Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

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Querida yo

Querida mía, o malquerida yo misma: Hoy me van a permitir que no les escriba a uds, porque algo chungo pasa por mis adentros, que no consigo salir de mi ombligo. Estoy mal, y me doy muchísima pena. Es más, estoy tan mal, que no quiero que se me pase. Por eso vuelvo a darle vueltas y más vueltas a este estado de ánimo mío en el que no cabe nadie. Y el caso es que echo la culpa a los demás de lo que me pasa, que eso me alivia mucho, pero no consigo levantar cabeza.

He de reconocer que nunca he sido sencilla de entender. Es más, creo que tengo un alma complicada. Creo que he intentado luchar contra las dificultades e ir sobreponiéndome de todas ellas, pero las que más me han costado han sido siempre las de las relaciones. Me gusta la gente, necesito a las personas para vivir y me pone bien la comunicación desde el fondo del alma. Da igual que sea de la propia basura o de las excelencias, pero la libertad de expresión de lo propio y común me mejora el estado de ánimo. Soy consciente que necesito ser amada, como todo el mundo, o incluso un poco más que los demás y eso me hace tratar a los otros como me gustaría que me traten a mí. Por ello soy simpática, servicial, atenta y cariñosa. Bueno, quizás más de lo primero que de esto último. Digo el cariño, pero soy más servicial que afectuosa… y el caso es que me muero por que me quieran.

Yo, que siempre he trabajado en cosas de voluntariado y he llenado de detalles la vida de los de alrededor, aprendí mucho de esto de regalarse a los otros, cuando en uno de los mil cursos de formación que una recibía, para estar a la altura del trabajo, nos hicieron el ejercicio de tener que dar las gracias a todas las personas que se dejaban ayudar por nosotros, es decir, las que hacían posible que mantuviéramos el estatus de ayudador, voluntario o acompañante de sus dificultades. Ahí caí en la cuenta, muy bien, de que mi necesidad de echar una mano al otro me hacía sentirme válida e importante, y añadía a mi vida un valor añadido. Es decir que yo, soy la que soy, gracias a tantos seres humanos que, a lo largo de mi vida se han dejado acariciar, prestar, ayudar, acompañar, poner inyecciones, tomarse mi gazpacho, preparar una celebración, un escrito o un rezo, homenajear, invitar, animar, leer mis libros, acoger mis afectos, ser mis amigos, compartir orgías gastronómicas, pías, artísticas, carnavaleras o folclóricas, ser amante, tener hijos, hacer familia, amar, gozar y reír, educar, festejar, celebrar, sufrir, enfermar y curar…. Y tantos infinitos verbos que saldrían en este recuento vital.

El caso es que ya he llegado a la edad de la jubilación. Ya debería dejar mi vida pública, no iniciar nada, dejando que sean otros los que las inventen, no querer ser el perejil de todas las salsas y dejar la actitud de dar, para situarme en la de recibir. Porque además tengo una necesidad espantosa de que me quieran, de que me valoren, de que me echen en falta… y ahora resulta que en la vida familiar estamos en el momento en el que los hijos tienen que inventar su vida y están trabajándose la independencia, con lo cual es bueno saber desaparecer, para no invadir, atosigar ni controlar. En la vida de pareja los ritmos son diferentes y los sexos nos han llevado a tener necesidades absolutamente distintas… casi opuestas diría yo. Las actividades disminuyen, las tareas domésticas pierden su atractivo, si es que alguna vez lo tuvieron, pero disminuye su inmediatez e importancia. El cuerpo está menos lucido; no sé por qué demonio el cuerpo pierde lozanía y un día te miras al espejo y te ves comouncallorecalentado y otro te ves fantásticaparatuedad, pero ya nunca más te encontrarás divinadelamuerte… Siempre tienes alguna tarea pendiente, pero las ganas aprietan menos y te ronronean por dentro los deberías, que te recuerdan que has de hacer limpieza de aquel agujero negro recién descubierto, o de aquella costura que te espera fielmente en la caja de la labor, o que has de llamar o visitar a alguien, o que tienes que escribir ese correo que siempre pospones, o que sería bueno que comenzaras de nuevo el régimen, o que quizás los tiestos necesitan que les dediques una tarde…

