Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

LA FAMILIA, ÁMBITO DE LA EDUCACIÓN PARA LA JUSTICIA

LA FAMILIA, ÁMBITO DE LA EDUCACIÓN PARA LA JUSTICIA

Todos hemos aplaudido al bebé que pronuncia su primera palabra “mío”, ante cada uno de los juguetes, los dulces o el chupete que siente como propiedad, repitiéndola cada vez que alguien pretende tomar una de sus pertenencias. Nos hace muchísima gracia y nos recuerda que por fin se comunica con el género humano, por fin ese niño ha entrado en relación.

Y es que mío, además de ser una de las primeras palabras que pronuncia el niño, es una de las sensaciones mas claras que percibe. La sensación de que ésta es mi madre, mi cuna, mi biberón, mis cosas, mis pertenencias y mis personas, me dan seguridad, me dan la sensación de ser yo, estar y ser tenido en cuenta.

Luego, el paso al nosotros, ya es otro cantar. Y es también en la familia, con todos alrededor, esos mismos que han aplaudido al niño cuando ha dicho el primer “mío” o se han reído a carcajadas cuando ante una bandeja de pasteles, o el escaparate de una juguetería, ha dicho “me lo pido, me lo pido, me lo pido… y este también… todos me los pido para mí”. Esos, su familia, son los que le demuestran y le van enseñando poco a poco que existe, pero existe con, que tiene necesidades, pero que también tienen necesidades los de alrededor.

Y descubre a su hermano, a sus padres, que también necesitan su espacio, su tiempo, sus cosas. Y la bandeja de pasteles hay que compartirla y el niño aprende a decir. “Me pido el de chocolate y este otro se lo dejo a mi padre, a mi madre, a mi hermano…”. Y así reconoce sus propias necesidades y al mismo tiempo descubre que los otros también tienen las suyas que hay que satisfacer.

Este paso del yo al nosotros ocurre en la vida familiar. En algunas familias se aplaude en exceso la gracia del niño del “mío, mío” y no se le ayuda a vivir el “nosotros”, esa palabra mágica que le volverá solidario, atento a los demás y generoso.

Tan importante es reconocer al niño su espacio, su parcela, su propiedad, su atención y cuidado necesarios, y el respeto a su persona, sus cosas, su tiempo y sus necesidades, para favorecer su autoestima, como el facilitarle el reconocimiento de los otros, esos seres humanos que viven junto a él y que también necesitan su propio tiempo, su propio espacio y se merecen la atención a su persona y sus necesidades.

Algunos padres que han tenido poco cubiertas sus necesidades básicas de niños, se vuelcan en el hijo tanto, le hacen tan consciente del “mío”, tan atento a sí mismo y sus propias necesidades, están alrededor tan dispuestos a satisfacer cualquier deseo del niño que no le dejan descubrir el nosotros y le convierten en un ser egoísta y egocéntrico, blando, pues no conoce la frustración ni el sacrificio de renunciar a algo en favor de alguien.

Gran parte de la juventud que hoy tenemos son los hijos de padres que en su vida han carecido de muchas cosas, han necesitado tanto que luego se han volcado en comprar a los hijos de todo, darles todas las cosas habidas y por haber, todo el cuidado, todos los estudios y posibilidades y no les han pedido nunca nada a ellos, no les han sugerido siquiera la posibilidad de dar ellos algo a sus padres y así se han convertido en unos jóvenes egocéntricos, incapaces de descubrir que el otro también necesita algo, que sus padres le han dado todo pero que ellos apenas tienen nada, ni tiempo para sí mismos siquiera… Y de ahí surge esta generación blanda, que se frustra enseguida, que no soporta un contratiempo, que en cuanto tiene un trabajillo se gasta las cuatro perras en un gran viaje, en lugar de ahorrar algo para su futuro o en lugar de compartir algo con alguien.

