con ustedes la maravilla de la técnica que me hace poder contarles mis intimidades, así, a corazón abierto y hacernos juntos una transfusión de entusiasmo vital, que para mí no es otra cosa que hacer realidad el gran proyecto de Jesús, ese de que vivamos todos la vida en abundancia, o sea que vivamos todos, por fin, divinamente. Pues que El nos ayude a no ser unos incoherentes teóricos sino unos profetas del bienvivir y del trabajar para que todos lo consigamos. Perdonen que no me despida, es que tengo prisa, que ya voy siendo mayorcita…   

                                                                     Mari Patxi                                                                      REVISTA HUMANIZAR  110

p.d. Estoy pensando en mi amiga Mary, a la que le molestará un montón mi carta, seguro, pues ella tiene la mala pata de ver siempre lo negativo de la vida, propia y ajena, y no le suele gustar charlar conmigo, porque le parezco una inconsciente de mil demonios.

 Dicen que en la vida hay dos tipos de personas. Unas son como las moscas, que van de excremento en excremento, de caca en caca, de mierda en mierda (no sé si es correcto escribirlo aquí), descubriendo y comentando todo lo malo de la vida; y otras son como las abejas, que van de flor en flor y hacen miel. Estas personas ven la belleza de la vida y de las personas, la cuentan y la comparten, y así endulzan la vida a los demás. No sé si estamos programados para ser mosca o abeja y si cada uno juega el juego que le ha tocado, sin ser consciente de que recibe instrucciones de un disco duro. Pero, por si acaso se pudiera cambiar esta programación, yo elegiría ser persona abeja, para disfrutar de tantas flores como hay en el mundo y fabricar miel para los demás. Y si alguna persona mosca no es muy feliz, igual le va mejor probar a comportarse como abeja.

 

APRENDIZAJES EN LA SEPARACIÓN

APRENDIZAJES DE LA SEPARACIÓN                                    

Querida sobrina, sé lo mal que lo estás pasando desde que te separaste, y que este aviso del colegio en el que diagnosticaban a tu hijo de 5 años tristeza, te ha hundido ya en la miseria, por eso hoy me gustaría echarte una mano, a ver si entre las dos conseguimos mirar tu familia con lupa y ver la forma de ponerle un poco más de salud mental a la situación o, por lo menos, suavizar un poco el dolor.

Te ha ocurrido algo dolorosísimo, como es la ruptura de vuestro matrimonio. Es verdad, y dicen que después de la muerte de un hijo, es el duelo mayor que pueden sufrir unas personas, la separación conyugal, la ruptura de vuestro proyecto de pareja, que os deja a los dos con la vida paralizada, con todos vuestros sueños rotos, con el corazón partido, por lo que sufrís los dos y el niño, que quiere vivir en una sola casa y quiere juntaros como sea.

 Sé que es tremenda vuestra separación y no por ser muy frecuente es menos dolorosa. Me molesta a mí mucho cuando alguien comenta, a la ligera, que está de moda separarse y se hace muy alegremente, con lo que lleva consigo de sangre, sudor y lágrimas. Las personas que hablan así es porque no han vivido el deterioro de una pareja de cerca y saben poco del corazón humano. También me consta que hay personas que lo superan antes que otras, que parece que encuentran antes motivos para ilusionarse, para llenar su vida de sentido y para reorganizar su nueva manera de vivir.

Llevabais muchos años construyendo vuestro proyecto de pareja y ha tardado poco en romperse, en apearse uno de los sueños comunes y conformarse con una vida mediocre y uniformada. Es duro ver cómo te echan la culpa los que esperaban de ti un comportamiento sacrificado y abnegado, en el que te conformaras con la armonía, al precio que fuera, aunque sea el de vivir una vida gris y sin sentido, uniformada con la de otros seres humanos que sólo aspiran a vivir trabajando, comprando, redecorando su casa, corriendo y gastando las horas restantes delante del televisor. A ti te gustaba crear hogar, tener una casa abierta, tener amigos, vivir un compromiso con el entorno,  gastar algo de tu vida en mejorar el mundo, en cuidar las relaciones y la ayuda a los de alrededor. Tú no te conformabas con gastar tu existencia en llenar de caprichos al niño, ahorrar para llevarle a Euro Disney y esperar las vacaciones viviendo los días cada uno igual al anterior, sin disfrutar de lo pequeño, de lo sencillo, de vuestro amor, de las sorpresas cotidianas de la vida y de llenarla de detalles del uno hacia el otro, para hacer crecer vuestro amor y fortalecer vuestra relación.

