Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

LA FAMILIA, LUGAR DE TRANSMISIÓN DE LA FE

La familia, lugar de transmisión de la feAyer bautizamos a mi tercer nieto. Estoy contenta y soy la envidia de todos mis amigos. Lo explico. A este niño es como si le hubieran puesto la vacuna de vacunas, el antídoto contra toda enfermedad del alma, el impulso para que tenga vida y vida en abundancia. Y estoy contenta también por escuchar a mis hijos formular sus opciones de vida, para ellos y su familia, su grupo de comunidad y sus grupos de influencia, y al tiempo hacer fe pública de lo que quieren renunciar, de la forma que van a intentar educar y hacer vivir a este hijo, como a los anteriores, aunque luego sean tan incoherentes como yo, que siempre lo intento y nunca logro vivir al estilo pleno del evangelio. Pero me alegra saber que al bautizar a su hijo le invitan a una vida nueva para él y para los demás y a tener la riqueza de unos valores que llenan de sentido y plenitud la existencia .

Y soy la envidia de mis amigos porque solamente unos padres creyentes saben el gran dolor que produce que los hijos vivan en orfandad de Dios, aunque estén plenamente identificados con la vida y los grupos sociales hoy en uso. Sus preocupaciones son más diarias y sociales, en busca del aumento del nivel de vida y en detrimento de los valores más igualitarios. Se les ve muy acoplados, felices, no les falta de nada, pero adoran otros dioses y se pasan media vida en esas nuevas catedrales del consumo. Son esos centros comerciales que frecuentan, donde hacen familia, donde parece que todos encuentran lo que necesitan y además se sienten protagonistas, es decir, que da la sensación de que es uno mismo el que elige, programa y participa.

Una gran sensación de fracaso que sienten muchos padres cristianos de hoy es el no haber sabido contagiar a sus hijos la experiencia de Dios, o mejor dicho, la vivencia religiosa. Gente de edad madura sufre al ver que sus hijos viven sin Dios y, por lo tanto, al llegar a la época de la vida de tomar estas decisiones, ni bautizan a sus hijos, ni viven los sacramentos. Curiosamente esos hijos que “no necesitan” a Dios han tenido unos padres que, como dioses, les amparan y les han dado todo.

Y los hijos en esa etapa de contradependencia, en la que cuestionan todo lo de los padres, les desmontan el tinglado porque en muchos casos estaba levantado sobre frágiles cimientos. Luego, algunos padres jóvenes aceptan el sacramento de la comunión para responder al capricho de sus hijos o para celebrar una fiesta social de familia y amigos, una presentación en sociedad o una fiesta que una gran mayoría de compañeros de clase sí celebra.

La familia, lugar de transmisión de la feContaba una señora, que trabaja de lunes a viernes como canguro para sus nietos, que le han prohibido hablar a los niños de Dios y de “esos rollos”. Su misión tiene que atenerse a las tareas domésticas y a la atención de las necesidades de los pequeños, sin meterles ninguna ideología. Lo más importante de su tarea es que cuando los padres lleguen cansados, los niños estén ya en pijama y cenados, “anestesiados” ante el televisor, que es la forma de tenerles más relajados. Y cuando uno tiene la convicción de que la oferta de Cristo hace sentir tendencia a la plenitud y una propuesta de felicidad, es muy difícil callarlo, sobre todo con aquellos a quienes quieres tanto.

Yo estoy convencida de que hemos cometido muchos errores en la transmisión de la fe, de que muy mal lo debemos haber hecho los padres y los responsables de la formación cristiana de nuestros hijos, para que hoy se viva con un Dios tan ausente, que prácticamente sólo se pronuncia su nombre para despedirse. Muchos mayores han vivido un cristianismo poco maduro, más centrado en ritos que en experiencias profundas de comunicación con Dios y en la posterior construcción del reino. En general, no hemos inoculado valores con fondo, con poso, limitándonos a veces a buenas costumbres y poco comprometidas con la vida cristiana.