Es demasiado frecuente que hijos a los que no les ha faltado de nada y han alcanzado una posición intelectual alta se avergüencen de sus padres por la poca cultura o el bajo nivel social, y hasta les hacen de menos en momentos, pues se sienten muy superiores a ellos por el hecho de tener una formación académica y unos recursos a los que sus padres no han tenido acceso. Muchos de estos hijos en la juventud conocen ya medio mundo mientras que sus padres todavía no han salido nunca de su pueblo natal. Este injusto reparto de privilegios se fomenta en muchas familias como la cosa más natural y está generando una juventud insensibilizada e insolidaria hacia sus mayores

La familia es el lugar donde el individuo aprende a vivir en sociedad, es donde a través de ese hermano con el que compartes pastel, habitación, jersey o sillón, descubrirás al hermano, compañero de vida que necesitará de tí y tú de él y que tendrás que hacerle hueco en la vida para que también viva y viva bien.

Cuando en una familia se reparte, milimetradamente y con humor, ese bombón tan rico, cuando nadie se queda con el cuello del pollo porque es lo peor, cuando el último bocado se queda en la fuente porque todos lo desean y todos se lo ofrecen los unos a los otros, cuando cualquiera sirve el agua al que lo necesita, aún antes de pedirla, se está construyendo el nosotros con mayúscula. Y la vida está hecha de esos pequeños detalles que nos hacen vivir atentos los unos a los otros y que nos lanzarán al mundo a vivir de la misma manera.

Si justicia es la virtud que nos hace dar a cada uno lo que le corresponda, hoy la sociedad está montada para vivir mal la justicia. La familia da un culto exagerado a los nuevos niños, esos seres tan escasos como cotizados en bolsa, como molestos en nuestro ritmo de vida.

La familia, lugar de transmisión de la feHoy una pareja, cuando espera al primer hijo le prepara una habitación de película, habilitada con todos los chismes que un niño puede necesitar o soñar; mejor dicho, con muchos más de los que pueda utilizar en toda su vida. Los padres, los abuelos y los cercanos confundirán la espera ilusionada del nuevo ser con los mil cachibaches que rondan su llegada. Las tiendas especializadas tienen un gran negocio montado con este culto estético y ornamental que se está dando al niño. Y ese es sólo el comienzo de algo que durará toda la vida que es que se crea el rey de la casa, el ombligo del mundo y viva así durante toda su niñez y juventud. De este modo se convertirá en un adulto egoísta, incapaz de descubrir las necesidades de los otros.

Y es en la familia donde se aprende a vivir la justicia, cuando se descubre al otro no sólo entre los miembros de la familia sino también en los de fuera. Cuando se interesan por otros seres humanos, cuando en la mesa se comparten los gozos y las sombras de otras personas más lejanas a la familia, cuando se recibe a los vecinos y amigos, cuando se acoge, se comparte, se interesan por otras vidas.

El modo de ver la televisión en familia, el modo de comentar los acontecimientos, el dolor de otros hombres, las injusticias sociales, el reparto solidario irá condicionando la forma de sentir de cada persona desde niños. Un crío que siente en su familia que nada que les ocurre a los otros les deja indiferentes, será un adulto solidario y participativo.

Hay también otros comportamientos que “contagian” justicia, como son el respetar la propiedad de los demás, el ir a devolver el cambio que le han dado de más al niño en la tienda de la esquina, el cuidar el ascensor que es de todos, el no tirar las pipas al suelo para que no tenga que limpiar el portero, el pisar con cuidado sobre el portal recién fregado… Son pequeños detalles de la vida cotidiana que le van haciendo a uno exquisito para el amor, sensible a la justicia, a las necesidades del otro.

También hay pequeños comportamientos domésticos que se inoculan en la vida familiar, como son reciclar los papeles, tirar los vidrios al contenedor, aunque resulte mucho más cómodo echarlos a la basura; buscar un punto limpio para abandonar los electrodomésticos o usar ropa de segunda mano que todavía está en buen uso. Si como telón de fondo familiar, se vive el valor de que hay que ser austeros y reciclar, para no gastar lo que en justicia necesitan otros, los miembros de esa casa serán solidarios casi de manera inconsciente y habitual. Juntos cuidarán el mundo como algo normal y natural.