Has de reconocer que creíste que le ibas a cambiar, que lo que él no valoraba en el noviazgo, acabaría eligiéndolo, al vivir la vida contigo… y no fue así. El no necesitaba la dosis de ilusión y novedad que tú le echas a la vida diaria. A él le bastaba con vivir en blanco y negro, sin utilizar el resto de pinturas con que Dios le dotó al llegar a este mundo, para vivir una vida de colores. Y tú pusiste color a su vida mucho tiempo… y su seriedad llegó a robarte tus colores y enfermaste de depresión varias veces, aunque nos lo quisiste disimular a todos. Y es que no sé qué demonio pasa en el noviazgo, que uno tiene una miopía total, ve las cosas como las quiere ver, en vez de cómo son, y está convencido de que luego conseguirá cambiar al otro.

A él le volvías loco con tus coloridos, le entusiasmabas la vida, se la iluminabas… pero al mismo tiempo no lo podía soportar y te rechazaba tanto como te admiraba, le gustabas tanto como le invadías, le producías envidia, rabia y humor al mismo tiempo. El caso es que todos nos emparejamos buscando en el otro lo distinto, lo opuesto, lo complementario y luego, nada más casarnos, queremos cambiarles porque, aquello por lo que les hemos elegido, lo que nos hacía gracia, nos incomoda, nos irrita, nos aleja y nos rompe el amor. Hay motivos que son pequeños y superables. Los vuestros son graves e insalvables. Lo sé por la de veces que has pedido consejo, asesoramiento, apoyo a expertos y acompañamiento en la conciliación.

Como dice Antoine Filissiadis en el libro “Persigue tus sueños”, la mayoría de las personas vive la vida como un autómata, ignorando que vivir es un arte, que tenemos que ir inventando. Nos pasamos la vida intentando, al precio que sea, respetar las consignas acordadas. Y si el juego no nos hace felices, pues sufrimos y, en un tono fatalista, exclamamos: ¡es la vida! Y no es verdad. La vida no es para sufrir. ¡Somos artistas! Nuestra historia es una obra de arte. ¿Por qué vivirla en blanco y negro? ¡Podemos pintarla de colores añadiendo un toque de alegría, un reflejo de placer, un abanico de felicidad!

¡Tú has sido una valiente, la verdad! Te has currado la pareja y después te has trabajado mucho el romper sin causar dolor, intentando que hubiera poca sangre, poco desgarro emocional para los tres… pero no lo has conseguido. Me consta que una y otra vez te preguntas si te habrás equivocado, que si habría sido más fácil rendirte y conformarte con una vida gris, rutinaria y mediocre, antes que montar esta guerra dolorosa en la que él ha querido acabar. Tú eres una persona buena, buenísima diría yo. Y los demás te acusan de no haberte sabido “santificar con el hombre que Dios puso en tu vida”. Y esa crítica sé que te hace daño, que te cuestiona, que te duele en el alma porque es lo primero que te planteaste, lo que luchaste durante años, antes de dar el paso.

Como ya te he dicho muchas veces, una vez más os pongo a los tres ante el Señor, pidiéndole que os haga sentir su compañía y su impulso y a ti, especialmente, que te de mucha fuerza para vivir este tiempo doloroso, de rechazo familiar, de tensión al inventar esta nueva manera de vivir, de pactar los ratos del niño, de utilizar las matemáticas para programar las vacaciones, de sentirte fiscalizada, acusada, casi psicológicamente apedreada, como la adúltera del evangelio, porque no entienden tu separación no habiendo malos tratos, ni infidelidad, ni otra causa grave, simplemente por sentirte empujada a vivir como una mujer bonsái, una vida pobre, sosa, gris, rutinaria, anodina y sin ilusión. Eso la mayoría de la gente lo considera “pecata minuta” y no lo encuentra motivo para romper un matrimonio e intentar reiniciar una nueva vida de colores, sola o con alguien que como tú, sueñe con disfrutar del arcoiris de la vida.

Me imagino a Jesús a tu lado diciéndote, yo tampoco te condeno, vete en paz… y vive, y sé libre por dentro, porque ninguna de esas piedras que te tiran es justa ni pensada, sólo es un hábito social de juzgar a los otros con una ligereza nada fraterna, nada comprensiva ni compasiva. Sigue adelante, hija mía, que yo he soñado para ti, y para tu hijo, la Vida en Abundancia, que vivas divinamente, que vengas a mí cuando estés cansada y agobiada, que yo te aliviaré y empléate en el afán de cada día, siendo pobre, sencilla, trabajando por la justicia y por la paz y dejando este mundo mejor de cómo lo encontraste al llegar.  A ver si conseguimos que este duelo dure poco y sientas el impulso de Dios a vivir, día a día, a poquitos, una vida bonita, sin culpa, sin tener que agradar a todos, fallando a lo que se esperaba de ti, “oficialmente”… y construyendo tu vida, esa gran obra de arte que has empezado en contra de los que te quieren uniformar y meter por el carril oficial…Sabes que me tienes, para lo que quieras… ¡te quiero tanto!  

