Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

LO QUE LA ENFERMEDAD VA HACIENDO EN MI VIDA

Hay días en los que, como hoy, no puedo arrastrar mi cuerpo, apenas soy capaz de pensar y no consigo mantener mi atención en nada o en nadie. Mientras, mi cabeza está dispersa y por los adentros resuena una música de deberías y otra de dejarme caer abandonada.

 ¡Cuánto me cuesta mirar a la otra persona y darme cuenta de que soy incapaz de retener lo que me está contando! A veces digo frases hechas, que hace que los demás ya vayan dándose cuenta de que estoy “fuera de juego” o que incluso se molesten porque creen que no les estoy prestando bastante atención. Mi diplomacia o vanidad, todavía se esfuerzan en dejarme en buen lugar, y tardo tiempo en explicar que no estoy, que no soy, que hoy no puedo. Ahora mismo, sin ir más lejos, querría volcar en el ordenador, en vivo y en directo, lo que me ocurre, pero mejor será que lo interrumpa, aunque mañana ya se me habrá olvidado esta sensación confusa y dura. Así, cuando la maquinaria me falla, me tumbo, dejándome caer en manos de Dios, como una marioneta sin nadie que la mueva, hasta que El quiera de nuevo darle vida.

 Es entonces cuando recuerdo aquello que el Señor dijo a San Pablo: “Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad” y pienso que “cuando soy débil, entonces soy fuerte”… Bueno, o más bien quisiera pensar eso y por los adentros hay un ir y venir de ideas y sentimientos contradictorios, entre mi cabeza y mi corazón. Creo que es ahí precisamente, en el corazón, donde me descansa el Señor, donde me susurra en el oído que me deje estar así, hecha un guiñapo.

 Al escribirlo parece todo más oscuro, más difícil. Luego, en el correr del día me olvido un poco de mi misma y sigo disfrutando, atenta a la vida y las gentes. Pero cuando se me caen las cosas de las manos y los míos se impacientan, o comentan que no hago caso, que no me entero, que me encuentran distraída…, sufro por dentro, sabiendo que esta cabeza mía no tiene ninguna pinta de mejorarse, sino que poco a poco parece que va perdiendo capacidades.

Y EN PLENO ATAQUE DE MIEDOS OIGO A DIOS SUSURRARME:

 No temas, que yo te he redimido, No temas, Mari Patxi, que yo te he elegido

Te he llamado por tu nombre; eres mía Te he llamado por tu nombre; eres mía.

Si pasas por las aguas, yo estaré contigo, Si la enfermedad te ahoga, yo estoy contigo,

si por ríos, no te ahogarás. si crees que no te quedan fuerzas, descansa en mí

Si caminas por el fuego, no te quemarás Si estás quemada, yo te refrescaré,

y las llamas no te abrasarán. Is.43,1-2) porque nada que te ocurra podrá frenar

nuestra vida común

Aunque muchas veces me digo a mí misma ¡Basta ya de observar tu ruina interior! ¡Basta ya de darte lástima por lo que no haces, por lo que te falta, por lo que no puedes!… me hace bien recordar todo lo que me ocurre, reírme de mi propio deterioro y mirarme con humor y con ternura.

 Una de las labores de limpieza que va haciendo la enfermedad conmigo es bajarme de donde yo me subo, mostrarme más pequeña en los momentos en que quiero aparentar control de la situación, colocarme frente a mis fragilidades, destruir mi “personajillo”, ese que con tanto cuidado una se ha trabajado para sentirse valorada por los demás, aunque se maquille de sencillez o de indiferencia.

Dibujo de Fano

GARRAPATA OKUPA

 Yo creo que la enfermedad es como una especie de garrapata que se centra en el ombligo, se agarra fuerte para que no te distraigas con otras cosas y te hace pensar continuamente en este cuerpo que no marcha, esta cabeza que no funciona, este dolor que aparece o el alivio que produce un determinado producto. Además, los otros, atentos y solidarios, se ocupan también de hablar constantemente de esa garrapata malévola que invade tu vida y te vuelve absolutamente egocéntrico, no dando apenas importancia a lo que les ocurre a los otros, pues, en el momento en que te distraes un poco, va ella y aprieta alguna de sus patas, succiona tu energía y se vuelve a hacer el centro de la reunión, lo más urgente de la vida.