La mayoría de los padres ha utilizado mucho la palabra “precepto” en cuanto a la asistencia a la eucaristía o a otros actos religiosos, en vez de entusiasmarles con la vivencia de celebrar con los hermanos la ilusión compartida de fe, vida y compromiso. Quizás no se han esforzado en buscar otras misas “con musa”, con lenguaje joven y entusiasmante o infantil, según la edad. Y por eso los jóvenes se han alejado de unos ritos que vivían con sus padres con poca participación y que ellos imaginan vacíos de sentido y más propios del pasado que de esta vida urbana y rápida que ahora vivimos.

Dios estuvo presente en muchas casas, pero en ocasiones más como adorno que como estilo de vivir, más como rito que como liberación vital, más como celebración social que como liturgia que te compromete la vida. Por eso muchos jóvenes argumentan qué se borran de algo que creen que a sus padres tampoco les ha valido ni les vale para la vida.

Algunas casas están llenas de imágenes religiosas, posters acaramelados de un Dios melifluo, vírgenes fluorescentes, que hasta cuando descansas te sorprenden con su luz en la oscuridad, rosarios y otros “efectos especiales” que nada tienen que ver en sí mismos con lo que realmente se les tendría que transmitir a los hijos de Dios. Quizás detrás de todo esto haya una vivencia infantil de la fe, en la que se han estancado gran cantidad de adultos; esos que no comen carne los viernes, tienen un Sagrado Corazón del tamaño casi del “Cerro de los Angeles” en el salón, no faltan nunca a misa, comulgan por pascua florida, van los primeros viernes de mes al Cristo de Medinaceli y prometen ir descalzos hasta una ermita, si el santo cura al enfermo de su familia. Pero hasta ahí, sin más compromiso, ni más vivencia, ni nada que opinar o transmitir. Cumplen y callan. Así les formaron y han sido fieles y felices.

Pero no saben hablar a sus hijos de Dios desde el fondo, dándoles un contenido actual que pueda servir para la vida de hoy, con menos preceptos y más amores, con menos ritos y más celebraciones que les llenen y les hagan sentir la cercanía de un Dios que les apoye en la vida diaria, con menos demagogia y más misión transformadora.

Gran cantidad de familias se quedan sólo con esta parte de la vivencia de Dios, pero me pregunto qué han encontrado en los templos y en las celebraciones para no haber dado el paso al encuentro profundo con Dios, al sentirse personas habitadas que comparten con El toda la vida, ya que fe es la cualidad de fondo que hace a una persona segura.

La familia, lugar de transmisión de la feQuizás la rutina en muchas celebraciones, la falta de fuerza y novedad al releer los mensajes con palabras cotidianas y del hoy, la poca expresividad de contento de los que compartimos los sacramentos, haya hecho que muchos se queden solamente en el envoltorio de la experiencia religiosa. De ahí la importancia que deberían tener las celebraciones litúrgicas más cuidadas, más participadas, más actuales, con una utilización de los medios que la técnica pone en nuestras manos en este siglo. Incluso pediría que se tratara de igualar las celebraciones entre unas y otras comunidades, logrando disminuir las diferencias que ahora se dan, en la preparación y en la participación. Yo creo que la reforma litúrgica es una necesidad urgente. La sociedad utiliza unos medios de comunicación que nada tienen que ver, en muchos casos, con los de nuestras celebraciones religiosas.

Muchos chicos y chicas que en su día hicieron la primera comunión y se comprometieron en la confirmación con el seguimiento de Jesús, no saben hacerlo en la vida cotidiana y lo van perdiendo por el camino, conforme el mundo laboral y el ocio se va metiendo en su vida. Y esos valores de persona legal quedan dentro de ellos, pero la compañía de Dios se va haciendo ausencia, hasta llegar a un olvido, sin negarlo, pero sin disfrutarlo ni celebrarlo… Quizás hasta que llegue el bautizo de un hijo en el que, como están seguros de que le quieren dar lo mejor, se vuelven a plantear el sacramento.