 Un abrazo Mari Patxi                                                                                                                                             REVISTA HUMANIZAR 112

 

 

EL HUMOR EN LA FAMILIA

EL HUMOR EN LA FAMILIA        

Querida familia: Hoy, cuando he ido a ver a mi amigo a oncología del hospital me ha encantado que, al preguntarle cómo estaba, me ha contestado que “en la gloria”, porque estaba maravillosamente atendido y porque además, con un poco de mala suerte, también podría estar cerca de la Gloria… Luego nos hemos estado riendo de que no quiere tener aspecto de enfermo y cada mañana, internado, se levanta, se ducha y se viste de calle, porque le deprime verse en pijama conectado a su chute de quimioterapia. Nos han contado que, como la cama del acompañante es muy incómoda, esta noche ha dormido su mujer en la del enfermo y él en la del acompañante, aunque ella no ha descansado del todo por temor a que le confundieran y le pusieran una inyección, una sonda o cualquier otra fechoría hospitalaria que debería recibir su marido. Nos hemos reído un buen rato con sus ocurrencias y al volver pensaba yo lo bueno que es saber poner humor en las situaciones negativas para suavizarlas.

 

El sentido del humor es una cualidad del amor que hace soportable lo más duro, que suaviza un dolor, magnifica una emoción o ridiculiza una situación. Cuando mi amigo decía que estaba cerca de la Gloria, me gustaba comprobar que sabe bien dónde está, pone nombre a lo que le ocurre y no necesita mentiras piadosas de los de alrededor, porque es suficientemente adulto para saber con quién se la está jugando. Pero al contarlo con humor se lo hace más llevadero a sí mismo, a sus hijos, amigos, familiares y a todo el entorno y, además, como decía él, deja de sentirse en el mundo de los que se están despidiendo de la vida, para estar en el grupo de los vivos, los que tienen ilusión, los que se ríen de sí mismos, los que saben poner chispa aún en la tragedia.

 

Dicen que es la familia la escuela de casi todo, pero desde luego es en ella donde uno aprende a dramatizar trágicamente los pequeños y grandes reveses de la vida, o a tomarlos con humor, intentando quitarles importancia o, por lo menos procurando vivir más ocupados que preocupados, más poniendo la lupa en lo positivo que en lo negativo que ocurre, o puede ocurrir.

 

Ya desde niños aprendemos de nuestros padres cómo se viven los problemas, la enfermedad, el dolor, la muerte, las preocupaciones, las tragedias y las dificultades comunes de la vida. También es en casa donde aprendemos a autocompadecernos y hundirnos o a desdramatizar, a reírnos de nosotros mismos, a tomarnos menos en serio y a sobrellevar con humor las dificultades y los defectos propios y de los demás miembros del hogar.

 

Realmente, si supiéramos tomarnos a broma muchas cosas, la vida sería mucho más sencilla, porque lo que hoy es un drama mañana puede ser una anécdota, sin más importancia. Además, todo se pasa, como dice el refrán, “no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo resista”, así que hay que saber relativizar, para poder superar cada situación. Sería bueno iniciar el día como asomándonos al balcón de la vida, desconociendo lo que nos deparará la jornada, pero con ganas e ilusión de poder con lo que venga, de reírnos de lo de ayer, de procurar llorar poco por lo de siempre y de disfrutar al máximo las pequeñas cosillas cotidianas.

 

Dicen que somos lo que pensamos, pues según lo que nos decimos por dentro, así sentimos y en consecuencia actuamos. Es la fórmula del PSA, que no es el partido socialista andaluz, ni la fórmula prostática, sino el Pienso, Siento y Actúo, lo que rige nuestra vida. Si viene un revés que me cambia los planes o la vida, puedo pensar y recrearme en todo lo negativo que se avecina, entonces sentiré tristeza, amargura, autocompasión y bajón de energía y actuaré sin ganas de vivir, serio, inapetente ante todo lo que la vida me ofrece y me sumergiré en mi dolor.  En cambio, si ante ese mismo revés, o conjunto de ellos, que a veces los males parece que nunca vienen solos, pues pensaré en qué es lo peor que puede pasarme y qué puedo hacer para encontrar algo positivo o actuar construyendo, sentiré energía para buscar las mejores soluciones, para dejarme ayudar, para aceptar apoyo, cariño, ayuda y recursos y actuaré buscando personas y actividades nutricias que me hagan este trago más llevadero, para mí y los míos, intentando que haya el menor desgaste de energía, tiempo y pena y, al mismo tiempo, brote de mí lo mejor para cuidar a quien lo necesite y autocuidarme, al mismo tiempo, para dejar fluir recursos que quizás hasta ahora nunca había utilizado, pero que poseo, como saber decir el cariño, aprovechar el tiempo, disfrutar al máximo los pequeños momentos de comunicación, de ternura, de generosidad y de felicidad, que también están presentes en toda dificultad.