 Y como solemos tener la deformación vital de ocuparnos más de lo urgente que de lo importante, nos encontramos que, en cuanto le hayamos dejado un poco de espacio a esa “garrapata ocupa”, nos ha robado la escucha a los amigos, el interés por el mundo y la solidaridad con la que antes vivíamos. Su urgencia permanente hace que salgas a su encuentro, quizás como antes has salido al encuentro de otros sufrimientos de los demás, pero hay que procurar conocerla para advertir sus trampas y darle unos cuantos cortes a tiempo para que no te gane, para que no te penetre con sus múltiples patas que le mantienen tan agarrada a nosotros.

 La garrapata, dice el diccionario que es un parásito que tiene gran importancia en patología porque puede acarrear virus causantes de diversas enfermedades. Así es en mi caso, siento que me trae cansancios, que me impide hacer tareas que antes dieron sentido a mi vida. Tengo que reducir mi ritmo de vida. Succiona mi vitalidad y la enfermedad que me provoca es la falta de sencillez para aceptarme lenta, pasiva y en la retaguardia de la vida familiar y social una y otra vez.

MIS AUTOCOMPASIONES

 La vida familiar, los trajines domésticos y mis tareas de animación han llenado mi tiempo de ilusión y de sentido. Soy una apasionada de la comunicación que imparto y comparto en charlas y cursos. También escribo sobre la familia, la sexualidad y las relaciones humanas. Pero, sobre todo, lo que más me entusiasma es compartir la experiencia de Dios y ese entretejido que El va haciendo con nosotros en el vivir cotidiano. Todo esto lo escribo, lo cuento, lo animo y lo celebro en una y mil actividades.

 Debería hablar en pasado de todo lo anterior, ya que, de pronto, mi cuerpo comenzó a molestar. En mi mejor momento profesional, en un tiempo de estabilidad familiar, cuando estaba comenzando a disfrutar de ser abuela, cuando todo lo tenía atado y bien atado, perdí la memoria en dos ocasiones y comenzaron a fallar mis ojos y mi cabeza. En un principio pensé que podría ser debido a mi exceso de pasión en mis actividades de animación, que me encantan, además de las domésticas, que me encantan menos, y me propuse un tiempo de mayor vida interior y abandono. Así que comencé a intensificar mi parte de María y dar descanso a mi parte activista de Marta. Aún así siguieron fallando mi memoria con intermitencias y mis ojos con visión doble. Cuando acudí al hospital tenía más síntomas de los que yo había percibido. Salí de allí con el diagnóstico confuso; microinfartos cerebrales, posible esclerosis múltiple, epilepsia… e inicié mis peregrinaciones a médicos y hospitales.

 De pronto estaba enferma. Comencé a sentir la fragilidad de mi cabeza. Dudaba yo de muchas cosas y, lo que es aún peor, dudaban los de alrededor de casi todas mis afirmaciones y hechos. Hasta entonces tenía yo una mente bastante ágil, pero desde ese momento, paso muchos ratos envuelta en dudas o sentada frente al ordenador o ante un armario, o ante una persona, sin otra seguridad que la duda y con la terrible sensación de que ni yo misma me puedo fiar ya de mí. Algún día mis lágrimas van a producir un cortocircuito en mi ordenador…

 Hasta ese momento había sido yo la dueña de mi vida y, desde que salí del hospital, fueron los otros los dueños de mis diagnósticos y mis itinerarios sanitarios. Había perdido ese ritmo acelerado que tanto me gustaba. He sido una mujer que he exprimido la vida al máximo, que he vivido locamente “en quinta”… y ahora tengo que aprender a vivir “en primera”, a ir despaciosamente por la vida y con los otros. Me gustaba ir delante y tirar… hoy voy detrás y dejándome cuidar y empujar. Esto es lo mejor que me ha traído la enfermedad. De pronto, yo que iba en cabeza, ahora estoy aprendiendo a ir detrás ayudada por otros.

