Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

FAMILIA ABIERTA, QUE ESCUCHA AL MUNDO

Querida familia: Ando dando vueltas y más vueltas a la cabeza. Mi cuerpo no anda bien, hay algunos problemas de trabajo en la familia, la enfermedad parece que nos visita y andamos un poco apretados económicamente. ¡Vaya, que tenemos coartada para no hacer otra cosa que preocuparnos sólo de nosotros!

 Al caer en la cuenta de esta actitud familiar, de escucharnos sólo a nosotros mismos, compruebo que es algo socialmente “bendecido”, que se ve como lo más natural del mundo, e incluso que lo “antinatural” es vivir escuchando los gritos de la humanidad, los quejidos de los hermanos que sufren. La verdad es que no tienes más que echar una ojeada a la prensa o escuchar las noticias y, por muy insensible que sea uno, se da cuenta de la cantidad de dolor e injusticias que envuelven la vida de muchas personas. Lo malo es que, aunque uno quiera escuchar con el corazón y captar cómo viven los otros hermanos, se nos ha ido creando una especie de pátina en el oído, o en la mente, o no sé bien donde, que hace que inmediatamente de sentir compasión por alguien, pasemos a hablar de un anuncio de cualquier bobada, en la fracción de un segundo. ¡vaya, que nuestra solidaridad es instantánea, de urgencia, y que el efecto fraterno de removernos para actuar en favor de los otros, para apoyar su causa, o para trabajar en que las cosas cambien,  nos dura lo que tardamos en leer, escuchar o ver la noticia. Nada más despertársenos la misericordia, viene un anuncio que nos produce un deseo y la inmediatez de la solidaridad se nos queda dormida en un flash instantáneo.

 Hoy he recibido un montón de correos electrónicos y algunos de ellos me invitaban a donar zapatos para Africa, juguetes para niños necesitados, firmas para apoyar causas injustas, personas que necesitaban trabajo, gente que buscaba trabajadores y hasta una amiga me ha propuesto avalar la compra de una casa a una inmigrante. Estaba agitada por la tarea y mi solidaridad ha sido floja. He pasado los correos solidarios a un montón de familiares y amigos, que sé se van a comprometer a su vez, pero apenas he tenido tiempo de leer despacio las causas que necesitaban mi apoyo y me he escaqueado, como he podido, de avalar a mi amiga… Aparentemente he sido políticamente correcta, pero, realmente, me pregunto, ahora, al escribirlo, si he actuado con corazón, si de verdad he reflexionado un poco en todo lo que estaba haciendo y cómo actuaba desde mi tener de todo, desde mi vivir bien.

 Y lo más grave de todo esto es que me ha llegado una multa de tráfico que me ha encabritado muchísimo y, he pasado de todos los demás, para enfurecerme contra la autoridad que me pilla en la más mínima infracción y me roba lo que me pagan por escribir esta carta. Mientras se lo cuento, me lo digo a mí misma y me avergüenzo de ello. Creo que voy a intentar hacer una sentada familiar para cuestionarnos nuestra escucha al mundo y nuestra respuesta compasiva o escurridiza. Entre nosotros nos escuchamos, nos queremos, nos cuidamos y nos repartimos un cuarto de queso a cada uno, cuando a alguien se lo regalan, pero para mí eso no es solidaridad, eso es la forma normal de hacer circular el cariño y los bienes de una familia que es, la gente que se quiere. Pero yo creo que lo que se nos pide va más allá que este compartir roñosillo, casero, para mí y los míos…

Cuando a Jesús le dijeron que su familia andaba disgustada buscándole contestó: “¿Y, quienes son mi padre y mis hermanos?”… y ahí nos dio una de las lecciones más claras de universalidad amorosa, de vivir para los demás, de ser familia de todo el mundo. Y es que, el que es de Dios, se convierte en un ser para los demás, en un personaje público, accesible, atento a los otros, escuchador de todos los gritos, susurros y goces de la humanidad entera. Por eso es tan importante nuestra actitud de escucha, como personas, como familia, como grupos, como iglesia, como creyentes que, a fuerza de vivir en comunicación profunda con Dios, vamos teniendo el corazón más abierto a los otros, las entrañas más misericordiosas, los oídos casi del tamaño de Dumbo, para que no se nos escape nada y así, acompañar la vida de todos los seres humanos.

Ya que en la vida siempre estamos aprendiendo, no estaría de más que una asignatura a trabajarnos fuera la escucha y que vayamos adquiriendo habilidades, capacidades, exquisitez emocional y permeabilidad de esponja para acoger la realidad del otro de forma cóncava, en vez de vivir convexamente, alejando a los demás de lo nuestro.

 Me he metido en un tema importante y difícil, que se vive especialmente bien entre toda esta gente del Centro de Humanización de la salud y entre mis compañeros de esta revista, que tan amablemente ustedes leen. Porque ellos son especialistas en el escuchar, en el acompañar vidas, en el mediar en los conflictos, en el enseñar a decir hola y adiós a la vida, y en el ponerle a uno en contacto con lo mejor de sí mismo, en el dolor y la enfermedad.

Una, que es un poco “analfabeta emocional”, me pillo a mí misma con frecuencia, con los oídos taponados por mis ocupaciones urgentes y abandono lo importante, o caigo en la cuenta de que no he escuchado algo sagrado que alguien ha contado en un momento dado y a mí se me ha escapado, porque estaba agitada, ocupada, a la vez, en cualquier otra cosa doméstica o cotidiana. Y, al rato, al hacer moviola, o al echar un recillo por esa persona, me viene a la mente aquello que ha contado y no he percibido inmediatamente, o un dato cualquiera que, luego caigo en la cuenta, era importante para él y le llamo, con todo el cariño posible, para pedir disculpas, para hacerle hueco en mí, para que me lo cuente, o me de más detalles o, simplemente, para prestarle mi apoyo y amistad.

Dicen que tardamos tres años en aprender a hablar y el resto de la vida en conseguir escuchar. Y es en la vida familiar donde uno aprende la habilidad de la escucha, ya que uno vuelve cada día al hogar con la necesidad de ser escuchado y comprendido. Pues yo, que estoy en avanzado estado de vida, sesenteando a pleno pulmón, me comprometo hoy en esta carta a dejar más espacio al otro, a vaciarme más de mí, para tener hueco para que quepan los gozos y sombras, las ocupaciones y vivencias de los demás. Pido a Dios, ya puestos, que nos regale a todos un corazón como el suyo, amplio, acogedor, misericordioso, en el que quepa todo el mundo, del que broten detalles, caricias, calorcico familiar, de brasero, de mesa camilla, para que juntos vayamos construyendo la gran familia humana, esa que es en definitiva, el Reino de Dios, ese que El nos invita a crear.

Perdonen que haya hablado tanto, sin escucharles. Ya podía alguno de ustedes contestarme, sugerirme algún tema, comentarme algo de mi correspondencia o compartir lo que deseen…y así nos contagiaremos mutuamente el saber escuchar. Ahí va un abrazo Mari Patxi

                 REVISTA HUMANIZAR 108

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