 

Para los que vivimos la vida sabiéndonos hijos de un Padre que nos quiere tanto, que tiene cada cabello de nuestra cabeza contado y nuestro nombre tatuado en la palma de su mano, podemos hacer lo que nos propone y acudir a descansar en Dios nuestros cansancios y agobios, convencidos de que nos sosegará y aliviará e iremos viviendo el cada día apoyados en su presencia, dejando que su Espíritu y su fuerza hagan brotar nuestros recursos interiores y los de los demás, para que nos llene el corazón de risas y la boca de canciones y así poder con los contratiempos y gozar la vida a plena pulmón y con humor.

 

La mayoría de los filósofos han tenido también un gran sentido del humor. Recuerdo en este momento aquella frase de Beltran Rusell que decía: El secreto de la felicidad está en haber elegido unos buenos padres”… así que ójala los nuestros nos hayan educado con humor, además de con amor. Pero para hablar del sentido del humor, es curioso, que sólo puede hacerlo quien lo posee, cosa que no ocurre en otras materias como, por ejemplo la belleza, que puede describirla hasta la persona más fea del mundo.

 

Y, como dicen también que toda cosa negativa que nos ocurre trae un regalo, intentaré descubrirlo para vivir la situación como oportunidad de crecimiento y comunicación, de unidad y de florecer fortalezas vitales. Recordemos también que toda persona tiene sus agujeros negros en su historia vital, así que yo voy a sanear un poco los míos y reírme de la última bronca que estoy alargando, pidiendo perdón pronto y perdonándome a mí misma por haberme tomado tan en serio. Ahí va un abrazo Mari Patxi

 

 

NO SOY DE AQUÍ, NI SOY DE ALLÁ…

NO SOY DE AQUÍ, NI SOY DE ALLÁ…

Querido familión! Mientras estáis en vuestra fiesta, con el volumen a toda pastilla, “para callar las penas”, como decís, se me ocurre escribir algunas cosillas que me gustaría deciros.

 Os veo tan unidos como una piña. Vinisteis a nuestra tierra de uno en uno y, enseguida buscasteis alguien de los vuestros, para sentiros menos solos, cómplices en la nostalgia y mano amiga en la dificultad. Os reunís para compartir los sueños que traíais en la maleta y que se han roto nada más llegar; también para que, juntos, os duelan menos las diferencias y conseguir acostumbraros a nuestro tono de voz, que os suena rudo, seco, distante y frío. Os juntáis para aliviaros la morriña digestiva, que os hace mantener la línea, a fuerza de disfrutar sólo con la comida de vuestra tierra. Os apiñáis, con tal de volver a escuchar el mismo tono, el mismo idioma, el mismo tema, la misma música, la misma fe, la misma herida, el mismo sueño o el mismo miedo… Incluso, a veces necesitáis agruparos para defenderos de nosotros, que, en muchas ocasiones, casi siempre sin darnos cuenta, podemos actuar como tiranos, explotadores, indiferentes, despectivos, prepotentes o autistas.

 Admiro cuánto valoráis a vuestros ancianos, lo afectivos que sois con vuestros hijos, la ternura que ponéis en el trabajo, la valentía de manteneros fieles a vuestras costumbres y el gran esfuerzo que hacéis por estar aquí y comportaros como si fuerais de los nuestros. Agradezco vuestros desvelos con nuestros mayores, para los que nos queda poco espacio y tiempo en el hogar y en el vivir cotidiano.  Tiene un valor infinito cómo estáis criando a nuestros hijos, mientras algunos tenéis en vuestra tierra otros de edad parecida, que hace que se os parta el alma cada vez que pensáis en ellos y que volquéis todo vuestro amor en esos niños caprichosos que creen tener derecho todo, porque os pagan por ello. Me encanta cuando veo a un bebé que se acurruca en vosotras y que, sólo en el color de la piel se nota que no sois su madre, porque en lo demás lo hacéis igual de bien, o incluso mejor, que la auténtica.

 Me pongo a reconoceros y agradeceros detalles y no terminaría, pero me gustaría también pediros perdón, porque me duelen, como ser humano, y también como española, muchas situaciones injustas que habéis padecido. Recuerdo cuando a ti Carmen, que estudiaste derecho en tu tierra, te tuvieran sirviendo aislada en aquel chalet, sin permitirte salir nunca a la civilización, porque no había transporte, trabajando de día y de noche, por un sueldo ridículo, pero debías sentirte agradecida, ya que te daban casa, aún sin tener papeles, que eso ya era el colmo de la generosidad. Me enfurece el que a ti, Lesbia, no te permitían probar bocado, hasta que comieran todos los de la casa, y muchos días almorzaste a las 6 de la tarde. Me duele aquello que te hicieron Nikolas, de contratarte por la mitad de sueldo, por el mero hecho de ser extranjero. Me encabrita cuando a ti Gladix, te echaron del coro, porque no estabas casada por la iglesia. Me endemonio cuando recuerdo la tiranía de aquella señora que a ti, Jairo, te alargaba el horario y, encima, te descontaba el tiempo que habías pasado leyéndole, porque no lo consideraba trabajo. Me enfurece recordar el intento de abusos sexuales que sufriste Gerald y todo el tiempo que te guardaste el secreto para ti sola. Me enrabieto, Iris, con quien te trajo para ser modelo y te metió en una red de prostitución, viviendo apiñadas, en una semipocilga, con otra veintena de niñas, con colchones en el suelo y a medio comer, para luego ofreceros “preciosas” a clientes de carretera, ansiosos de carne joven e indiferentes a la persona que estaban prostituyendo…

