Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

DESPERTAR LA FE EN MIS HIJOS

DESPERTAR LA FE EN MIS HIJOS

Si al término de mis días hubiera conseguido que mis hijos vivieran con su fe despierta, es decir gozando de una relación habitual con Dios, podría decir que habría logrado la mayor ilusión de mi vida. Pero he de reconocer que esto no es nada fácil.

Y esta preocupación la he compartido con cantidad de madres y padres, bueno, más bien madres, ya que, no sé porqué demonio, siempre somos las madres las que ponemos un mayor énfasis en los temas de Dios.

A los hijos uno intenta darles una buena alimentación, pone cuidado en que se tomen el zumo mañanero, que les aporte las vitaminas necesarias; del mismo modo se pone interés en transmitirle hábitos de higiene o de orden y tantas otras cosas necesarias para su mejor calidad de vida. Todo el mundo da por supuesto que tener un hijo es aportarle los recursos necesarios para vivir en sociedad, alimentarse y estar bien consigo mismo. Pues para mí, de todas las cosas que he intentado dejar a mis hijos como herencia, la primera y principal sería el contagiarles la experiencia de Dios, el que vivieran sabiéndose profundamente amados por Dios y gozaran de esta relación.

Sólo quien tiene hijos puede entender cuánto duele el verles alejados de Dios. Después de haber puesto sumo cuidado en presentarles a Dios, en enseñarles que les ha soñado felices, en hacerle compañero de su vida, en su catequesis, en sus celebraciones… llega un día en que tus hijos, esos bandidos que parece que al principio aceptan tus valores, comparten tu oración y sienten, como tú, que Dios Padre les tiene abrazados por delante y por detrás… pues de pronto, se cuestionan a ese Dios, les parece una teoría anticuada, una relación infantil o algo caduco y trasnochado. Da igual que lo digan o no, da igual que expresen lo que sienten o pongan cara de indiferencia escéptica… el caso es que, más tarde o más temprano, los hijos “se borran” de la fe de los padres para encontrar la suya. Y hasta que no han abandonado la nuestra, aquella que aceptaron por hábito o por cariño a nosotros, no pueden reelegirla por ellos mismos. Y para apuntarse a algo, primero hay que borrarse… aunque duela, aunque a los padres nos sangre el alma de ver que nuestro hijo vive una temporada de “orfandad espiritual”…, hay que respetarle que abandone nuestra fe para encontrar la suya, adoptada desde su adultez, que nada tiene ya que ver con el niño del “Jesusito de mi vida” ni el un poco mayor de la primera comunión o incluso el adolescente que se confirmó cuando todavía, en muchas parcelas de su vida, era un “niño adaptado”. Está usando su libertad y no queda otra opción que respetarle… ya que su vida no nos pertenece.

Todas estas teorías que resultan tan fáciles de leer, duelen un montón cuando no ves el fruto de tus trabajos, de tus ejemplos e incluso de tu manera de vivir, sobre todo cuando has buscado las palabras más adecuadas para pasar la fe a tus hijos, has recorrido parroquias hasta encontrar la celebración más cercana y adaptada a ellos, has puesto todo el esmero del mundo en las catequesis y han vivido arropados por una comunidad cristiana adulta que acompañaba su relación con Dios y sus procesos evolutivos.

La labor catequética de los primeros años creo que es la más importante, y a partir de la adolescencia sólo les sirve nuestro hacer, más que nuestra palabra. Esperemos que aquella semilla que plantamos florezca algún día. Yo confieso haber puesto un enorme cuidado en contagiar la fe a nuestros hijos, de haber dado mil vueltas hasta encontrar los libros más apetecibles, de haber preparado la catequesis todos los adultos de la comunidad, haber cuidado las celebraciones y mil cosas más. Estoy realmente contenta de algunas de ellas que me gusta compartir, como son el haber vivido convivencias en las que nuestras celebraciones familiares eran algo realmente vital y profundo, de las que salíamos todos fortalecidos en la fe, unidos y comprometidos. Los adultos nos bajábamos a la altura de los pequeños, en momentos, y los pequeños tiraban de nosotros hacia una mayor coherencia y autenticidad. Recuerdo como especiales las celebraciones penitenciales en las que compartíamos nuestros fallos personales y familiares y de las que más de una vez nosotros, los padres, salíamos “trasquilados”, pues los hijos se daban muy bien cuenta de nuestras incoherencias o fallos repetidos una y mil veces. El pedirnos perdón unos a otros nos ayudaba a mejorar y a disculparnos mutuamente. El reflexionar juntos las lecturas nos hacía intentar hacerlas más vida, ya que los niños tienen esa dichosa oportunidad de recordarte lo que te habías propuesto, en el mismo momento en que estás haciendo lo que no debieras…