Pero va y tus deseos son otros, como estar con amigos, ver un rato a los tuyos, que te coman de besos los nietos, que te inviten a su casa, en vez de ser tu siempre la que montas comidas multitudinarias, con cara de que no te cuesta nada hacerlo, que te hagan un regalo sorpresa, que te pregunten por tus cosas y sean capaces de escuchar la respuesta, que te llame algún amigo traspapelado, que alguien te proponga un planazo, que se adecuen a tu ritmo, aceptando con naturalidad que ya no eres la que eras, que no se harten de tus correos, que te escuchen un rato, en el que te sientas tan aceptada que no termines la historia maquillándola para no aburrirles…

Y deseas que te quieran, que te lo digan, que te lo demuestren, que te tengan en cuenta, que comprendan que salirse de la vidilla de la vida es duro y la rutina, sin planes es angustiosa y aplastante

MI CUMPLE… ¡Cuánto tiempo!

MI CUMPLE… ¡Cuánto tiempo!                                   

Querida familia: Aprovecho que el domingo celebramos mi cumpleaños, para hacer con vosotros una reflexión sobre la cantidad de tiempo que llevo vivido. Cuando pienso que ya hace 64 años que estoy en este mundo, me sorprendo. Tengo la sensación de haber comenzado la vida hace nada y ya estoy casi terminándola. Miro para atrás y me vienen recuerdos borrosos y sensaciones concretas, más dulces que amargas. Siempre he tenido la suerte de olvidar pronto lo negativo y recordar más lo positivo. Eso es un legado que me dejaron mis padres y que me ha ayudado mucho a disfrutar más el cada día, pues me queda la música interior agradable de la belleza, de las buenas gentes, de amores y amistades, de los gestos de ternura y armonía vividos el tiempo anterior.

 Es curioso cómo las sensaciones y los sentimientos son atemporales. Cuando las recuerdas, las vuelves a sentir, a resentir. Por eso debe ser tan bueno eso de saber cerrar las puertas bien, perdonar lo doloroso y limpiarse de rencores, para que no vuelva la música triste a inundar el presente. Dicen que las personas somos presente y memoria y que las hay que eligen vivir en la memoria, recordando siempre el ayer, “nostalgeando” con lo pasado o programando el futuro. En cambio, otras eligen vivir en el presente y se sumergen del todo en cada momento, sin dejar que su mente se les escape en nostalgias y preocupaciones. Y saber “entrar del todo y salir del todo” en la vida es una forma de añadir intensidad vital a cada situación, de vivir unificados, integrados y completos en todo momento.

 Esto del manejo del tiempo es algo que se aprende en la vida familiar. Hay hogares donde siempre están fantaseando en lo que llegará, con añoranza, o recordando, con morriña, tiempos anteriores, o planeando acciones futuras y en ello ponen todas sus energías. En otras familias se concentran en cada acción, actividad o vivencia y la disfrutan con pasión, intentando sacarle a cada momento todo su encanto y su jugo y con cada persona vivir un encuentro. Hay familias que cuidan mucho sólo los momentos solemnes especiales y luego, en el día a día, viven una rutina fría, en la que no hay apenas detalles afectivos, ni cuidados de los unos hacia los otros, ni ternura, ni pequeños  gestos que hacen la vida más agradable.

 La realidad es que el tiempo, la vida, está formada por la suma de segundos, minutos, horas, días, meses y años y hay que ver lo largo que se hace el tiempo cuando estás con alguien que no te agrada, o con quien mantienes una relación superficial o lejana, y lo corto que se hace cuando estás con alguien con quien conectas en el fondo del alma, con quien compartes tu música interior, tus sueños, tus alegrías y tus adentros. Yo he vivido muchos encuentros, muchos momentos de amistad, confidencia, risas y lágrimas, consuelo y apoyo y todo ese tiempo vivido en relación es el tesoro que amontono en mi corazón, por el que doy gracias a Dios cada cumpleaños. Podría hacer una lista de las personas a las que podría estar agradecida cada año, por lo que me han ayudado a ser, a vivir, a disfrutar, a llorar, a querer, a acompañar, a acariciar, a crear, a crecer y a llenar mi vida de sentido, de misión y, sobre todo de agradecimiento.

