Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

Familia y Dios

LA FAMILIA Y DIOS 

A pesar de que conozco un montón de gente con una familia no creyente, que se siente llamado al seguimiento de Jesús, estoy totalmente convencida de que a Dios donde mejor se le conoce es en la vida familiar. Y es que forma parte del entramado de la persona ya desde sus comienzos. No sé si me paso de soñadora, pero creo que cuando un niño ya en el claustro materno siente el abandono de su madre en Dios, o la oración del matrimonio, o la unión del proyecto de vida de sus padres al proyecto de Dios, ese bebé ya llega a este mundo “tocado de fe” y con el virus del amor en sus entrañas. Incluso la contemplación, durante el embarazo, del milagro que se va produciendo dentro y entre los dos, fruto de su encuentro y de su amor y que es lo más parecido a “tocar a Dios”, les va uniendo a los tres en esa presencia, que es el mejor regalo para toda la vida.

 Luego por los trajines de la vida, de la atención del niño principalmente, por el trabajo y las mil ocupaciones cotidianas, en muchas familias se suele ir “traspapelando” un poco el disfrute de ese proyecto de vida con Dios. El bautizo, con su preparación y celebración, ayuda a fortalecer de nuevo la elección de pertenecer al grupo de sus seguidores, como ocurrirá con los siguientes sacramentos que se vayan celebrando en familia. Aunque hay hogares en los que Dios está muy presente, en otros, en cambio, lo tienen como desconocido o como visitante de momentos especiales. ¡Uff!, ¡Qué barbaridad estoy diciendo!…Por supuesto que Dios está en todas las familias, pero no todas disfrutan de tener su vida entretejida con El y es ahí donde está la diferencia entre unas y otras.

Cuando una historia familiar se vive acompañada de la presencia de Dios su relación está fortalecida por el encuentro que produce el orar juntos, el celebrar la fe y el comunicarse la vida a un nivel mucho más profundo. Porque cuando una persona cree en Jesús, se siente llamada a vivir una historia de Amor con ella misma, con los demás y con Dios. Y al inicio de la familia, cuando uno se enamora y desea vivir con otro ser humano el resto de su vida, surgirá el compartir su vivencia de fe, como dinamizadora de su proyecto personal y la necesidad de vivirlo también en su proyecto de pareja.

Quizás suene radical pero yo estoy convencida de que no puede vivirse una buena relación de pareja si uno tiene una vivencia profunda de fe y el otro la tiene light o se llama creyente, pero el hecho de serlo no le afecta a su forma de vivir ni a su cercanía con Dios. Y si uno de los dos es ateo, o alérgico a las cosas espirituales, y el otro es verdaderamente religioso, creo que es una dificultad tremenda para la comunicación de la vida y de las cosas que vive cada uno por los adentros, al ser totalmente opuesto el meollo de sus planteamientos personales y su vida tiene distinto sentido.

Como “perro viejo” que soy, con más de cuarenta años de vida en pareja a mis espaldas, me gusta avisar a los novios de la gran dificultad que supone el tener distinto planteamiento religioso. Casi siempre se pasa por alto o se minimiza, convencido el creyente de que acabará cambiando al otro, y el alejado de que ambos serán siempre profundamente respetuosos. Además, afirman que nunca se impedirán el uno al otro continuar con sus ritos. Pero es que el seguimiento de Jesús no es simplemente el dedicar un tiempo semanal a acudir a una celebración, sino que sobre todo es una llamada a plantearse todo de otra manera. Es vivir una vida sabiéndose habitado, con una compañía interior que llena de sentido la propia historia y que tanto impulsa a vivir comprometido con uno mismo y con el mundo, como a descansar en Dios soltando todo el peso de la vida. Por eso la forma de preocuparse será diferente. También la llamada a estar más atento a los demás, a trabajar por la justicia y a vivir una vida entregada, mientras haya alguien que le necesite. Necesitará el creyente tener unos espacios de oración y de silencio, quizás pertenecer a una comunidad cristiana que le acompañe su caminar cristiano e incluso alguna lectura o formación determinada para ir creciendo en su fe. Todo esto le hará al creyente un poco “bicho raro” en esta sociedad nuestra ruidosa, competitiva, consumidora infinita e individualista.