Y un niño que ha sido criado en una familia donde se tiene sensibilidad hacia la injusticia, y se comenta y se acude en familia a manifestaciones y a actos solidarios, será un adulto que luchará por construir una sociedad más justa y más humana, un mundo mejor repartido. Una familia sensible a la diferencia de clases, al racismo, al machismo, enviará al mundo a seres que participarán en el cambio de todos estos temas que nos dificultan y oscurecen la vida.

Cuando alguien de una familia participa como voluntario en alguna organización determinada, toda la familia se suele enriquecer de la vivencia de esa persona. (Desde que un hijo mío de 22 años colabora en una residencia de ancianos, parece que a nuestra mesa se sientan ellos, con sus anécdotas, gozos y sombras… puedo decir que les queremos y que todos nos vamos haciendo más sensibles a un mundo que hasta hace muy poco nos era absolutamente desconocido).

La justicia es un hábito del corazón que se adquiere en la familia de una manera natural, desde los comportamientos cotidianos hacia los más desfavorecidos. Cuando se abre la puerta con naturalidad a toda persona que viene a pedir y se le acoge interesándose por su historia y su persona. Si después de hablar con él, ayudarle y ofrecerle la información de algún recurso posible, se le despide por la sensación de haberle dado lo que era justo, en vez de mirar por la mirilla con desconfianza, y defenderse de alguien que parece nos viene a quitar de lo nuestro, estaremos inculcándonos unos a otros un estilo justo y solidario, una sensibilidad hacia los más desfavorecidos.

Siempre recordaré yo a un señor que vino a pedir a nuestra puerta en el momento justo en que nos sentábamos a la mesa, mis tres hijos pequeños y yo. Le invitamos a comer lentejas con nosotros y, tras un tira y afloja aceptó con gusto. Nos contó su vida, nos sensibilizó con su problema, nos hizo el precioso regalo de conocer un doloroso mundo desconocido para nosotros y disfrutar del placer de compartir la comida con alguien que valoró el calor, el sabor y la comodidad, esas cosas a las que nosotros estamos tan acostumbrados. Al terminar mis hijos le dieron el dinero de sus huchas…

No faltó quien nos consideró arriesgados, sobre todo no estando mi marido en casa, veían el peligro de que nos hubiera dado un susto el señor, del que todavía recuerdo su nombre, con gran cariño. Pasado un año volvió a casa a comentarnos que ya había encontrado trabajo y traía el dinero para devolvérselo a mis hijos. Esta lección de vida no se nos ha olvidado jamás. Fue un regalo de Dios para que practiquemos la justicia como estilo de vida… que no lo hacemos demasiado.

Cuando los niños ven que sus padres compran La Farola al transeúnte que se acerca a vendérsela al coche, y le saludan cálidamente, están aprendiendo a solidarizarse con los necesitados, a practicar la justicia de favorecer el que todos tengamos un trabajo.

Cuando en una casa se cuida de la vecina mayor, se tiene detalles con la recién enviudada, se ayuda al anciano que baja la escalera con dificultad, se llama frecuentemente y con ternura a esa persona enferma… se está inoculando una sensibilidad y un sentido de la justicia, que es dar a cada uno lo que necesita, lo que tiene derecho.

Es importante también saberse privilegiados, reconocer lo beneficiado que ha salido uno en el reparto de los bienes económicos, afectivos, culturales o los que se tengan. Muchas veces, personas que tienen demasiado se pasan la vida mirando a los que tienen aún más que ellos y desde ahí están siempre considerando un reparto injusto el que se vive. Hay que saber vivir mirando a los de abajo y trabajar para que todos tengamos las necesidades mínimas cubiertas, y hasta entonces nadie podemos estar tranquilos.

El tema de los malos tratos a mujeres está de moda últimamente y se va haciendo objeto de mil chistes malévolos y de muy mal gusto que aplauden sutilmente esta injusticia social desgraciadamente tan frecuente. La forma de comentar este y otros temas parecidos en la familia será la que marcará la sensibilidad de los individuos de esa casa. Lo mismo ocurre con los temas de terrorismo y de tragedias sociales.