 Por otro lado, estoy encantada con la nueva vecina peruana, que, con ternura infinita, acompaña la vida de un anciano, como si fuera su hija y que es su ángel de la guarda, de día y noche. Me emociona ver a Charly rebajar el precio de las llamadas, en su locutorio, a esos inmigrante que no tienen suficiente dinero para pagar la llamada que se les ha alargado, sin darse cuenta. Es precioso ver a los cuatro  chinitos, que van tan contentos al cole, de la mano, protegiendo a su hermana chiquitita, como si fueran sus padres. Me gusta la dignidad, profesionalidad y calidez del nuevo portero, que aprendió en su país nuestra lengua, viendo telenovelas, y hoy custodia nuestros hogares. Me da envidia la naturalidad con que demostráis vuestra fe, en cualquier conversación, o cuando deseáis, con todo cariño, que “Dios te acompañe”… Y me gusta muchísimo cuando hacéis realidad vuestra fe, compartiendo lo poco que tenéis, con el que tiene menos, atentos siempre a “adivinar lo que al otro le haga falta”.

 Son tantas las cosas y situaciones que he aprendido a través vuestro, que no me cabrían en estás dos páginas que tengo, pero quiero desde aquí, haceros un homenaje a vuestras vidas duras, rotas, agotadoras y, en muchos casos inhumanas, junto a vuestra calidez de corazón, categoría humana, sensibilidad para devolver bien por mal, empatía hacia los necesitados, generosidad empática de expertos cuidadores y exquisitez de corazón. Que Dios os siga llevando de su mano y que todos luchemos para que todo el mundo tenga sus necesidades cubiertas y una vida digna, donde quiera vivir, y no haya bandos ni diferencias entre nosotros. Así construiremos entre todos la gran familia de los hijos de Dios, trabajando por hacer un mundo justo, humano y fraterno.

 ¡Ah! Se me olvidaba deciros que aunque no consigamos acostumbrarnos al volumen de vuestra música, por lo demás, habéis enriquecido nuestras vidas y habéis universalizado nuestros corazones. Gracias por estar ahí, facilitándonos la vida, caminando juntos distintos, pero nunca distantes. 

 Desde estas páginas quiero felicitar a todas las personas que habéis sabido dar calor de hogar a quien ha trabajado para vosotros, que no le habéis hecho sentir extranjero, sino uno más en el vivir diario y en el trabajo que todos nos regalamos unos a otros, para sentirnos válidos. Hay gente estupenda de la que no he hablado y por la que brindo ilusionada. He gastado más tinta en la denuncia, pero es que yo deseo que no vivamos de espaldas al mundo, dando vueltas a la noria de nuestras preocupaciones. Esto ni es sano ni hace bien a nadie. Se nos está quedando el corazón raquítico de tanto autocompadecernos con la crisis. Yo creo que ha llegado el momento de que digamos ¡Basta ya! Hay más personas en el planeta que nosotros, hay tragedias mundiales que son realmente importantes y nosotros somos capaces de andar dando vueltas a nuestra economía, o trajinando una boda familiar, o viajando y, mientras, vivir aislados del mundo, desentendidos de todas las cosas que les ocurren a los demás, viviendo una vida pobre, egocéntrica e insulsa.

Me viene a la cabeza aquello de que al final de la vida nos examinarán del amor y entonces podremos abrir el corazón lleno de nombres… y a mí en estos últimos tiempos se me han colado en el mío un montón de ellos, extranjeros, además de los que ya he nombrado en mi carta. Un abrazo tierno, acogedor y confiado a cada uno.                     MariPatxi                                                                                                                                                                                                    Revista Humanizar

Familia y Dios

LA FAMILIA Y DIOS 

A pesar de que conozco un montón de gente con una familia no creyente, que se siente llamado al seguimiento de Jesús, estoy totalmente convencida de que a Dios donde mejor se le conoce es en la vida familiar. Y es que forma parte del entramado de la persona ya desde sus comienzos. No sé si me paso de soñadora, pero creo que cuando un niño ya en el claustro materno siente el abandono de su madre en Dios, o la oración del matrimonio, o la unión del proyecto de vida de sus padres al proyecto de Dios, ese bebé ya llega a este mundo “tocado de fe” y con el virus del amor en sus entrañas. Incluso la contemplación, durante el embarazo, del milagro que se va produciendo dentro y entre los dos, fruto de su encuentro y de su amor y que es lo más parecido a “tocar a Dios”, les va uniendo a los tres en esa presencia, que es el mejor regalo para toda la vida.

