Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

El hogar

hogarfnQuerida familia: estamos hablando este mes del hogar, esa palabra mágica que significa tantas cosas… Una casa no es un hogar, hasta que no tiene vidilla, las huellas de los que lo habitan, la personalización de los espacios con los propios adornos, estilos y signos de vida. Porque hay casas que no son un hogar, aunque las haya decorado el mejor estilista del mundo, porque pueden ser estéticas, preciosas, alucinantes… pero les falta vida, ambiente, personalización y calidez humana.  Casi todos podemos recordar el olor del hogar de nuestros abuelos, con su decoración característica, sus hábitos, sus rincones personales, la presencia de los nuestros y las costumbres, como cuando la abuela hacía galletas o el abuelo te pedía ayuda para liar sus cigarrillos con aquella máquina mágica con la que se tardaba tanto o más que a mano, pero era el último avance de la técnica.

El hogar va unido a emociones, a vivencias, a recuerdos. Al decir la palabra hogar todos pensamos en alguno, el que tenemos ahora o en el que vivimos en tiempos pasados, o incluso el que envidiamos de niños, donde vivía algún amigo y que nos sonaba más a hogar que nuestra casa, porque quizás las necesidades de la vida no permitían hacer demasiado hogar en casa, por largas ausencias de sus miembros o por alguna tragedia y entonces nos sonaba a hogar la casa de alguien en la que nos sentíamos cómodos y acogidos, como en nuestros propio espacio.

Algunas cadenas de hoteles, sabiamente, intentan mantener una misma decoración en todas las habitaciones de distintas ciudades, con el fin de conseguir que a los clientes les sea familiar el espacio, les resulte acogedor y les haga sentirse, un poco, como en casa, con calor de hogar. Eso es imposible de conseguir, porque el hogar tiene que ver con el espacio en el que te esperan los tuyos, donde sientes que les perteneces, donde te “despaprramas”, te relajas y te sientes aceptado sin tener que mantener la pose de estupendo, ni mantener la tensión de agradar constantemente.

En el hogar se pasan muchas horas, se viven muchas cosas y se comparte casi todo. Es donde las personas se comunican con intimidad, donde se manifiestan los gozos y las sombras, los sueños y los miedos, las pequeñas y grandes necesidades básicas cotidianas. El hogar invita a ser, a perdonar, a impulsar a cada uno de sus habitantes a ser en plenitud. Una pena o una dificultad arropada por toda la familia se vive con el bálsamo de la comunidad, de la familia, de los tuyos, esa gente que te quiere incondicionalmente y estaría dispuesta a dar la cara por ti en cualquier momento. Porque el hogar no lo hacen las paredes, ni la decoración, sino los que viven en él, los que dan vida a ese espacio.

En todas las familias, grupos o comunidades que viven en un hogar, hay siempre alguna persona significativa que une a todos, que fortalece los vínculos que se crean en ese hogar, que fomenta los detalles de encuentro e intimidad. Antiguamente solía ser la madre o la abuela, o el padre.. hoy en día en algunas familias en las que viven fuera del hogar todos, con horarios de trabajo y de colegio excesivos, puede incluso ser la empleada de hogar la que crea esos espacios para los niños, que cuando vuelven del colegio se sienten en su hogar y hasta los adultos se sienten acogidos y mimados por esa persona que igual tiene menos cultura, pero posee unas habilidades emocionales que ponen en danza los afectos y los detalles de esa familia.

