Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

HACIA UNA NUEVA DIACONÍA: La sabiduría de los mayores

La sabiduría de los mayores

 Parto del convencimiento de que la mayoría de las personas mayores hemos adquirido la capacidad de relativizar y desdramatizar la vida. También de que contamos con un tiempo libre de actividades obligatorias, y que podemos permitirnos el lujo de gastar la vida en lo que creemos que realmente merece la pena. Ya no se tiene que hacer nada por agradar a nadie, sino que se puede vivir para lo auténtico y lo esencial. Y como la espiritualidad es la parte de la persona que dinamiza al individuo, vivir en comunicación con Dios le pone a uno en contacto con lo mejor de uno mismo. Merece la pena tener una vida espiritual mayor y comprometerse en facilitársela a otros, o en tareas pastorales o sociales que aumenten la calidad y calidez de la vida, así como el encuentro entre las personas, con uno mismo y con Dios.

 Ya que cada vez se viven más años y en mejores condiciones, nos encontramos ante la oportunidad de plantear un modelo de sociedad donde primen los valores de la autonomía personal, la igualdad, la autonomía personal y la integración social. Para ello es imprescindible desmitificar el valor de la edad como factor que segrega, discrimina y define la vida de las personas negativamente. Por ello, podría contarse con personas de más de sesenta años, que se prepararan adecuadamente para servir a la comunidad eclesial, a modo de diáconos, con mayor dedicación que otros parroquianos. La palabra diácono quiere decir servicio, o sea que serían personas dedicadas a un mayor servicio a la pastoral, la liturgia y las personas. Serían discípulos de Jesús con una relación fuerte de amistad con Dios, que les impulsara al servicio de los hermanos. Para ello deberían recibir una formación permanente que una y armonice todas las dimensiones de su vida física, mental, social y espiritual.

 No sé si a alguien se le está viniendo a la cabeza la figura de los antiguos sacristanes, esa especie de hombres incoloros, anodinos y fríos, que tenían más poder que los clérigos, que manejaban todos los “archiperres” eclesiales y que marcaban la distancia entre los sacerdotes y el pueblo llano. ¡No! En ningún momento me refiero a ese tipo de personas mandonas que se convierten en las gobernantas de la parroquia y parecen los censores, aduaneros o guardas de seguridad de todo lo sagrado. Lo que yo propongo es que haya unas presencias acogedoras, que no sólo pueden abrir o cerrar la iglesia, sino que acogen con cariño y cercanía a los que van llegando, que preguntan por los ausentes, que generan calidez en las celebraciones, que invitan a que se sienten cerca unos de otros, en las celebraciones, no cada uno en una punta de la iglesia, como si estuvieran comiendo juntos, pero enfadados…

 Puesta a soñar, en la parroquia, como comunidad de comunidades; yo imaginaría el templo abierto casi durante todo el día, es decir, con un horario aún mayor que el del Hogar del Pensionista, que por fin han descubierto que los mayores dormimos poco y molestamos en casa, por lo que han alargado su jornada. Mi parroquia se podría abrir tempranito, que para eso podríamos formar un equipo de gente que se responsabilizara pastoralmente, por turnos, que anduvieran por el templo “atendiendo al Señor y a sus amigos”, compartiendo su experiencia de Dios, acompañando a alguien en un ratillo de oración, escuchando un dolor de quien está pasando un mal momento o saludando a los niños que se acercan a echar un recillo al salir de su catequesis. Estoy pensando en esos jóvenes que pasean alrededor de las discotecas, a modo de reclamo, y animan a la gente a entrar, sin compromiso, a probar su local, a ver lo bien que se siente uno dentro… Pues algo así podría hacerse en mi parroquia, que hubiera siempre algún cristiano dispuesto a echar una charleta con alguien, a animar a una persona agobiada, que viene a toda prisa, a compartir una oración, o a citarse para el día siguiente, si es que le ha ido bien… Me gustaría que fuera el lugar de encuentro del barrio.

 Recuerdo una ocasión en la que paseábamos en familia por un pueblo playero, a las doce de la noche, viendo tiendas y recovecos, hasta que llegamos a la parroquia que tenía sus puertas abiertas, de par en par. Salió a nuestro encuentro el cura, que nos saludó afectuoso y nos ofreció la posibilidad de coger algún libro o revista de los atriles que estaban preparados junto a las puertas. Sonaba una música gregoriana y el clima invitaba a la oración y al recogimiento. Oramos un ratillo en familia y, al salir, volvió a hacerse el encontradizo el sacerdote que nos preguntó por nuestras vacaciones y, al interesarnos sorprendidos por qué el templo estaba abierto a esas horas de la madrugada, él nos contestó que el pueblo vivía del verano y de los turistas, por eso en este tiempo, su horario de trabajo era mucho mayor, y la iglesia estaba para acompañar a su pueblo y debía tener el mismo horario de trabajo que los demás, entre otras cosas, para que los visitantes también tuvieran la oportunidad de charlar un ratillo con el Señor. Por eso tenía todo abierto, ofreciéndose como los restaurantes y las tiendas, de forma atractiva y agradable.

Mari Patxi

Seguir leyendo -> Hacia una nueva diaconía: Parroquia abierta todo el día.

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