 Luego por los trajines de la vida, de la atención del niño principalmente, por el trabajo y las mil ocupaciones cotidianas, en muchas familias se suele ir “traspapelando” un poco el disfrute de ese proyecto de vida con Dios. El bautizo, con su preparación y celebración, ayuda a fortalecer de nuevo la elección de pertenecer al grupo de sus seguidores, como ocurrirá con los siguientes sacramentos que se vayan celebrando en familia. Aunque hay hogares en los que Dios está muy presente, en otros, en cambio, lo tienen como desconocido o como visitante de momentos especiales. ¡Uff!, ¡Qué barbaridad estoy diciendo!…Por supuesto que Dios está en todas las familias, pero no todas disfrutan de tener su vida entretejida con El y es ahí donde está la diferencia entre unas y otras.

Cuando una historia familiar se vive acompañada de la presencia de Dios su relación está fortalecida por el encuentro que produce el orar juntos, el celebrar la fe y el comunicarse la vida a un nivel mucho más profundo. Porque cuando una persona cree en Jesús, se siente llamada a vivir una historia de Amor con ella misma, con los demás y con Dios. Y al inicio de la familia, cuando uno se enamora y desea vivir con otro ser humano el resto de su vida, surgirá el compartir su vivencia de fe, como dinamizadora de su proyecto personal y la necesidad de vivirlo también en su proyecto de pareja.

Quizás suene radical pero yo estoy convencida de que no puede vivirse una buena relación de pareja si uno tiene una vivencia profunda de fe y el otro la tiene light o se llama creyente, pero el hecho de serlo no le afecta a su forma de vivir ni a su cercanía con Dios. Y si uno de los dos es ateo, o alérgico a las cosas espirituales, y el otro es verdaderamente religioso, creo que es una dificultad tremenda para la comunicación de la vida y de las cosas que vive cada uno por los adentros, al ser totalmente opuesto el meollo de sus planteamientos personales y su vida tiene distinto sentido.

Como “perro viejo” que soy, con más de cuarenta años de vida en pareja a mis espaldas, me gusta avisar a los novios de la gran dificultad que supone el tener distinto planteamiento religioso. Casi siempre se pasa por alto o se minimiza, convencido el creyente de que acabará cambiando al otro, y el alejado de que ambos serán siempre profundamente respetuosos. Además, afirman que nunca se impedirán el uno al otro continuar con sus ritos. Pero es que el seguimiento de Jesús no es simplemente el dedicar un tiempo semanal a acudir a una celebración, sino que sobre todo es una llamada a plantearse todo de otra manera. Es vivir una vida sabiéndose habitado, con una compañía interior que llena de sentido la propia historia y que tanto impulsa a vivir comprometido con uno mismo y con el mundo, como a descansar en Dios soltando todo el peso de la vida. Por eso la forma de preocuparse será diferente. También la llamada a estar más atento a los demás, a trabajar por la justicia y a vivir una vida entregada, mientras haya alguien que le necesite. Necesitará el creyente tener unos espacios de oración y de silencio, quizás pertenecer a una comunidad cristiana que le acompañe su caminar cristiano e incluso alguna lectura o formación determinada para ir creciendo en su fe. Todo esto le hará al creyente un poco “bicho raro” en esta sociedad nuestra ruidosa, competitiva, consumidora infinita e individualista.

Cuando la pareja tiene a Dios incluido en su vida común se sentirá fortalecida en su proyecto vital, en sus planteamientos cotidianos y en sus momentos bajos. Les impulsará para disfrutar más de las pequeñas cosas de la vida y les facilitará las dificultades. Les hará vivir con unos valores que dan sentido a su existencia personal, de pareja y de familia, y les entusiasmará con la transformación de este mundo nuestro inhóspito en el Reino de Dios, en ese lugar en el que nos vayamos tratando como hermanos.

Los años, si no espabilas, te pueden llenar de rutina, pero cuando se camina con Dios, cuando uno se deja cada día cuestionar y dinamizar por El, uno se siente renovado en la llamada a ser en plenitud y a intentar que los demás también lo sean, empezando por la propia familia y llegando hasta toda persona que camine la vida a nuestro lado o que habite este mundo. Porque uno de los efectos de la llamada de Dios es el sentir un corazón universal, es decir, que nada que le pase al otro te deja indiferente, y la propia familia no acaba en la biológica sino que llegas a sentir hermano a todo ser humano. 