Da pena cuánta gente vuelve a su casa y no descansa en ella, no se siente bien porque les esperan un montón de tareas domésticas, preparar el trabajo del día siguiente o echar una mano en los deberes de los niños, entre prisas y quejas, entre agobios y cenas rápidas. En nuestra dichosa sociedad del bienestar hemos sobrevalorado el comer fuera de casa, la exquisitez de un menú, la creatividad de algún chef, la comodidad de una mesa cocinada y servida. Se nos olvida que hemos perdido la intimidad de hablar en familia, los detalles del compartir doméstico que conlleva el comer juntos, como el servir al que está a tu lado, caer en la cuenta de la necesidad de alguien y acercarle el pan o el agua, la despaciosidad con la que se puede comer en casa y que en el restaurante es imposible, por la gente que vemos haciendo fila esperando que les toque su turno para sentarse. Hemos ganado en estética del servicio, quizás, pero hemos ganado también en ruidos que nos imposibilitan el mantener una conversación íntima o el disfrutar de la gracia de un niño o de la dificultad del anciano. Comer fuera de casa tiene el precio de la incomunicación, la prisa, la falta de intimidad, la lejanía en la que nos sentamos, casi como en las bodas, que te hace comunicarte solo con el de enfrente y los de los lados, pero estás alejado del resto de la familia, pandilla o grupo.

La mesa, mejor dicho, la comida, es un elemento importante del “hacer hogar”. La forma de comer, la calidad y cantidad de los alimentos, el tiempo y dedicación que se le presta a la compra y preparación, es diferente en cada casa. Hay familias  que parecen vivir para comer, o están todo el día picando caprichines, aunque luego terminen cada uno con su bandeja y su tele, comiendo solos en su habitación. En otras familias comen viendo la televisión y, como tiene ese gran poder de atracción, ocurre, a veces, que saben todo lo que le sucede al último famoso o personaje de la pantalla, y no saben cómo está su hermano o su hijo, que come al lado. Afortunadamente también hay hogares donde cuidan los momentos de encuentro gastronómico y procuran coincidir lo más posible en los horarios comunes, para contarse la vida, descansar los unos en los otros, reírse juntos y compartir todo lo posible.

Me gusta a mí mucho, cuando sentáis a la mesa a los peques, de poco más de un año que, aunque se pongan perdidos comiendo solos, aprenden a estar en familia, a adaptarse al ritmo de otros, a compartir la comida, el espacio y la vida. No vale eso de que los niños se tienen que ir de la mesa porque se aburren. Es bueno que aprendan a esperar a los otros, ayudar a poner la mesa, a servir el pan, a compartir algo que les gusta mucho, o a que vean cómo otros comparten, a esperar a que estemos todos para empezar y nos levantemos todos al finalizar.

Un hogar también se hace acogiendo a los de fuera, al compartir una mesa sencilla,  bendiciéndola juntos, e incluso contagiando esa costumbre de hacer presente a Dios y a los hermanos dentro del ambiente, preparando la mesa entre todos, sin que nadie se de la paliza de trabajar y los demás vengan, como en el restaurante “a mesa puesta”, sino que todos colaboren para que todos estén a gusto. Están bien los grandes banquetes, pero están aún mejor las comidas compartidas, esas “de traje”, en las que se lleva algo: “yo traje tortilla, yo traje boquerones”… y cada uno aporta un poco, sin que nadie tenga que tomarse el gran trabajo de hacer exquisiteces y para muchos.

Por último, el  hogar es ese reducto de intimidad y cariño donde, al terminar el día te esperan, te acogen incondicionalmente y descansas de las fatigas y problemas cotidianos; mientras te acompañan en los misterios del vivir. El hogar es como el faro encendido, que indica dónde están los tuyos, tu historia y los pequeños gestos que son los que dan valor a la vida y los detalles de felicidad hacia los demás que revierten en la nuestra. En el hogar se vive la emoción del asombro de unos por otros, y tantos momentos de incertidumbre, complejidad e inestabilidad, como de calma, ilusión e intensidad vital y todas esas pequeñas cosas que dan sentido y seguridad a nuestra existencia.

Y todas estas cualidades que desearía tuviera mi hogar y el tuyo y el de todos, es la tarea que tenemos por construir para que la crisis, la desigualdad y la injusticia frenen y trabajemos para hacer del mundo un gran hogar donde todo ser humano viva, y viva bien. Dios cuenta con nosotros para construir ese HOGAR, la casa de la gran familia humana. ¡Manos a la obra!  Ahí va un abrazo.

Mari Patxi

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