 Es la misma sensación que siento cuando mis hijos corren la maratón de Madrid y toda la familia vamos de esquina en esquina, con pancartas, aplaudiendo y animándoles. A mí que me ha gustado tanto correr la maratón de la vida, hoy me toca aplaudir y animar; no dejar que me envuelva la nostalgia de mis velocidades anteriores sino estar atenta a mantener el entusiasmo de los otros en su carrera.

 La enfermedad me ha vuelto vulnerable, pero al mismo tiempo me ha envuelto en el maravilloso regalo de sentirme cuidada, mimada, atendida. Necesito de todo y de todos. Desde mi médico de cabecera, que no me cura pero me cuida e investiga buscando mi salud, hasta los míos, los cercanos y los lejanos, los vecinos y los amigos. Sus pequeños detalles me emocionan y a todos tengo muchísimo que agradecer.

 Si antes me preocupaba la jubilación de mi marido, por el freno que podría suponer para mi actividad, hoy la enfermedad se ha ocupado de ponerme en mi sitio, de tenerle a mi lado cuidándome y apoyándome para que todo sea lo más fácil posible. Su jubilación ha sido mi regalo para facilitarme algunas tareas domésticas y para estar siempre mejor acompañada.

 Quisiera aceptar con sencillez los diez kilos de más que han traído mis cansancios y la falta de ejercicio; la visión doble, que me dificulta a ratos trabajar y me invita a “meterme hacia adentro” e interiorizar y ser más reflexiva. Hay días en que mi mente está anquilosada y mi cuerpo también. Entonces tengo que recurrir a mis fuerzas profundas, recordar que “no soy lo que hago” y dejarme estar así, disminuida físicamente y sin angustias. Es entonces cuando brota con más fuerza mi energía interior y la salud de mi corazón me hace ser más consciente de ser una mujer habitada.

 He tenido que dejar muchas de mis actividades, que me hacían sentir válida. He reducido las invitaciones en nuestra casa porque enseguida me canso como anfitriona… y me cuesta… me cuesta mucho no tener esa agilidad doméstica que me hacía improvisar una comida para el que llegara o quedarme con mis nietos siempre que me los prestaran. Parece una tontería, pero bajar el ritmo familiar es de las cosas que más me están costando. Me gustaba mantener esa casa abierta, esa mesa siempre a punto que durante tantos años hemos procurado tener.

 Cuando me preguntan cómo estoy, me doy cuenta de que me falta la sencillez de decir “hoy estoy hecha un asco”, o “todavía no estoy bien”… Siempre contesto que estoy estupendamente, y es porque, en el fondo fondo, allá en el último rincón del alma, andan mis vanidades. Y siento pena por no tener el mismo ritmo que mi marido, que mis hijos, que mis compañeras de trabajo o mis amigos. Y a veces lloro un rato y me enfurezco por dentro, por sentirme lanzada a la inactividad y la soledad. Hay días en que mi cuerpo no responde y tengo que pasármelo tumbada o sentada, sin hacer nada más.

TODO EN SU SITIO

 Pero cuando me pongo en oración todo se coloca en su sitio. Ya no siento pena por lo que fui y no soy, sino que siento unos deseos enormes de vivir el presente, así, sin memoria y disfrutarlo a pleno pulmón, como estoy, sin enmascarar la enfermedad y sin buscar la salud como un niño al que han quitado su caramelo. Creo que en el proyecto que tiene Dios para mí también entra la fragilidad del estar enferma, incluso sin diagnóstico concreto, y que yo, que soy una habladora, de lo divino y de lo humano, también tengo que contar cómo lo siento, cuánto lo lucho, qué resortes tengo. Y siento el sueño de Dios sobre mí para cada día, sea de trabajo o de estar pereceando en el sofá, sólo para que los demás me mimen y, a través mío, vivan la ternura y el saber cuidar. Así descubro nuevos placeres y aprendo a no vivir siempre corriendo hacia delante sino a caminar hacia mi interior.