En nuestra familia hemos hablado de lo divino y de lo humano, hemos puesto en común la economía doméstica y los compromisos sociales, el tiempo de hacer familia y el dedicado a los demás. En más de una ocasión los hijos nos han cuestionado alguna que otra incoherencia que a nosotros nos costaba reconocer.

El rezar juntos en momentos especiales o el bendecir la mesa hace que Dios sea una presencia constante en nuestra vida familiar. El poner cuidado en que nadie comience a comer hasta que no hayamos rezado, incluso cuando viene alguien invitado y nota el gesto de esperar hasta agradecer a Dios y recordar a los hermanos. También es un momento bonito que nos universaliza el corazón, pues entre unos y otros siempre se traen a la mesa a los hermanos queridos, a los de la última noticia de televisión, a los cercanos y a los lejanos. Y lo que a uno se le olvida se le ocurre al otro, y así la familia nos empuja a todos a la solidaridad, a la fraternidad, a estar al día en lo que pasa cerca y no tan cerca. Hoy nos hace reír ver a un nieto pequeño que dice varias veces amén, cuando nos ve recogidos en aptitud de recogimiento, para que terminemos de bendecir y empecemos pronto a comer.

Estamos suscritos a una hoja dominical, que nos trae cada domingo las lecturas y reflexiones. Es algo que “anda por casa” y ha creado el hábito de su lectura, como la prensa del fin de semana (bueno, algo menos de lo que a mí me gustaría). Nos acerca los textos del domingo, nos ayuda a la reflexión y cualquiera la puede utilizar con su grupo o sus amigos. Cuando salimos al campo, a mí me encanta “invitarnos” a las reflexiones evangélicas, igual que nos gusta parar en un pueblo cercano a tomar unos torreznos. (Queda un poco mal la comparación ¿no?… demasiado prosaica, quizás.) De todas formas, cuando los hijos se emancipan, cambian de hogar, les regalamos una suscripción vitalicia a la citada hoja dominical, por si acaso les da amnesia espiritual, y queremos que las cosas de Dios anden por ahí en medio, recordándoles lo esencial de la vida.

Algo que creo que también puede despertar en los hijos el deseo de vivir cerca de Dios es que nos vean orar y que descubran la importancia que tiene en nuestra vida la oración. Me gusta a mí cuando un hijo entra al cuarto y me ve, o simplemente nota que estoy en oración y dice: “perdón… sigue, que no es importante. O, te interrumpo un momento…” Saben ellos que mi fuente de energía es Dios y lo respetan y lo valoran. De paso yo siento que les estoy compartiendo lo que más valor tiene en mi vida, mi gran tesoro, el secreto de mi felicidad, lo que me produce el gozo completo.

Alegran tanto esas pequeñas cosas religiosas que forman la vida cotidiana como es el que una vecina baje al amanecer, antes de ir a dar clase y recemos juntas cada mañana, durante años. Cuando un hijo prepara una oración familiar y te emociona la profundidad y la naturalidad con que la plantean, el ver que uno pertenece a una comunidad, que otro tiene su grupo de oración… y todas esas cosas que tanto nos importa a los padres que vivan los hijos.

Estoy convencida de que la fe, como las enfermedades, no las contagia el que más sabe de ellas sino el que tiene el virus. En las cosas de Dios, no contagia la fe el que más ha estudiado sino el que tiene la experiencia de comunicación con El. Por eso hay que contar, al tiempo que vivirlas, a los hijos nuestra amistad con Dios, para que ellos la valoren, la descubran y la saboreen.