Si en ese momento en que vuelven a la iglesia, bien por un cursillo prematrimonial o porque quieren casarse por la iglesia, fieles a lo que un día vivieron o por no disgustar a sus padres, se les acoge bien y se les hace una oferta interesante, puede producirse un reencuentro con la vivencia cristiana y comunitaria. Si de lo contrario, se les hacen reproches o se les trata sólo burocráticamente, como ocurre en algunas parroquias, salen de estampida y se razonan su alejamiento de las cosas de Dios.

Serán de los que dicen: Yo creo en Dios pero no en la iglesia. Es un tópico, lo sé, pero es una lástima que tanta gente viva sin Dios y deberíamos hacer un autoanálisis a ver si lo que ofrecemos tiene cabida en estos tiempos y lo que reflejamos con nuestras formas de vivir puede parecer realmente apasionante y liberador para las generaciones que vienen detrás, formadas con otros medios y métodos educativos. Sería positivo analizar lo que tiene éxito en otras parroquias, “conocer un poco el marketing que atrae a la gente en otro lugar.

En una sociedad fascinada por horóscopos, cartas astrales, “rapheles de turno y piedras mágicas, hay que ofrecer una religión liberadora y potenciadora del ser humano, ya que Dios da respuesta a las ansias e interrogantes de toda persona, plenificándole y revitalizándole. Pedro M. Lamet lo explica muy bien en su libro “La seducción de Dios. ” Es algo así como un sujeto que ha perdido la memoria. Debajo del colchón tiene escondidos doscientos millones de pesetas, pero se ha olvidado de su fortuna. Nuestro trabajo espiritual viene a ser como recuperar la memoria, la capacidad de recordar, la conciencia de lo que tenemos.”

Tenemos pudor en comLa familia, lugar de transmisión de la fepartir con los demás aquello que Dios va haciendo en nuestra vida. Contar a los otros una experiencia de encuentro, o de perdón, o de entusiasmo que hemos vivido en la liturgia o en la oración, fortalece la familia y la fe de todos, e incluso aporta una especie de complicidad espiritual que les anima. Es necesario comunicar el impulso a la felicidad que nos proporciona Dios y el compromiso y seriedad que estamos invitados a poner en aliviar el sufrimiento humano. También el empeño en lograr que quienes se encuentran con nosotros en la vida se sientan mejor.

En las familias en que se ha explicitado el encuentro cotidiano con Dios y se ha compartido lo que cada uno vive por los adentros, con ese Dios que nos quiere y nos dinamiza, viven los hijos la relación con Dios como algo normal que les ayuda a construir una sociedad dignificadora de la persona y creadora de posibilidades para todos, especialmente para los excluidos o los menos favorecidos. Y como Dios tiene para cada uno un proyecto de felicidad vivirán en una tensión entre lo que son y lo que están llamados a ser, entre lo que tienen y lo que deberían compartir y entre lo que callan y lo que deberían gritar.

La familia que potencia los silencios o los espacios de intimidad y reflexión facilita el encuentro con Dios. La meditación nos hace más libres, más ágiles, menos enfermos. Dentro de cada uno de nosotros hay un espacio inexplorado que nadie puede abarcar. Es nuestra vida interior. Estamos llamados a ser personas de mucha interioridad, para desde ahí, desde el interior, ser personas de una existencia potente y solidaria. No basta con desearlo, hay que hacer un ejercicio paciente y perseverante de soledad, ya que el ser humano vive demasiado volcado hacia el exterior, hacia el ruido, la prisa o la dispersión.

Interiorizar para un cristiano es adentrarse en el santuario del yo, disfrutando de la compañía amorosa del Padre que le invita a un encuentro. Allí es donde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma.

Mari Patxi

Seguir leyendo -> La familia, lugar de transmisión de la fe: Asusta el silencio.

 

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