Es misión de la familia ayudar a la persona a cumplirse y el sueño de Dios para cada uno de nosotros es la felicidad y la plenitud, así que con estas dos músicas de fondo en el hogar, la familia es el lugar donde uno conoce a Dios, lo disfruta, se siente acompañado y llamado por El y a través de la oración, las celebraciones y las conversaciones, se va compartiendo en la familia la llamada personal de cada uno a ocupar su lugar, único e irrepetible, a sentir la vocación de ser buena noticia y liberador de los demás.

 Cuando yo era joven parecía que casi la única forma de seguir a Jesús era perteneciendo a una congregación religiosa y con unos votos de pobreza, castidad y obediencia. En cambio, hoy somos muchos los que nos sentimos llamados a vivir con El y para El, mejor dicho en El, e intentando vivir a su manera que es la mejor manera de ser feliz y hacer felices a los demás. A mí personalmente la familia me ayuda a ser más yo, es decir, a responder a mi vocación de persona enamorada de Cristo, lo que me ilusiona aún más con la vida y lo que me hace quererme y querer aún más a los demás. Esta vocación personal se va haciendo familiar cada día al orar juntos, al bendecir en la mesa, al comunicar la experiencia personal de reflexión y oración y al ir contándonos la vida cotidiana y los compromisos de cada uno intentando ser buena noticia y transformadores de nuestro entorno.

Quiero yo pensar que la familia, ese mundillo en el que yo he gastado tantas energías, haya sido y sigue siendo para todos nosotros un impulso para el seguimiento de Jesús, la ilusión para trabajar y vivir según su proyecto y la tranquilidad de descansar en El todas las dificultades de la vida. Porque aunque somos humanos, incoherentes y frágiles, tenemos la seguridad de que Dios es el más interesado en nuestra felicidad y en que vayamos construyendo su revez más y públicamente, vuelvo a poner a los míos en manos de Dios, confiando en que El se ocupe de seguir llamándoles continuamente a lo largo de sus días para responder a la vocación de llegar a cumplirse cada uno de ellos, marido, hijos, nueras y nietos y a crear fraternidad allá donde estén. Y a ver si así me despreocupo un poco y tengo más fe en El, que sé les quiere a todos ellos mucho más que yo misma.

Y aunque en la familia tenemos el peligro de utilizar esa cuartada de que el amor de padres es dar lo mejor a los hijos y, en muchas ocasiones lo aprovechamos para que no les falte nada material, yo quiero recordar que lo mejor que podemos regalarnos unos a otros es la vivencia conjunta y profunda de la fe, que se traduce en llenar nuestra vida de sentido, echar juntos algún recillo, contagiarnos austeridad, involucrarnos los unos a los otros en la mejora de este mundo y contarnos sin pudor las maravillas que Dios va haciendo en cada uno, para mantenernos entusiasmados, fuertes y fieles a esa llamada que, por otro lado, es lo más alucinante que le puede ocurrir a uno en la vida y lo más seguro. Pues yo a los míos no les puedo asegurar salud, trabajo, ni que funcione su historia de amor, pero lo que sí les puedo asegurar, y quisiera tatuárselo a fuego en el corazón, es que Dios les tiene envueltos por delante y por detrás y está con ellos para que vivan la Vida en abundancia. Y para mí esta es la mejor lotería…

 

 

 

LA FAMILIA Y LA QUEJA

 

 LA QUEJA Querido familión: ¡Qué bien lo pasamos el otro día, reuniéndonos todos los primos, después de no vernos en tanto tiempo…! La verdad es que nos queremos y disfrutamos juntos un montón. También es curioso cuánto nos parecemos y cómo llevamos en los genes “la marca de la casa”, en cuanto al humor y la pasión por la gente. Pero una cosa me dejó preocupada y fue la cantidad de veces que se contaminó nuestra conversación con quejas.

A pesar de que nos contamos la vida, y hubo muchas noticias positivas en la conversación, caí en la cuenta de cuantísimo nos quejamos. Dicen los expertos que un deporte nacional es la queja, pero la verdad es que, casi sin darnos cuenta, hablamos de enfermedades, descalificamos comportamientos, gestiones y formas de vida, sacamos a relucir las dificultades del trabajo, de la crisis, de la educación de los hijos, de la falta de sueño, del tiempo, de la urgencia por aprender un idioma, de los transportes, de los medios de comunicación, de…

Estoy convencida de que si hoy falleciera cualquiera de los presentes, que nos queremos tanto, recordaríamos las cualidades que tiene, los ratos buenos vividos, los momentos especiales y las risas compartidas. Pero esos comentarios positivos, esos recuentos tan bonitos como auténticos, los dejamos para los funerales.