Los hijos nos han hecho replantearnos cosas económicas, solidarias y de justicia. Nos han hecho una faena en muchas ocasiones, al ser ellos más generosos que nosotros y nos pedían una mayor entrega… En este punto tendría demasiados ejemplos que compartir, pero tampoco es cosa de hacer aquí un estrep-tease.

A veces somos demasiado pudorosos en compartir nuestra amistad con Dios. Hablamos poco de ella, la guardamos en el último hondón del alma y lo que se manifiesta es poco apetecible. Yo me acuso de ser osada en estos temas, atrevida, incluso poco pudorosa… pues me gusta ir a despertar a un hijo y decirle “Te invito a la lectura de hoy…” y leerle un poco o compartirle la idea principal del evangelio. Pero también se lo grito tras la puerta del baño o lo leemos cuando vamos juntos de camino a algún sitio.

Si voy a misa enfadada y vuelvo con el corazón convertido, se lo cuento, lo comparto al bendecir la mesa, o se lo confidencio a alguno con el que tenía el problema… Y si tengo una duda en cuanto a una acción concreta y en la oración se me aclara, también me gusta contarlo.

Hace poco tuve un disgusto muy gordo y me encantó cuando uno de mis hijos me dijo. Mamá ponte en manos de Dios, que verás como enseguida se te pasa. (Yo por dentro sentía: “Hijo mío, me has captado… esto es lo que llevo 30 años intentando trasmitirte”).

También, no hace mucho, iba yo a dar unos cursos que me producían mucha inseguridad y, por el móvil, un hijo me mandó este mensaje: “No tengas miedo, que ese amigo tuyo, un tal Espíritu Santo, te ayudará como siempre”. El otro día uno de ellos, socarrón, me dijo: “mamá, sal ya rezada de casa”… Nos reímos un montón.

Bueno, no creáis que soy una pesada con estos temas, siempre van mezclados de otras carcajadas, risas y confidencias. Creo que la comunicación es algo que cuidamos y por eso es más fácil compartir las cosas de Dios. También es necesario hablar del Dios en el que no creemos, para fortalecer y aclarar nuestra fe, y para ser unos cristianos adultos y para tener recursos y respuestas ante las situaciones de la vida y ante otras ofertas y otros dioses.

Una madre me proponía el otro día que a los hijos hay que hablarles de Dios, como decía San Pablo, a tiempo y a destiempo… Una vez más estoy en desacuerdo con este apóstol, que de cosas de mujeres y de familia creo no estaba muy afortunado en sus afirmaciones. Creo que hay que tener tacto, no ser pesados. Muchos hijos tienen alergia a las cosas de Dios por saturación o inoportunidad.

En algunas familias se mantienen unas oraciones caducas, que no tienen contenido las palabras, o que se han quedado infantiles. Repiten juntos la letra pero sin compartir la música de la relación con Dios, acuden a ritos pero salen de ellos sin comunicarse la fe, con el hermetismo personal de que nadie nota si al otro le ha ocurrido algo por dentro. Y, curiosamente, siempre que te acercas a Dios te ocurre algo por dentro, si no, es posible que no te hayas acercado, aunque hayas estado muy cerca de El y de sus cosas. Volvemos a ver la diferencia entre los preceptos, las normas, costumbres y las vivencias.

Una persona comentaba que le duele que sus hijos no crean y por eso tiene un San Pancracio en el salón, una virgen enorme, un poco más allá, un rosario colgando del coche y todo tipo de “efectos especiales” que recuerden a sus hijos a Dios… Yo lo que me temo es que esos chicos tengan un empacho de signos religiosos y no hayan conocido lo que es tener a Dios de amigo, comunicarse con El, y celebrar juntos el que Dios nos quiere y cuenta con nosotros para ser felices y trabajar por la felicidad de los demás. No hemos nacido más que para ser y eso es lo que impulsa Dios desde el fondo de nosotros mismos y hay que demostrárselo a los nuestros, para que vean que pertenecemos a un grupo que tiene un proyecto apasionante y liberador y que juntos podemos tensar un poco la cuerda para que suene mejor la melodía de la vida.

