Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

MI FAMILIA Y LA JUSTICIA

MI FAMILIA Y LA JUSTICIA

¡Qué fácil y qué difícil a la vez, me resulta educar para la justicia dentro de la familia!…

Recuerdo cuando un gran amigo con el que compartí comunidad cristiana decía: “Yo quiero lo mejor para mis hijos”. Al oírlo se me llenaban los oídos de marcas, lujos y privilegios ¡LO MEJOR PARA MIS HIJOS! Esta expresión ha retumbado en mis oídos durante mucho tiempo. Cuando yo la oí no habían nacido ninguno de mis tres hijos, pero me provocó una reflexión que ha durado años: Yo también quiero “lo mejor” para mis hijos; pero quiero los mejores valores, no los mejores privilegios materiales. Y frecuentemente esos valores chocan con lo material.

En la familia nos arropamos afectivamente; nos ayudamos incondicionalmente, sobre todo en los momentos de crisis profundas. En los momentos muy críticos ahí está el clan para echarte un capote incondicional y hacerte más llevadera la situación difícil. Pero a la vez, la vivencia entre hermanos, desde el momento del nacimiento, conlleva la vivencia del conflicto, se comparte el espacio de la casa, el papel dentro de la familia, los juguetes, los afectos, el baño, el lugar en la mesa, la comida, los caprichos… se aprende a vivir la fraternidad.

Entre nuestros amigos hay tendencia al hijo único. Nos vamos encontrando que la vivencia de la fraternidad cada vez es más difícil: tenemos que aprender más de la televisión que del hermano. Pero los que tienen la suerte de vivir con un hermano, están aprendiendo a vivir (a desenvolverse) en un Mundo (real) de recursos limitados, donde los lujos de uno se basan en las necesidades insatisfechas de los otros. Y es que en las familias no se aceptan las injusticias (ni los privilegios particulares) con tanta facilidad como las aceptamos en la sociedad en general.

La familia es una maqueta vivencial del Mundo, y en el Mundo no existen los hijos únicos; en el Mundo existen las familias numerosas que tienen que compartir los bienes materiales, los talentos, los esfuerzos y la vida.

El sábado pasado una amiga regalo tres zumos en tetrabrik para mis tres hijos, uno de ellos ausente. La niña de siete años se tomó el suyo. Horas más tarde, cuando estaban los tres juntos, se repartieron los otros dos y a ella no le toco. ¡Qué morro! (dijo). A ella ya no le tocaba zumo y a sus otros dos hermanos sí. Ya había olvidado que el suyo se lo había tomado antes… ¿Cuántas veces los adultos gozamos de privilegios que queremos repetir y monopolizar igual que la niña?. Le quitamos el zumo al mayor y se lo dimos a ella, explicándole que él no había tomado antes, y que esté sería su segundo zumo para ella. Le costó, pero lo entendió y se lo devolvió a su hermano.

En una familia no es necesario que nos planteemos la necesidad de educar para la justicia, sino la necesidad de vivir la justicia y cómo vivirla en pequeños detalles cotidianos. “Los niños aprenden lo que viven”. “Los niños no obedecen, imitan”. En todo momento, en cada una de las situaciones, por inocentes que puedan parecer estamos educando hacia la justicia o alejándonos de ella.

En las familias se producen muchos conflictos, casi todos los días, entre hermanos y entre hijos y padres; según la forma en que resolvemos los conflictos estamos viviendo más o menos cerca de la justicia y además les estamos enseñando caminos para resolver las situaciones conflictivas.

El otro día mi hijo de diez años al acabar de cenar se fue con su hermana, de siete, a ver la televisión. Cogió el mando de la “tele” y ejerció el “poder” de elección de canal. Su hermana protestó pero no se llegó al consenso. Al rato, cuando se tenían que acostar, él pretendía que fuera su hermana la primera en ir al baño, y él quedarse un rato más viendo la televisión. Nosotros le explicamos que ahora le tocaba a ella el privilegio de quedarse un rato más, ya que él ya había tenido el privilegio de mandar en la televisión. Recalcamos la necesidad de compartir privilegios. Hubo fricciones, pero de vez en cuando insistimos en esta idea de compartir los privilegios que siempre se generan, ya sea prepararse la leche, comerse el pico de la barra de pan….

De aquel refrán antiguo que se vivía: “Cuando seas padre comerás dos huevos”, hemos pasado a que si hay pocos huevos se los comen los hijos. En el pueblo de mi mujer dicen “Cómetelo tú que me alimenta a mí”. Desde luego somos una generación muy sacrificada: en tiempos de recursos limitados nunca comemos: o por ser hijos (antes) o por ser padres (ahora).

Tenemos facilidad para ser excesivamente serviciales hacia nuestros hijos, o porque tardamos menos en hacerlo nosotros o porque “les queremos tanto, que se lo hacemos todo”. En la familia educamos para servir o para ser servidos, y hay que ser conscientes de que cuando nosotros se lo hacemos todo les estamos inculcando la idea de que han nacido para ser servidos, y ese papel lo repetirán en sus relaciones con el Mundo. Pero también tenemos que tener cuidado de que no sean ellos los únicos servidores de la casa, que no nos sirvan exclusivamente ellos. Optemos por la opción de ayudarnos entre todos: que la familia sea una barca en la que remamos todos, y rememos con alegría… Que vayan al Mundo y sepan remar.