 El tiempo de enfermedad, de cama, de soledad, me facilita la intimidad con Dios, me ayuda a estar aún más cerca de El y sentir su luz para mi historia personal. Y en mi diálogo con El me sosiego por dentro, me sereno, se me desvanecen los miedos, y me sumerjo del todo en cada momento, sin nostalgias del ayer ni temores del mañana.

 Quisiera aceptar de forma madura que la enfermedad forma parte de mi vida, como en su día lo hicieron los embarazos, el trabajo, las prisas, o las excursiones. Ahora mi imagen de super madre, suegra, abuela, amiga y animadora se ha ido al garete y se ha cambiado por la de una mujer frágil, calmada, flojucha, cansada, que se deja cuidar, que necesita mucho y que genera a su alrededor detalles y ternuras que los demás le regalan. Así los míos me tienen más, los de cerca me tienen más y yo me voy desapegando un poco de mí misma. No es que me haya vuelto acaparadora, no. Pongo especial cuidado en que cada uno viva su vida, sin dejarse afectar demasiado por mí enfermedad, pero para ellos también es una lección que les ofrece la vida. A ellos también les ha ocurrido algo importante, que nos une y nos vuelve tiernos.

¡Han sido tantos los regalos que he recibido en este tiempo de enfermedad!… ¡Han sido tantas las cariñadas domésticas, sanitarias, gastronómicas, afectuosas que he recibido en estos tres años que necesitaría toda una vida para dar las gracias. A mí, que me ha gustado tanto regalar y regalarme, estoy teniendo el privilegio de poder hacer que otros sientan lo mismo por mí, desde mi portero, el fotocopiador, la cartera, la vecina, el compañero, la profe, el médico, el zapatero…….y un larguísimo etc. de personas.

 Mi cuerpo se ha estropeado, a ratos mi cabeza está confusa, mis ojos ven doble y me fallan algunas piezas más, pero mi corazón está fuerte para amar. Yo creo que también se ha inflamado y por eso ha necesitado unos kilos más, para que mi capacidad de querer y de disfrutar quepa en este cuerpo pachucho que está mejorando mi alma.

 Yo he sido de las que he tirado mucho de mi cuerpo y apenas le he escuchado. He aprendido que hay que saber cuidarse para cuidar y hay que darle al cuerpo su ración de descanso, ejercicio, alimento y amores que necesita. El mío lo ha reclamado y ahora que lo cuido nos llevamos mejor. ¿Habrá tenido que pasar todo esto para que mi cuerpo y mi espíritu se unifiquen?

 Estoy aprendiendo a perder el control de las cosas, los momentos y las personas. Ya no soy dueña de mi agenda, porque no sé cómo voy a amanecer mañana: si radiante o hecha una piltrafa. También he aprendido a estar enferma pero estar contenta y a tener dolor, pero no sufrimiento. Me habría ganado la partida la enfermedad si no me hubiera apoyado en la capacidad de reírme de mí misma y del culebrón que os estoy contando. He de confesar que tan pronto estoy melodramática, dándome pena de mí misma, como me pongo en marcha, buscando distracción en un paseo, un amigo o la vida de los demás. Así consigo reírme de mí, por estar “tan enferma”.

 Esta etapa de mi vida la estoy viviendo con intensidad, profundamente, y así he tenido la suerte de conocer otras situaciones nuevas para mí, como los enfermos, los ancianos y el mundo sanitario, tan lejos de mí en otros tiempos. También, recibir la unción de enfermos acompañada de los míos, ha sido una de las vivencias más preciosas de complicidad familiar. ¡Qué verdad es que cuando uno está enfermo, toda la familia está un poco enferma!… Y juntos estamos creciendo mucho con lo que nos está ocurriendo.

 No sé cuánto durará esto, ni cómo será el desenlace, pero da igual. Voy viviendo el día a día, intentando entrar del todo y salir del todo en cada momento y en cada situación. Este rato estoy bien y puedo escribir un poco. Mañana quizá me toque estar callada y también tendrá su sentido y su misión. Me gusta aprovechar mis ratos de silencio para extender mi interés por la humanidad en oración por y con el mundo.