Cuando la pareja tiene a Dios incluido en su vida común se sentirá fortalecida en su proyecto vital, en sus planteamientos cotidianos y en sus momentos bajos. Les impulsará para disfrutar más de las pequeñas cosas de la vida y les facilitará las dificultades. Les hará vivir con unos valores que dan sentido a su existencia personal, de pareja y de familia, y les entusiasmará con la transformación de este mundo nuestro inhóspito en el Reino de Dios, en ese lugar en el que nos vayamos tratando como hermanos.

Los años, si no espabilas, te pueden llenar de rutina, pero cuando se camina con Dios, cuando uno se deja cada día cuestionar y dinamizar por El, uno se siente renovado en la llamada a ser en plenitud y a intentar que los demás también lo sean, empezando por la propia familia y llegando hasta toda persona que camine la vida a nuestro lado o que habite este mundo. Porque uno de los efectos de la llamada de Dios es el sentir un corazón universal, es decir, que nada que le pase al otro te deja indiferente, y la propia familia no acaba en la biológica sino que llegas a sentir hermano a todo ser humano. 

Es misión de la familia ayudar a la persona a cumplirse y el sueño de Dios para cada uno de nosotros es la felicidad y la plenitud, así que con estas dos músicas de fondo en el hogar, la familia es el lugar donde uno conoce a Dios, lo disfruta, se siente acompañado y llamado por El y a través de la oración, las celebraciones y las conversaciones, se va compartiendo en la familia la llamada personal de cada uno a ocupar su lugar, único e irrepetible, a sentir la vocación de ser buena noticia y liberador de los demás.

 Cuando yo era joven parecía que casi la única forma de seguir a Jesús era perteneciendo a una congregación religiosa y con unos votos de pobreza, castidad y obediencia. En cambio, hoy somos muchos los que nos sentimos llamados a vivir con El y para El, mejor dicho en El, e intentando vivir a su manera que es la mejor manera de ser feliz y hacer felices a los demás. A mí personalmente la familia me ayuda a ser más yo, es decir, a responder a mi vocación de persona enamorada de Cristo, lo que me ilusiona aún más con la vida y lo que me hace quererme y querer aún más a los demás. Esta vocación personal se va haciendo familiar cada día al orar juntos, al bendecir en la mesa, al comunicar la experiencia personal de reflexión y oración y al ir contándonos la vida cotidiana y los compromisos de cada uno intentando ser buena noticia y transformadores de nuestro entorno.

Quiero yo pensar que la familia, ese mundillo en el que yo he gastado tantas energías, haya sido y sigue siendo para todos nosotros un impulso para el seguimiento de Jesús, la ilusión para trabajar y vivir según su proyecto y la tranquilidad de descansar en El todas las dificultades de la vida. Porque aunque somos humanos, incoherentes y frágiles, tenemos la seguridad de que Dios es el más interesado en nuestra felicidad y en que vayamos construyendo su revez más y públicamente, vuelvo a poner a los míos en manos de Dios, confiando en que El se ocupe de seguir llamándoles continuamente a lo largo de sus días para responder a la vocación de llegar a cumplirse cada uno de ellos, marido, hijos, nueras y nietos y a crear fraternidad allá donde estén. Y a ver si así me despreocupo un poco y tengo más fe en El, que sé les quiere a todos ellos mucho más que yo misma.

Y aunque en la familia tenemos el peligro de utilizar esa cuartada de que el amor de padres es dar lo mejor a los hijos y, en muchas ocasiones lo aprovechamos para que no les falte nada material, yo quiero recordar que lo mejor que podemos regalarnos unos a otros es la vivencia conjunta y profunda de la fe, que se traduce en llenar nuestra vida de sentido, echar juntos algún recillo, contagiarnos austeridad, involucrarnos los unos a los otros en la mejora de este mundo y contarnos sin pudor las maravillas que Dios va haciendo en cada uno, para mantenernos entusiasmados, fuertes y fieles a esa llamada que, por otro lado, es lo más alucinante que le puede ocurrir a uno en la vida y lo más seguro. Pues yo a los míos no les puedo asegurar salud, trabajo, ni que funcione su historia de amor, pero lo que sí les puedo asegurar, y quisiera tatuárselo a fuego en el corazón, es que Dios les tiene envueltos por delante y por detrás y está con ellos para que vivan la Vida en abundancia. Y para mí esta es la mejor lotería…

 

 

 

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