Tenemos que encontrar la mejor forma de transmitir la fe a los hijos, tenemos que buscar el modo y la manera que les acerque a lo mejor de la vida. Que logren hacer suyo ese encuentro y esa forma de vivir que debe reconocer a un cristiano. Y ser padres nos hace dar vueltas y vueltas a la cabeza hasta encontrar respuestas para todo. Su ropa, su habitación, su salud, sus estudios, su aspecto, su… su todo, y gastamos mucho tiempo y mucha energía en cantidad de temas y, a veces, los temas de Dios los dejamos en manos de otros y no le ponemos la ilusión ni la creatividad necesaria para vendérselo como algo nuestro, apetecible y fantástico.

Yo le doy mucha importancia a este asunto. He cometido cantidad de aciertos y errores y los resultados han sido… de todo tipo. Al final sólo me queda ponerlos en manos de Dios, como la mujer del Zebedeo y decirle una y mil veces: Señor, Tú tienes más interés en ellos que yo misma, así que métete en su corazón, sé su amigo principal, ocúpate Tú de que vivan la vida contigo y… perdona que sea pesada, pero mañana te lo volveré a recordar.

Y sigo dando la lata a Dios recordándole a los míos… y cuando mi nieta de tres años canta algo así como “Chachi piruli, mi Dios me ha regalado dos ojos para ver…” se me derrite el corazón. Y cuando dice el padrenuestro, con su lengua de trapo, todos, los abuelos y los tíos, nos ponemos contentos. Y le queremos dar la mejor formación en este tema, más aún que en el resto de las materias, sociales o profanas.

Ahora, de abuelos, igual que tenemos cuentos en una estantería, para que lean, en nuestro dormitorio, en un rincón de oración, hemos puesto unos libros religiosos, para que ellos también se acostumbren a leerlos allí, en un espacio diferente a donde se leen los demás libros. Y cuando mi nieto pequeño me señala a “Kechú”, me emociona, aunque llame a Jesús de la misma forma que al tomate frito americano.

Escribía yo unas cartas a mis nietos, en otra publicación, y en Navidad sentí el deseo de enviarles la carta más completa, aquella en la que les contaba lo que es vivir con Dios y por eso la incluyo en este artículo porque la veo importante en el contexto en el que me estoy moviendo y aclara mi punto de vista en relación a lo que venimos tratando.

Queridos nietos: Antes de que se os habitúe el corazón a la Navidad que os ofrecemos, quiero contaros detenidamente qué es lo que ocurre en estas fechas.

Vosotros habéis nacido en una familia cristiana y por eso es importante que conozcáis el gran acontecimiento que en estas fechas celebramos. No me gustaría que las luces, las compras y la agitación ensombrecieran el verdadero mensaje de estos días.

Hace dos mil y pocos años Dios decidió hacerse hombre y venir a la tierra para que los seres humanos nos enteráramos de una vez por todas que El nos quiere muchísimo, que tiene para cada uno de nosotros un sueño de felicidad y plenitud y que no podemos vivir una vida mediocre. Ya antes nos lo informó por medio de diferentes profetas, pero con el paso del tiempo sólo quedaron algunos mensajes escritos que no le hacían demasiada buena publicidad, así que decidió tomar forma de persona y nacer y vivir como El cree que debe hacerlo una persona cualquiera.

Así este niño que nació en un pueblecico pequeño, en una familia sencilla, envuelto más en ternuras que en cosas, aparte de que a los doce años ya era un adolescente contestatario que se plantó en medio del templo a contar a los estudiosos de entonces quién era Dios, a sus 30 años comenzó su vida pública en la que se presentó como mensajero de su Padre hablando a diestro y siniestro de cómo hay que vivir.

Nos dijo que tenemos un Padre que nos quiere muchísimo, al que hay que llamar papá o mamá, y no nombres más solemnes. Nos enseñó que hasta que no nos tratemos como hermanos sentiremos tristeza en el corazón y que podemos recurrir a Dios siempre que estemos cansados y agobiados porque el nos serenará. Y que no le importa que seamos pesados, pues ningún padre da una piedra a su hijo, aunque este se lo pida mil veces. Nos recomendó también que perdonar una y mil veces le deja a uno mucho mejor y que no podemos juzgar a nadie, pues todos tenemos nuestras cosillas que ocultar.

