Un blog de Mari Patxi Ayerra, que trata sobre la vida, la familia, la pareja, los amigos, … Dios

SAMARITANAS DEL AMOR

Samaritanas del amorAsí llamaba Serrat a las mujeres que venden su cuerpo, pero a los que las hemos tratado de cerca nos gusta más llamarles mujeres prostituidas. Porque realmente son otros los que las prostituyen, las que les dan un uso distinto para el que han sido creadas.

 Dicen los medios de comunicación que en nuestro país hay alrededor de 300.000 mujeres que viven del trabajo más antiguo del mundo. Mucha gente opina que se dedican a él porque quieren, ya que podrían trabajar limpiando escaleras. Y yo, que he conocido y querido a muchas de ellas y que me han ayudado a ser más respetuosa, empática y comprensiva, voy a contar cómo veo yo a la mujer de la calle, esa que se mira con cara de desprecio, al pasar a su lado y que la sociedad llama “puta”, mientras al hombre le denomina “cliente”.

 Muchas de las mujeres prostituidas españolas lo son porque han tenido una niñez sin amor, una familia desestructurada o un padre al que han tenido que soportar, desde sus 3 o 4 años, que les inicie en las habilidades sexuales. Con consentimiento de su madre, en muchos casos y con el disimulo en otros. Y este inicio sexual deja un dolor tan profundo en su cuerpo y en sus entrañas que muchas veces es el resentimiento y el dolor profundo hacia los hombres, lo que les hace “vivir de ellos”, ser incapaces de sentir nunca una auténtica historia de amor y tener una doble vida con un nombre “de guerra” distinto al que usan en su vida “normal”.

 También es frecuente encontrarse con jóvenes, casi niñas, traídas de otros países, la mayoría engañadas, tras la oferta de un puesto de trabajo y un dinero fácil, para salir de la miseria de su país y pagar el coste excesivo del viaje. Cuando llegan a España tienen que vivir en una casa inmunda, apelotonadas, les hacen ponerse una ropa interior atrevida y exagerada y las sacan medio desnudas a clubes de alterne o a la calle, a prostituirse, controladas por mafias, que les maltratan y explotan con la amenaza de vengarse en su familia si intentan escapar. Algunas de estas chicas encuentran su salvación en policías, que les ayudan a llegar a instituciones españolas, que les acogen y facilitan su reinserción.

 Otras mujeres han llegado a la calle por algún desengaño amoroso, por la condena de unos padres a una relación o a un embarazo adolescente, por buscar dinero para droga, por salir de un trabajo aún más esclavo que la prostitución, o porque tenían un marido en paro y era la forma más fácil de incrementar los ingresos familiares. Las hay también prostitutas de lujo, que simplemente es el deseo de dinero fácil lo que les ha llevado a vender su cuerpo, pero no es de ellas de quien quiero hablar en este momento, pues considero que en este tipo de mujeres no les empuja más que una baja autoestima y una profunda crisis de valores.

 Detrás de la mujer a la que vemos presumiendo osadamente de su tipo, vendiendo su mercancía, sórdida o glamurosamente, suele haber una persona insegura y frágil, llena de miedos por la peligrosidad de su trabajo y la indefensión que conlleva estar a solas con un hombre en un coche o en una habitación. Cuando se ponen a contar las veces que les han robado, maltratado, humillado y engañado, son interminables las historias y los peligros que han vivido… aunque todavía sean unas niñas.

 Es impresionante oírles contar el asco que sienten ante el olor apestoso del aliento, del alcohol, del sudor, de la falta de higiene genital… pero impresiona aún más cuando cuentan cómo, mientras están diciendo palabras eróticas y excitantes, cierran los ojos y piensan en la compra del mercado o en las zapatillas de la niña, que van a poder comprar con el dinero que se están ganando en ese momento.

 Samaritanas del amorSuele ocurrir que después de estar con un hombre que les ha dicho piropos antes de terminar, tienen que soportar que les desprecie después de “usarlas”, que se avergüence y les insulte en muchos casos, porque no se sienta bien consigo mismo… y salga a la calle antes que ellas, tratándolas como desconocidas, y con el que tienen un pacto implícito de silencio de lo que ha ocurrido entre los dos.