 Porque el paso del tiempo, de mi tiempo, este tan largo como intenso, difícil y bonito, pachucho y divertido, está entretejido siempre con personas que la vida me ha ido poniendo al lado, cercanos y lejanos, familia y desconocidos, compañeros de camino y de cruces, receptores de mi trabajo y servidores del suyo… y me habría gustado ser para cada uno una caricia, una sonrisa, una mano tendida, un favor recibido, una discípula, una maestra, una comida rica, un café calentico, un abrazo apretado, una confidencia, una carcajada, una oración, un amor apasionado, una escucha atenta…

 Me gusta mirar a la vida de frente, para no gastarla en vano. Y ya, puesta a soñar, veo cuántisimas cosas me gustaría haber hecho con estos 64 años que celebro el domingo. Pero como el contador sigue en marcha, voy a dejar de escribir, para que no me pille la vida teorizando, y ahora mismo me voy a poner a hacer esa llamada pendiente, esa carta prometida, esa fiesta que voy a montar, esa compañía a un enfermo, o esa partida de cartas por jugar. Voy a manifestar el cariño a los míos como si fuera el último día que les viera, voy a saborear el café calentico de media tarde, la puesta de sol y el paseo con mi marido, como si no se volviera a repetir, voy a mirar a los ojos a la gente, acariciándoles con mi mirada, voy a hacer del día de hoy un día de fiesta, aunque aún no sea mi cumple, pero voy a vestir mi corazón de capacidad de sorpresa y escucha atenta y voy a pasear contemplando mi entorno como el pintor que busca el rincón más bello para plasmarlo en su lienzo.

 Y como el único tiempo que me pertenece es este, y es con esta ilusión vital con la que me siento invitada por Dios a estar en el mundo, celebro con ustedes la maravilla de la técnica que me hace poder contarles mis intimidades, así, a corazón abierto y hacernos juntos una transfusión de entusiasmo vital, que para mí no es otra cosa que hacer realidad el gran proyecto de Jesús, ese de que vivamos todos la vida en abundancia, o sea que vivamos todos, por fin, divinamente. Pues que El nos ayude a no ser unos incoherentes teóricos sino unos profetas del bienvivir y del trabajar para que todos lo consigamos. Perdonen que no me despida, es que tengo prisa, que ya voy siendo mayorcita…   

                                                                     Mari Patxi                                                                      REVISTA HUMANIZAR  110

p.d. Estoy pensando en mi amiga Mary, a la que le molestará un montón mi carta, seguro, pues ella tiene la mala pata de ver siempre lo negativo de la vida, propia y ajena, y no le suele gustar charlar conmigo, porque le parezco una inconsciente de mil demonios.

 Dicen que en la vida hay dos tipos de personas. Unas son como las moscas, que van de excremento en excremento, de caca en caca, de mierda en mierda (no sé si es correcto escribirlo aquí), descubriendo y comentando todo lo malo de la vida; y otras son como las abejas, que van de flor en flor y hacen miel. Estas personas ven la belleza de la vida y de las personas, la cuentan y la comparten, y así endulzan la vida a los demás. No sé si estamos programados para ser mosca o abeja y si cada uno juega el juego que le ha tocado, sin ser consciente de que recibe instrucciones de un disco duro. Pero, por si acaso se pudiera cambiar esta programación, yo elegiría ser persona abeja, para disfrutar de tantas flores como hay en el mundo y fabricar miel para los demás. Y si alguna persona mosca no es muy feliz, igual le va mejor probar a comportarse como abeja.

 

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