Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

LA SOLIDARIDAD SE APRENDE EN LA FAMILIA

Queridos hijos y nietos: Aprovecho que esta sección va de familia, para escribiros mi primera carta, que le pueda también servir a cualquier familia. Me gusta cuando veo que os implicáis en la vida de la gente. Me admiro ante vuestra casa abierta y acogedora. ¡Tengo tanto miedo a esta individualidad que nos uniformiza!, que hace que estemos informados de todo lo que ocurre en el mundo en el momento que sucede y, en cambio, sabemos poco de lo que le pasa al vecino de enfrente, o al vendedor que tratamos cada día. Es curioso que sabemos a la perfección la vida del doctor Vilches, los últimos detalles de los avances de la técnica en la producción de las sandías cuadradas, o el dineral que han pagado por un futbolista, pero no sabemos lo que sucede en el piso de arriba, a alguien con el que llevamos viviendo años y años, o todavía no hemos subido a saludar a los vecinos nuevos, que se trasladaron hace unos meses.

 Los seres humanos, que hemos nacido para la relación y para el encuentro, nos sentimos mal cuando vivimos tan aislados, cuando vamos tan a lo nuestro, cuando nuestras vidas no se interactúan. Nos estamos acostumbrando a pasar ante la gente sin mirarla, a recibir servicios sin agradecerlos y sin darnos cuenta de si nos ha atendido una persona o una máquina expendedora.

Todos necesitamos amor y relación, dar y recibir ternura, saber que soy importante para alguien y yo también soy significativo para esa persona. Por eso vuestros amigos están sintiendo que son importantes para vosotros y recibiendo vuestro amor. La segunda necesidad que tenemos todos es de seguridad, de confianza y apoyo, que la suele dar la familia y los amigos, que son de los que te fías y en los que te apoyas, alguien que te pueda acompañar o enseñar la luz cuando te sientes a oscuras. Y en tercer lugar, también necesitamos autonomía y libertad, es decir, que cada uno tiene que ser el autor de su propia vida, el que elige su forma de comportarse, el que decide al final cómo vivir, teniendo su propio espacio y tiempo. Esto es muy importante vivirlo, sentirlo y disfrutarlo, para alcanzar la felicidad y plenitud a la que estamos llamados.

Cuando este verano falleció la niña de cuatro años de vuestros compañeros, me emocionó vuestra respuesta, al acompañar el dolor de esta familia. La noticia nos hizo llorar a todos, pero me gustaba especialmente oír al nieto pequeño, entre lágrimas, contarnos las cosas que iba a hacer, al volver al colegio, para que a su amiguito le doliera poco la ausencia de su hermana Lucía. Os implicasteis en la situación y pusisteis patas arriba todo vuestro verano, pero creo que a la otra familia le hicisteis un gran favor, una compañía cercana y respetuosa, silenciosa y sin avasallar, empática y saludable. Todavía seguís inventándoos citas, cafés, recados o planes, que les distraigan un poco, o momentos de intimidad en los que puedan desahogarse, y eso es muy necesario. ¡Ah! Y me quito el sombrero porque hicisteis el esfuerzo de leer, en pareja, un libro sobre “La pérdida de un ser querido”, para aprender a acompañar ese dolor tan nuevo que os tocó vivir de cerca y que, seguro, os habrá hecho crecer a todos.

Ando yo preocupada por lo sola que se encuentra mucha gente. Me asusta lo juntos que vivimos y los pocos encuentros que potenciamos, sabiendo que ellos son el motivo de nuestra vida, lo mejor de la existencia. Cuando uno vive en relación, disfrutando de compartir la vida, de comunicarse a nivel profundo, siente una armonía interior especial, porque en el hondón del alma somos todos tan parecidos… y nos ayudamos a vivir cuando nos vamos contando las andanzas de unos y otros, los gozos y las sombras, las necesidades y las posibilidades.

Esta mañana he subido a pasar un rato con una anciana que vive sola, aunque acompañada por personas que le atienden en diferentes turnos y por su “medalla”, ese colgante por el que puede pedir auxilio en cualquier momento, y que le da sensación de seguridad e incluso de compañía, cuando de vez en cuando le llaman por su nombre y le preguntan cómo se encuentra. Todo está maravillosamente organizado en nuestra sociedad, pero aún lo podemos hacer mejor, derrochar amor para inventar con mucha misericordia nuevas formas de acompañamiento, de ir a leerle algún rato, de organizar un turno de visitas frecuentes, para que se sienta acompañada y querida, incluso de rezar junto a ella un ratillo, para sacarle de su pequeño mundo y universalizarle el corazón. Mientras lo escribo me doy cuenta que tengo que hacerlo, vaya, que me estoy comprometiendo a no dejarlo pasar, a ofrecerle algo de lo que acabo de escribir.

Creo yo que los cristianos deberíamos tener la vida más a disposición de los demás cada día, cayendo en la cuenta en los pequeños detalles,  inventando caminos que faciliten la vida a los otros, que aminoren la soledad, que dinamicen los recursos… Me estoy acordando de que a una de mis nietas le han pasado ropa y chismes de bebé un montón de gente, pero ahora les da apuro ofrecérsela a otra familia vecina inmigrante llena de niñas, por si no están acostumbrados o sienten que es hacerles de menos. Yo me imagino a Jesús viviendo en su escalera en relación con todos, dinamizando encuentros, pidiendo y ofreciendo, siendo osado en el detalle, en simpatía y en amor.

A vosotros, mis hijos, me gustaría deciros que no perdáis la oportunidad de compartir, de caer en la cuenta de vuestros privilegios, para hacerlos llegar a los demás. También en las necesidades, tened la sencillez de pedir, de llamar a otra puerta para solicitar algo y así les será más fácil a los demás pediros a vosotros. Haced que en vuestra escalera, en vuestro entorno, entre vuestros compañeros y amigos se compartan las cosas y también, en vez de acumular, dad salida a todo para que lo puedan utilizar otros, sin guardar “porsiacaso” que, en definitiva, no es otra cosa que pensar en mí y en los míos, en vez de en los demás.

Sin darme cuenta me he centrado en el compartir cosas, pero también es muy importante compartir el tiempo, sacar un espacio para los demás, para facilitar otras vidas, para atender, acompañar o ayudar a alguien. El vivir solo para mí y los míos raquitiza la vida, le vuelve a uno egótico familiar, egoísta en grupo. En cambio, el dejar algo de tu tiempo para un voluntariado te convierte el corazón en universal, te saca del jugar al yo-yo, de pensar solo en tus cosas y tu gente, para colaborar en la construcción de un mundo más humano, más justo y más solidario que, en definitiva, es el proyecto del reino, ese que nos enseñó Jesús y que sería la plenitud para todos. Os quiero…    Mari Patxi

REVISTA HUMANIZAR 108

 

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