 Lo que más les suele doler a estas mujeres no es tanto el trabajo humillante que hacen, sino el rechazo social. Ellas son maltratadas por los camareros de los bailes, los tenderos cercanos, las gentes que les miran con desprecio al pasar, los hombre “que les custodian”, las compañeras que son su competencia y hasta sus propioshijos que se avergüenzan de sus madres durante toda la vida. Quizá sea esto lo que les produce más dolor. Ellas, que no saben querer bien, que tienen que aprender a decir palabras de cariño a los hijos, ya que todas las que ellas reciben son falsas y meramente comerciales… ellas, que no tienen un marido que les apoye, ni siquiera que reconozca la paternidad… ellas, que tienen que malcuidar a sus bebés, aunque paguen cantidades enormes a una compañera o dueña de la pensión por atendérselos, y que no podrán criar adecuadamente porque tienen deteriorado, en algunos casos, el instinto de madre, por no haber tenido una familia sana de referencia.

 Comunicarse con estas mujeres a nivel profundo, desde el hondón del alma, es un regalo para quien las escucha. Yo he tenido la suerte de colaborar durante quince años en un proyecto de Cáritas que les ofrece apoyo, formación y recursos, para vivir mejor o poder hacer otros trabajos. Mi labor era animar grupos de comunicación y me han dejado acariciar sus vidas y sentir el más absoluto respeto, yadmiración ante sus heridas, su valentía, su capacidad de lucha y su mala suerte.

 Y digo mala suerte porque me pregunto yo, por qué uno nace en un entorno de afecto, con todas las necesidades cubiertas, con los valores que le hacen feliz y con todos los medios para desarrollarse y otras, sin hacer nada para merecerlo, nacen en un entorno hostil, no reciben amor, ni formación emocional para salir de los problemas, ni tienen sus necesidades cubiertas.

 En el reparto injusto de la vida, unos hemos sido agraciados y enfocados hacia la estabilidad y la armonía, mientras que otros han sido abocados a la destrucción, al desamor, al sinsentido del comercio sexual y a vivir en la cuneta de la sociedad. Entiendo muy bien que Jesús, con esas entrañas de misericordia que tenía, y esa capacidad de acercamiento para entender al otro, pensaría en su amiga Magdalena al recordarnos que ellas, las mujeres prostituidas nos precederán en el reino de los cielos.

 Imagino que Dios, en su amor infinito de padre, sólo sentirá una ternura inmensa hacia estas vidas rotas desde temprana edad, hacia estas mujeres que ansían tener un marido que les dé estabilidad y les haga sentirse aceptadas en sociedad, hacia estas chicas solitarias que andan por las esquinas, que se lanzan a los coches, que se rebajan hasta lo más denigrante para conseguir un dinero ganado con sangre… con asco… y con un gran esfuerzo emocional y psíquico.

Samaritanas del amor Ellas, que nos llaman a las casadas “las estrechas”, porque somos, en teoría, las que les generamos los clientes, por falta de habilidades sexuales, somos envidiadas por cada mujer prostituida, pues lo que más les gustaría es colgarse del brazo de un hombre que les presentara como “su mujer”… y estarían dispuestas a todo tipo de esclavitud y de injusto reparto de tareas, con tal de sentirse aceptadas como cualquier mujer casada. Por eso soportan al chulo, ese al que los expertos denominamos proxeneta, que se aprovecha de ellas, que se queda con sus cuartos, pero que les defiende ante alguien y en algún momento les hace creer el espejismo de que son “su mujer”, porque se cuelgan de su brazo.

 Estas mujeres mal amadas o, mejor dicho, nunca amadas, sueñan con sus hijos, muchos de ellos perdidos en instituciones o por enfados al enterarse de su profesión. Y van en el metro mirando a los jóvenes, queriendo adivinar si uno de ellos fuera ese hijo al que otros hicieron de él una persona “normal” y que no quiere, por eso, saber nada de ella. Y lloran y fantasean y rezan.

 Porque son, la mayoría, mujeres de fe. No han tenido ningún amor verdadero en su vida, pero se agarran al Amor de Dios, convencidas de que El les conoce del todo y perdona su descarrío… porque es un Padre bueno, que les entiende como nadie y nunca les deja solas… Y llevan la cartera llena de estampas, y alguna entre la ropa interior, que ponen, con cuidado, de espaldas en la mesilla, mientras se hacen un cliente… por respeto al Señor, pero sabiendo que El siempre les acompaña y ayuda. Tienen una fe fuerte, un cuerpo fuerte… y el corazón blandito.

 Para mí ha sido una suerte encontrármelas en el camino de la vida y que me hayan dejado ser una amiga. Me han enseñado muchas cosas muy importantes, pero sobre todo me producen respeto, admiración y ternura infinita. No me extraña que para Dios sean de sus preferidas.

Mari Patxi Ayerra

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