Mira que nos queremos todos un montón, pues allí no salió ni una palabra de cariño. Preguntamos unos por otros con verdadero interés, seguimos en la distancia la vida de todos, porque nos importamos, porque juntos somos la familia que da estabilidad a cada persona del clan, pero, la verdad es que cuando estamos juntos decimos paridas, nos reímos mucho, tomamos el pelo, pero nadie habla desde los sentimientos. Contamos lo último que ha ido mal, aquella dificultad con el coche, con el trabajo o con la salud, pero no nos contamos cómo estamos por dentro, no decimos lo bien que andamos en la pareja, lo ilusionados que estamos con estos hijos que nos llenan la vida de sentido, lo orgullosos que nos sentimos de los detalles de generosidad que están brotando en los descendientes, o del compromiso social que tenemos unos y otros, de lo que nos alegra acoger a gente en nuestra casa y construir un hogar disponible, lo bien que lo hacen los primos que ha adoptado esos niños o las dificultades que están superando con esta situación.

Me ha  gustado cuando Elena y Carlos han invitado a que seamos austeros en los regalos y han explicado lo del consumo responsable. También ha sido estupendo cuando Lidia nos ha propuesto lo de apadrinar una familia y la buena respuesta que ha tenido en todo el grupo. Pero, hay que reconocer que han sido valientes, porque siempre hablamos superficialmente y casi nunca tocamos temas serios. A mí me gusta saber cómo vivís, qué os planteáis, cuáles son vuestros valores y a quién estáis haciendo bien con vuestra historia. A muchos de vosotros os tengo de ejemplo, pero nunca os lo digo. Sois una gente especial, pero tenemos la misma máscara de la sociedad, de juntarnos para quejarnos.

Como sois mi gente, mi familia, las personas que más quiero, me apetece felicitaros por lo bien que sé que vivís… por el compromiso que tenéis unos en vuestra escalera, cuidando las relaciones y la ayuda entre los vecinos, otros en vuestro barrio, otros en organizaciones solidarias; pero unos y otros estáis comprometidos en apoyar económicamente un comedor en Perú, un hospital en Nicaragua, un apadrinamiento en… y todos estáis haciendo algo para dejar este mundo mejor de cómo os lo encontrasteis.

 Y porque estoy orgullosa de vosotros, quiero proponeros que, además, intentemos hablar en positivo, que no digamos sólo lo malo de la gente, de las situaciones y de los políticos. Vamos a elegir contagiar esperanza, positividad, buen humor, ganas de vivir y de querer a la gente, Las emociones, como las enfermedades se transmiten y se contagian, así que vamos a ser sanadores y pasar el virus del biendecir, que es decir bien del otro y de la vida, ya que las personas que se quejan son como pequeños ladrones de la felicidad de los de alrededor. Vamos a ser buena noticia, pero pronunciada con fuerza y con pasión, con un buen megáfono, con los medios de comunicación que hoy tenemos a nuestro alcance. Vamos a dar limosna de lo de dentro, compartiendo nuestra ilusión, el dinamismo y el sosiego que Dios hace fluir de nuestros adentros y seamos un regalo para los que están alrededor. No podemos guardarnos esa riqueza para nosotros solos.

Dice la ciencia que nuestros pensamientos son los que crean nuestros sentimientos y ellos nuestras acciones. La psiconeuroinmunobiología (vaya palabreja) asegura que, una persona ilusionada, comprometida y que confía en sí misma, puede ir mucho más allá de lo que uno puede imaginar. El pensamiento y la palabra son una forma de energía vital que tiene la capacidad de producir cambios físicos y anímicos muy profundos en el organismo. Se ha demostrado que, un minuto manteniendo un pensamiento negativo, puede lesionar neuronas de la memoria y del aprendizaje y afectar nuestra capacidad intelectual, porque deja sin riego sanguíneo las zonas del cerebro donde se toman las decisiones. No es por hacerme la “marisabidilla”, pero he leído que un valioso recurso contra la preocupación, la ira o el desánimo es llevar la atención a la respiración abdominal, que tiene por sí sola la capacidad de producir cambios en el cerebro, favorecer la secreción de hormonas, como la serotonina y la endorfina, y mejorar la sintonía de los ritmos cerebrales. Todos podemos llegar a ser escultores de nuestro propio cerebro, teniendo un discurso interior positivo, ya que nosotros mismos moldeamos nuestras emociones, que cambian nuestra percepción de la vida. Por eso, no vemos el mundo que es, sino que vemos el mundo que somos por dentro.

Además, como algunos científicos dicen que cuando uno repite una conducta durante 21 días seguidos, ésta se convierte en hábito, pues vamos a desaprender la queja habitual que todos hacemos desde muy niños y a dar noticias positivas, verdaderas, claro está. Este reto podría cambiar nuestra vida y la de los de alrededor. Yo me voy a poner un hilo, a modo de anillo, para proponerme frenar quejas, críticas y chismes y, cuando falle, me lo cambio de mano y comienzo a contar otros 21 días, a ver si consigo hacerme una limpieza interior que me energetice y me ayude a vivir mejor y a contagiar mejor vida. ¿Alguien se apunta conmigo?    Un abrazo Mari Patxi                                                                                                Publicado en la Revista Humanizar nº 174

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