 Echo la mirada hacia atrás y me doy cuenta que en nada de tiempo mi vida ha dado un vuelco de 180 grados. Entré un día en el hospital viva, normal, sana… y salí distinta, sin saber qué me llevó allí, qué me sacó de allí, qué me quitaron, qué me dieron y qué demonio hicieron de mí.

 El caso es que los días de hospital fueron una maravillosa mezcla de amabilidad y eficacia, que todos mis seres queridos se pusieron en danza para demostrármelo y que tenía detrás un equipo de profesionales que miraban mi cuerpo al microscopio, con atención y con ternura… Tengo unos recuerdos tragicómicos de esos días llenos de gentes, de miedos, de risas, de dolor, de recuentos, de caricias, de dudas, de estrenar vida.

PARTE DE MI VIDA SE QUEDÓ EN EL HOSPITAL

 Y me devolvieron a mi casa que me resultó también nueva al volver. Interrumpí todas mis tareas, mis obligaciones domésticas y mis ritmos acelerados. Se quedaron en el hospital mi agenda, mis prisas y mi energía y volví a mi hogar a disfrutar despaciosamente de mi fragilidad, de la inactividad recién estrenada, del cariño de tantos que siempre cuidé, de la casa acogedora que decoré y de los mil detalles con que envolvieron mi larga convalecencia. Apareció gente que me quiere, y quiero, para demostrarme que estaba viva y que mi corazón seguía amante.

 Dándome pena, calmándome, compadeciéndome y abandonada en Dios, no quise volver a casa pasiva, me ocupé de ser actora y no espectadora de lo que me ocurría, de cada momento presente en el que volqué mi nueva intensidad, colaborando con la vida para exprimirle su jugo. Sabiendo que ya no soy la que era, pero aprendiendo a un vivir distinto que me hace disfrutar gozos inadvertidos antes, cotidianos milagros como el nacer del sol, el olor de mi gente y la calidez de mi hogar.

 A veces me asalta la morriña. La nostalgia de lo que fui, de mis éxitos, de mi chispa, y de mis carcajadas, me ha hecho llorar muchas lágrimas. A ellas les ha seguido un intento de colaborar con la nueva vida, de dejarme llevar, de cumplirme también así, con el freno echado, y con otras tareas.

 La realidad es que no me caben las mismas cosas en mi cabeza. Me siento mucho más torpe. No puedo enhebrar una aguja, me cansa el ordenador y escribir, lo que no sea de sentimientos como esto, que es volcar mi alma en este maravilloso chisme que guarda todo lo mío ordenada y respetuosamente. Me agota Internet y hasta me molesta recibir tanto correo que me siento obligada a responder. Me cuesta escribir algunos artículos que antes me brotaban con fluidez incontrolada. Incluso creo que, últimamente, no he escrito nada decente, más que unas cartas mensuales a mis nietos y un Diario de Esperanza, que publican en una revista para humanizar la salud y que la vida hospitalaria me nutre de pistas para continuarlo.

 Me duele cuando los demás me dicen que me ven muy bien y que “¿qué más quiero?, que a todo el mundo le gustaría estar tan bien como yo”. Siento una soledad profunda cuando voy a comentar alguna dificultad de mi salud y noto que me dicen, o me demuestran que se cansan y no quieren oír hablar de enfermedad. Entonces me callo y me olvido para ellos, para no molestar y dar la imagen que se espera de mí. Pero noto runruneos por mi cabeza que me impiden concentrarme o seguir una conversación, en algunos momentos. A veces se me pone la cabeza pesada, los ojos lacios, me envuelve un fuerte olor a amoniaco y siento un cansancio enorme que me quita las ganas de disfrutar de lo que estoy haciendo y me lanza tullida a la cama. Esto no es normal, puñeta!!! Yo antes era la dueña de todo mi día, de mis cansancios y de mis horarios, de mi cabeza despejada y de no sé que más.