Este hijo de Dios, Jesús, nos explicó por qué todos los pobres son los preferidos de Dios y cómo El cambia los valores y vuelve humildes a los que fardan y ricos a los pobres y que no le gustan nada las personas que por tener poder o cosas se aprovechan de los demás. También nos recomendó sacar el niño que todos llevamos dentro, siendo sencillos, espontáneos, alegres, auténticos y vividores del momento presente, en vez de andar siempre ocupados en lo siguiente o nostálgicos en el ayer.

Con su vida nos demostró Jesús, que el que no vive para servir no sirve para vivir y que no hay que llamar a nadie padre más que a Dios, que es el que tiene el corazón todocariñoso y su amor nos dinamiza y nos impulsa a la plenitud, a ser algo único y fantástico, en vez de andar sumergidos en una vida tibia o mediocre que nos entristece y raquitiza el corazón.

Los pocos años que pasó El en este mundo anduvo sanando a la gente, con su amistad, con su cariño, con su aceptación incondicional y se juntaba con chicasdemalavida, con adinerados, con encorvadas de preocupación o hemorroisas de las que van perdiendo la vida en las pequeñas cosas que no son las esenciales. Nos dejó muy clarito que el que anda dando demasiadas vueltas a sus dineros, no tendrá tiempo para disfrutar de Dios y vivirá peor y que no temamos, pues El estará con nosotros hasta el fin de los días, tiene nuestro nombre tatuado en la palma de su mano y nos quiere a cada uno más que nosotros mismos nos queremos, aunque andemos todo el día viviendo en nuestro ombligo.

Pero uno de los secretos importantes que nos contó Jesús, para vivir contentos, en vez de andar por la vida tristes como huérfanos, es tener ratos para meterse dentro de uno mismo y escuchar a Dios. Así se vive la vida en compañía, que es mucho más bonita y además, en el silencio, El te susurra al oído los grandes sueños que tiene para ti y para las personas que te va poniendo al lado. Jesús rezaba mucho, y eso que tenía una vida muy ajetreada, pero debía de ser por eso, por lo que le daba tiempo para tanto… En los ratos de comunicación con Dios, El nos serena, nos descansa, y nos lanza con atención despierta y amorosa a estar donde estemos, a entrar del todo y salir del todo de cada situación.

Y esto es lo que recordamos en Navidad, queridos nietos. Queremos vivir así, todo esto que nos enseñó este niño que nació en Belén para invitarnos a vivir mejor. Por eso llenamos de luces, regalos, adornos y familia estas fechas, porque queremos hacer del mundo una gran familia donde todo ser humano viva bien. Vosotros, cuando veáis que se nos olvida lo principal, recordádnoslo enseguida, que andamos todos un poco distraídos.

Os quiero mucho, mucho, muchísimo… casi tanto como os quiere Dios. Un abrazo

La abuela Mari Patxi

Por compartir más experiencias personales y a título anecdótico, por si a alguien le sirven, fabricamos una especie de barajita, con una frase del evangelio cada una, le pusimos por detrás el dibujo de un regalo y la plastificamos. Fue un regalo de navidad que preparamos para nuestros hijos. Más tarde, cuando descubrimos lo “apostólica” que era, lo hemos seguido repartiendo. Lo utilizamos para ver qué regalo nos dice Dios a cada uno en ese momento. Y nos ayuda a hacer una reflexión o un comentario evangélico, lo mismo en la vida familiar, que visitando a un enfermo, en una juerga o en un paseo por el campo.

Otra tradición familiar consiste en añadir entre los regalos de Navidad un ejemplar del evangelio diario anual, acompañado de un folleto de instrucciones como si se tratara de una medicina. Es otra forma de decirles más de lo mismo. Por si os sirve, ahí va.

Grageas de Evangelio

Pinchar aquí para abrir el archivo pdf

¡Ah! Y como esto de transmitir la fe a los hijos nos resulta tan difícil hacerlo, además de esforzarnos, con mucha paz interior, pongámoslos muy a menudo en manos de Dios, que les quiere mucho más que nosotros, aunque no esté levantado la madrugada del viernes, esperando su regreso a casa, pero que les tiene abrazados por delante y por detrás y tiene su nombre tatuado en la palma de su mano.

Mari Patxi Ayerra

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