El otro día había cinco quesitos para repartir entre tres: uno para el padre y dos para cada hijo. El mayor de diez años se dio cuenta y repartió el suyo conmigo. La hermana al verlo hizo lo mismo…

Es curioso porque cuando voy a una bar y me siento en una mesa, me gusta al irme poner las sillas bien y recoger los vasos sucios hasta la barra, donde normalmente un camarero me sonríe y me da las gracias. Aunque no sea mi obligación, creo que es una manera de vivir la vida hacia los demás. Y mis hijos van aprendiendo un estilo.

Los niños desde muy corta edad pueden sentirse útiles en la familia, secando cubiertos, haciendo la cama, bajando la basura, poniendo la mesa, apretando un tornillo de un taburete, cantando una canción, contando un chiste, o diciéndonos lo que han hecho en el colegio…Sentirse útil en la familia es el primer paso para sentirse útil en la vida.

En las familias se viven conflictos, los recursos son limitados y cuanto más limitados son más frecuentes los conflictos. Pero también nos enseñan mucho: la forma en que los silenciamos, los mantenemos, o los resolvemos condiciona la vida familiar y es un aprendizaje importante para la vida, para el Mundo. La familia actúa como un laboratorio en el que sus miembros experimentan la forma de actuación y relación que tendrán con el Mundo.

De la misma forma, la vivencia de la reconciliación familiar es una parcela que condiciona las relaciones humanas fuera de la casa. Los niños tienen dificultades para pedir perdón, y para aprender necesitan vernos a nosotros pedir perdón entre la pareja, a ellos e incluso a otras personas. Cuando mi mujer y yo nos gritamos por cualquier pequeñez cotidiana, por estar nerviosos, prisas, tensiones del trabajo, o por cualquier otra razón, nos damos un grito impresionante delante de los niños, ellos se convierten en espectadores de una discusión entre la pareja. Cuando se nos pasa, intentamos pedirnos perdón delante de ellos porque muchas veces hemos peleado en su presencia, pero las reconciliaciones han sido sólo en la intimidad. Creo que pidiendo perdón y perdonándonos delante de ellos les estamos enseñando dos cosas: que todos nos equivocamos en algún momento, y también les mostramos la herramienta para pedir perdón y perdonar.

Hace unos meses se celebró la campaña del Domund. En el colegio de los niños les dieron unos sobres para que llevaran dinero, pero no de los padres sino suyo, “hasta que les doliese”. Mi hija Edurne (7 años) llegó a casa, abrió su hucha y llenó el sobre. Cuando nos lo contó, nosotros limitamos la cantidad a entregar. Ella nos explicó que la profesora había dicho que ” había que dar el dinero hasta que doliese”… Después fue a hablar con su hermano Aitor (10 años) y le convenció para que él llevase otro sobre. Cada uno llevó su sobre… ¿Quién educa a quien, los padres o los hijos?

En los semáforos de Madrid venden pañuelos de papel, periódicos alternativos, ambientadores… Nosotros no los compramos. Antes, al ver que se acercaba algún vendedor, cerrábamos la ventanilla. Ahora hemos decidido abrirla y de forma cercana comprar o no comprar pero siempre cuidando la comunicación y la dignidad del vendedor. Aunque cuando no compramos nuestros hijos nos reprenden por no ayudarles y nosotros les explicamos nuestros motivos.

Es curioso cómo la mayoría de nosotros vivimos situaciones económicas ajustadas, pero cuando llega una boda, comunión o bautizo “tiramos la casa por la ventana” y nuestro derroche provoca que el vecino se vea “obligado” (de alguna manera) a hacerlo igual. En casa estamos intentado celebrar de forma alternativa, acentuando más lo religioso y sustituyendo el banquete del restaurante por un “compartir” lo que aportamos entre todos, en los salones parroquiales… Comemos menos langostinos pero nos sentimos mucho más cerca unos de otros. Y además podemos invertir el dinero ahorrado en proyectos solidarios.

La fantasía de los Reyes Magos a veces nos tentaba a intentar complacer todas las ilusiones de nuestros hijos (que con ayuda de la televisión son casi infinitas). Nosotros les explicamos que el número de juguetes es limitado y que hay que repartirlo entre todos los niños del Mundo… La verdad es que no lo entienden muy bien. Edurne (7 años) está encaprichada con una mascota virtual (especie de reloj de vivos colores con el que te comunicas mediante unos botoncitos y le ayudas a hacerse mayor, estar contento, comer, mimar… y crece o se muere). Aprovechamos para explicarle que en la vida no se puede tener todo lo que se quiere. Pero, ella insiste y pone malas caras. En la tienda de al lado lo venden sólo por 1500 pts, y ella tiene ese dinero que se lo han regalado en “reyes”. Insistimos que en la vida no se puede tener todo lo que se quiere. Le propusimos hablara con una amiga que tiene dos (es hija única) para que cuando se canse, le regale uno… ¡QUÉ DIFÍCIL ES EDUCAR! Pero merece la pena.

En casa estamos empezando una nueva etapa: cuando los mayores nos necesitan, cuando van perdiendo habilidades y ganando dependencia de sus hijos… Son momentos de dolor, de difícil consenso entre los hermanos. Hay que dar una respuesta de acogida, cuando vienen a pasar el día o cuando tengamos que acogerlos definitivamente. Necesitamos cultivar la tolerancia y la generosidad, hay que compartir el tiempo, el humor, los detalles, el espacio y la vida con los abuelos; son momentos difíciles, pero son momentos de optar por la justicia, la solidaridad y el amor. Y optar como familia, elegir juntos cómo queremos tratar a nuestros ancianos.

Así, con estos y mil detalles más, vamos intentando vivir juntos la justicia en familia.

Oscar Ayerra

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