 Me veo como “la mujer encorvada”, esa que salió al encuentro de Jesús y automáticamente mejoró. Lo que sí siento es que Dios está más presente en mi vida que antes. Que lo que ocurre no me lo envía El, pero que juntos vamos a vivirlo mejor y a dejar que lo que pasa pase. Es un tiempo más intenso, más profundo, más sagrado. Unas veces el silencio es nuestra forma de comunicación, otras es la respiración lo que serena mi alma, sintiendo que Dios es el aire que respiro, y en otros momentos el tararear un salmo o una canción, como la de Santa Teresa, es lo que me recuerda que todo esto no me turbe.

 Se es más libre cuanto más se sabe sufrir, pero yo todavía estoy atada a mis autocompasiones. No soy del todo libre porque no me siento fuerte, pero Dios me libera de una manera sorprendente. Con El ésta es una experiencia más que me ayuda a relativizar, a revisar mis creencias más profundas, a vivir para lo que realmente quiero vivir, a querer más, a decirlo más, a contemplar más, pues he ganado en intensidad vital, me he hecho más contemplativa, más sabia, más amorosa, más divertida, más mística, más sexy, más solidaria, más amiga, mas terrícola, más abuela y más yo.

 Menos mal que el humor endulza mis momentos amargos, que tengo pasión por vivir, independientemente de que me cure o no, y cuento con el poder de mi mente. Pero el amor de Dios que siento me envuelve y me potencia y me habla al corazón en estos momentos especiales, supera esas pequeñas tiranías de mi cuerpo quejoso. Estoy más disponible para encontrarme con El, y así se me pasan todas las neuras y disfruto de El, de los demás y de la vida a pleno pulmón. Quizás hasta el ver doble sea toda una ventaja para aumentar mi visión, hacerme más contemplativa y admirar aún más lo que la vida me ofrece.

 Dicen que sólo el dolor hace crecer y que hay que enfrentarse a él directamente, porque si te escabulles o te compadeces, siempre sales perdiendo. Y es verdad que he crecido. Aunque a veces parece como si mi yo enfermo hubiese succionado mi yo esposa, madre, amiga, animadora, espiritual y comunicativa.

DIOS ANDA POR AHÍ

 Como todo se pasa, la vida y Dios me van alfombrando el camino, me van sugiriendo cómo debo actuar, me ponen a las personas a las que amar, las situaciones a las que responder, los momentos a vivir y las tareas en que entregarme. Así vivo tranquila, ilusionada, contenta con la gente, poniendo lo mejor de mi misma en cada encuentro y en cada situación. Siempre sintiendo que El camina al lado, sugiriéndome la mejor manera de vivir.

 En cambio hay otros días en los que la confusión se hace la reina de la fiesta. Me proponen una tarea y tengo que renunciar, vienen a verme mis nietos y no tengo ganas de jugar con ellos, recibo un mensaje de queja, crítica o rechazo y, al mirar para adentro, sólo siento incapacidad, incomprensión, dolor y soledad. Pero el Señor también anda ahí, calladito, abrazando, tan suavemente que me apetece decirle “Aprieta, envuélveme aún más, ayúdame a pasarlo… que esto es tan difícil!…”

 No tengo ni idea cuando terminará mi vida, pero bienvenido sea el momento,

si me pilla viviendo, como hasta ahora, intentando ser feliz y que otros también lo sean. Dejaré a los míos en herencia mis escritos. Quisiera que pudieran decir ¡qué bien lo pasamos con ella! Nada más. Y para eso les debo el seguir disfrutando de cada momento y cada cosa que la vida me de y de cada encuentro que en ella se produzca. No puedo dejar a la nostalgia que me robe un mínimo de felicidad. Así podré estar atenta a lo que Dios en este momento especial me está susurrando. Sé que El tiene para mí un sueño de plenitud y a por ella voy, enferma o sana, rápida o lenta, torpe o lista. Lo más importante es que El camina conmigo también, o más intensamente aún, en esta etapa de mi vida.