Nos gusta en mi familia, al bendecir la mesa, incluir en nuestra oración a las personas a las que les han ocurrido acontecimientos desagradables y dolorosos, conocidas o no, cercanas o lejanas, víctimas o verdugos. Siento yo que, noticias que habían pasado desapercibidas para algunos, al presentárselas al Señor, nos solidariza, de alguna manera, nos sensibiliza con las personas, nos ablanda el corazón y nos saca un poco de nosotros mismos y de nuestra vida pequeña, nos universaliza el corazón, ese que se queda tan tranquilo sólo con lo propio.

Denunciar la injusticia también es algo que se aprende en la vida familiar por contagio. Cuando alguno se compromete en una causa justa, o sugiere acudir a una manifestación o recoger firmas o cualquier otro gesto solidario, genera en los demás miembros de la familia un interés por otros que se va haciendo habitual y compromete con la justicia.

Por último, el ser austeros, no con el objetivo de ahorrar sino con el de no gastar para compartir con otros, porque se está atento a las bolsas de pobreza que nos rodean, también es practicar la justicia. Del mismo modo que reutilizar la ropa usada, reciclar, compartir lo propio con otros, usar este libro o esta chaqueta con cuidado para que pueda servir a otra persona, es un estilo solidario y justo que además de contribuir a una sociedad más justa y más humana facilita el ser una persona más libre, al necesitar menos cosas, más ordenada y cuidadosa, al tener que tratar las cosas con esmero para que las herede otro, y mejor ciudadana del mundo pues genera menos deshechos.

Todo esto no es nada fácil. Hay un “egoismo familiar bendecido”. Todo el mundo aplaude el que cada uno quiera dar lo mejor a los suyos, incluso el derroche exagerado. Parece que eres mejor padre si consigues que tus hijos estudien más lejos. A mí me ha resultado un tema difícil. Y puedo decir que mis hijos han tirado de mi hacia la justicia en muchos momentos. Recuerdo en una ocasión, hace ya años, en que a mi marido le dieron una inesperada paga de beneficios, que inmediatamente soñamos invertirla en un fin de semana familiar en un parador de turismo, gran capricho deseado por todos. Cuando comentamos el evangelio ese domingo los chicos nos plantearon que ese dinero que no contábamos con él, lo más justo era entregarlo a no sé qué necesidad urgente que andaba por ahí. Nosotros nos miramos… conseguimos dar la mitad… no hubo parador, claro está. Pero nos dieron una gran lección de solidaridad y justicia, nos devolvieron lo que tanto les habíamos querido enseñar.

También hemos recibido de los hijos reproches por haber tenido ellos menos que otros niños y aplausos por haber sabido compartir en muchos casos. Nos han llamado “ratas” o “roñas” muchas veces y se han sentido orgullosos otras tantas… esto es un lío.

Menos mal que como familia cristiana, Dios nos invita a amar con ternura, practicar la justicia y caminar la vida de su mano, pues estemos muy atentos a las necesidades de ternura que tienen los nuestros y no roñoseemos caricias, detalles y mimos, practiquemos un reparto justo de tareas, de espacios, de afectos, de chismes y salgamos al mundo a aportar cada uno nuestro compromiso con los otros para construir una sociedad más justa y más humana, todo ello siempre cogidos de la mano de Dios, que nos quiere a todos muchísimo, pero especialmente a aquellos a los que en el reparto injusto de la vida les ha tocado menos. Y que él subsane nuestros errores cuando nos pasamos y cuando no llegamos.

Que ese Dios Padre nos enseñe la mejor manera de ser padres, de inventar unas familias donde se practique el amor y la justicia como forma de vida y nos sugiera siempre el gesto y la palabra oportuna, que no lo tenemos nada fácil. Amén.

Mari Patxi Ayerra

P.D. Para avalar lo anterior, ahí van dos realidades familiares opuestas, para que cada uno elija:

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