 Quiero ser consciente de todo lo que me ocurre, vivir con sabiduría y madurez este momento, escuchar mis adentros, colaborando con la vida en vez de dejarme llevar. Pero no me cumplo sola ,sino con tantos otros que han acompañado mi existencia, exprimido los momentos, rodeado de vida y de ilusión. Esos que me han querido, los que me quieren, los que acarician mis días, los que me sanan en el correr diario, los que acompañan mi deterioro, los que me dan la mano y son un regalo constante para mí. Así cobra sentido ese sueño común de vivir los unos para los otros, facilitarnos la vida y compartir la salud que trae la enfermedad.

 ¡Me gustaría tanto agradecer a tantos!… Y llegaré a los brazos del Padre con el corazón lleno de cariñadas que han entretejido mis días y mis noches, mi trabajo y mi juerga, mi risa y mi dolor. Gracias sería la palabra con la que daré el salto a esa otra vida que ando siempre buscando, de plenitud total. Imagino que allí estará esperándome Dios Padre, acompañado de mi otro padre y de mis mil amigos, y me dará un abrazo que me hará sentir por fin que comienza la verdadera vida, ¡la gran vida!, esa que ando siempre buscando por todos los rincones.

 Mientras ocurre todo esto, yo vivo una auténtica tempestad física que me lleva una y otra vez al hospital, a rematar la fragilidad, a aumentar las dudas y a experimentar de nuevo que me cura más la escucha y la ternura del médico que toda la medicina.

Y repito, voy de nuevo al hospital, con “el cerebro en carne viva”, que me impide pensar, ver, estar viva… Y tras la atención de mi médico, al que puedo recurrir en cualquier momento, vuelvo a casa sosegada, quizás con nuevo tratamiento, pero con el mismo dolor y con la misma desvalidez.

 Al ver sufrir a los míos, tengo que poner especial cuidado en no dejarme invadir por el sentimiento de culpa, ese que llega sigilosamente y me envuelve, se me enrosca en el alma y me pone triste y melancólica. ¡Cuánto me apena el gesto triste del que me quiere tanto que no puede soportar verme pachucha…¡Me duele el alma al verle! No me gusto nada así, quejosa, molesta, ladrona del humor de los demás. Quizás sea una pequeñez lo que le ocurre a mi cabeza, pero lo que genera alrededor, no es pequeño… y duele… duele mucho.

 Con todo esto estoy aprendiendo que debería haber “escuelas de enfermos”, donde nos enseñaran a vivir esos momentos y a sacar todos los recursos que uno posee en los adentros. ¡Cuánto me gustaría a mí inventar una experiencia de animación o unos grupos de comunicación en los hospitales donde se compartiera lo que cada uno va viviendo en esos momentos sagrados en los que la vida es frenada por la enfermedad! Frenada o dinamizada, porque quizás lo que se ve como un freno exterior es todo un impulso interior que te catapulta hacia lo mejor de ti mismo, que hace brotar la salud del corazón y te invita, aún con el cuerpo en carne viva, a ser un regalo para la humanidad…

 Escribo todo esto para mí misma, por impulso de la necesidad, no tanto para contaros mi mundo como para descubrirme, para sanarme, para vivir en plenitud. Escribir me ayuda a escuchar mis adentros, a ordenarlos. A veces me pregunto ¿Y todo esto… es para mí sola?

 Releo las líneas anteriores y siento cierto pudor por hablar tanto de mí misma. Quizás lo que he escrito brote sólo de mis días optimistas. Tengo algunos en los que me arrugo y me culpabilizo por ser “aguafiestas familiar”, ya que, lo que me ocurre, a quién más le duele es a quien se despierta junto a mí, y al mirarme a la cara nota inmediatamente si hoy se nos presenta un día fácil o complicado.

 Quizás lo que aquí escribo es más cómo me gustaría vivir que como realmente lo vivo. Por eso os comparto lo que siento y lo que Dios va haciendo con la enfermedad en mi vida, por si a alguien le sirve. Y, ya que habéis entrado en mi trastienda, en mis rincones oscuros y en mis agujeros negros, echad un recillo por mí y por los míos ¿Vale?

Mari Patxi Ayerra

agosto 2003

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